St. Paul Center for Biblical Theology (general)

Readings:
Dt 18:15–20
Ps 95:1–2, 6–9
1 Cor 7:32–35
Mk 1:21–28

Last week, Jesus announced the kingdom of God is at hand. This week, in mighty words and deeds, He exercises His dominion—asserting royal authority over the ruler of this world, Satan (see John 12:31).

Notice that today’s events take place on the sabbath. The sabbath was to be an everlasting sign—both of God’s covenant love for His creation (see Exodus 20:8–11; 31:12–17), and His deliverance of his covenant people, Israel, from slavery (see Deuteronomy 6:12–15).

On this sabbath, Jesus signals a new creation—that the Holy One has come to purify His people and deliver the world from evil.

“With an unclean spirit” is biblical language for a man possessed by a demon, Satan being the prince of demons (see Mark 3:22).

The demons’ question: “What have you to do with us?” is often used in Old Testament scenes of combat and judgment (see Judges 11:12; 1 Kings 17:18).

And as God by His word “rebuked” the forces of chaos in creating the world (see Psalms 104:7; Job 26:10–12), and again rebuked the Red Sea so the Israelites could make their exodus (see Psalms 106:9), Mark uses the same word to describe Jesus rebuking the demons (see Mark 4:39; Zechariah 3:2).

Jesus is the prophet foretold by Moses in today’s First Reading (see Acts 3:22). Though He has authority over heaven and earth (see Daniel 7:14,27; Revelation 12:10), He becomes one of our own kinsmen.

He comes to rebuke the forces of evil and chaos—not only in the world, but in our lives. He wants to make us holy in body and spirit, as Paul says in today’s Epistle (see Exodus 31:12).

In this liturgy, we hear His voice and “see” His works, as we sing in today’s Psalm. And as Moses tells us today, we should listen to Him.

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Lecturas:
Jonás 3:1-5, 10
Salmo 25:4-9
1Corintos 7:29-31
Marcos 1:14-20

La llamada de los hermanos en el evangelio de hoy nos hace recordar la comisión que Eliseo recibió del profeta Elías (cfr. 1 Reyes 19:19-21).

Así como Elías encuentra a Eliseo trabajando en la hacienda de sus papas, Jesús ve a los hermanos trabajando a orillas del mar. Y como Eliseo dejó a su padre y a su madre para seguir a Elías, así los apóstoles dejaron a su padre para seguir a Jesús.

La promesa de Jesús, a hacerlos “pescadores de hombres” hace eco de las esperanzas más profundas de Israel. El profeta Jeremías anunció un nuevo éxodo en el cual Dios mandaría “muchos pescadores” para repatriar a los israelitas exilados, como cuando El mismo los liberó de la esclavitud en Egipto.

Jesús, por medio de su cruz y resurrección, ha iniciado este nuevo éxodo. Y los apóstoles son las primicias de un nuevo pueblo de Dios, la Iglesia—una nueva familia, basada no en lazos de sangre sino en creer en Jesús y en el deseo de hacer la voluntad del Padre (cfr. Juan 1:12-13; Mateo 12:46-50).

De ahora en más, dice San Pablo en la epístola de este domingo, hasta nuestras más importantes preocupaciones mundanas- relaciones familiares, trabajos, y posesiones, deben serán juzgadas a la luz del evangelio.

La primera palabra del evangelio de Jesús: “Arrepiéntanse” quiere decir que necesitamos cambiar totalmente nuestra manera de pensar y vivir, renunciar al mal y hacer todo por amor a Dios.

El arrepentimiento de Nínive, que escuchamos en la primera lectura de hoy, debiera servirnos de consuelo. Aún la pervertida Nínive fue capaz de arrepentirse por medio de la prédica de Jonás).

En Jesús tenemos a uno más grande que Jonás (cfr. Mateo 12:41). Dios mismo ha venido a salvarnos, a enseñar su camino a los pecadores, como cantamos en el salmo de hoy. Esto debería darnos esperanza—nuestros seres queridos, que están en este momento alejados de Dios, si tornan a El, encontrarán su compasión.

Y por supuesto, nosotros también tenemos que perseverar en el camino del arrepentimiento, esforzándonos diariamente a modelar nuestras vidas siguiendo el ejemplo de Jesús.

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Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Salmo 72, 1-12,7-8, 10-13
Efesios 3, 2-3,5-6
Mateo 2, 1-12

Una “epifanía” es una manifestación. Las lecturas de este domingo, donde vemos estrellas que se alzan, luces es¬plendorosas y misterios revelados, nos presentan también el rostro del Niño que nació el día de Navidad.

En el Evangelio, Herodes pregunta a los jefes de los sumos sacerdotes y escribas dónde ha de nacer el Mesías. La respuesta que Mateo pone en sus labios dice mucho más, ya que combina dos promesas del Antiguo Testamento: una de ellas revela que el Mesías será descendiente de David (cfr. 2 S 5,2); la otra, predice la llegada de un “gobernador de Israel”, que “apacentará su rebaño” y cuya majestad alcanzará “hasta los confines de la tierra” (Mi 5, 1-3).

Esas promesas, referentes a un rey de Israel que gobierna las naciones, resuenan también en el Salmo de este domingo (que celebra al hijo de David, Salomón). Su reino, cantamos, alcanzará los confines de la tierra; y los reyes de la tierra le rendirán homenaje. Esa es la escena que presenta también la primera lectura, en la que los pueblos que vienen del este presentan oro e incienso al rey de Israel.

La peregrinación de los Magos que nos describe el Evangelio del domingo, marca el cumplimiento de las promesas de Dios. Éstos, probablemente astrólogos persas, siguen la estrella que, según predijo Balaam, se alzaría como un cetro sobre la casa de Jacob (cfr. Nm 24, 17).

Su viaje, cargados de oro y perfumes, evoca el que hicieron la reina de Sabá y los “reyes de la tierra” en pos de Salomón (cfr. 1 R 10, 2.25; 2 Cr 9,24). Es interesente observar que las únicas citas bíblicas donde se mencionan juntos el incienso y la mirra, se encuentran en el Cantar de los Cantares, un libro que refiere a Salomón (cfr. Ct 3,6; 4,6.14).

Alguien más grande que Salomón está aquí (cfr. Lc 11,31). Ha venido a revelar que todas las personas son coherederas de la familia real de Israel, como enseña la epístola de este domingo.

La manifestación de Cristo nos fuerza a tomar una decisión: ¿Seguiremos las señales que nos guían hacia Él, como lo hicieron los Magos? ¿O seremos como esos sacerdotes y escribas, que dejaron que las palabras de Dios se volvieran letras muertas entre pergaminos antiguos?

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Lecturas:
1 Samuel 3, 3-10.19
Salmo 40, 2.4.7-10
1 Corintios 6, 3-15.17-20
Juan 1,35-42

En las llamadas de Samuel y del prim¬ero de los Apóstoles, las lecturas de este domingo nos dan luz sobre nues¬tra propia vocación de seguidores de Cristo.

En el Evangelio, hay que notar que los discípulos de Juan están preparados para escuchar la llamada de Dios. Ellos ya están buscando al Mesías, por lo tanto confían en la palabra de Juan y le comprenden cuando él les señala al Cordero de Dios que pasa a su lado.

También Samuel está a la espera del Señor: duerme cerca del Arca de la Alianza, donde mora la gloria de Dios, y recibe instrucción de Elí, el sumo sacerdote

Samuel escuchó la palabra de Dios y el Señor estaba con él. Y Samuel, por su palabra, convirtió a todo Israel al Señor (cf. 1S 3,21; 7,2-3). También los discípulos escucharon y siguieron las palabras que escuchamos continuamente en el Evangelio dominical. Ellos permanecieron con el Señor y por su testimonio, otros se acercaron a Él.

Estos pasajes de la historia de la salvación deberían darnos la fuerza necesaria para que abracemos la voluntad de Dios y sigamos su llamado en nuestras vidas.

Dios está llamando constante¬mente a cada uno de nosotros: lo llama por su nombre, personalmente (cf. Is 43,1; Jn 10,3). Quiere que lo busquemos por amor, que anhelemos su Palabra (cf. Sb 6,11-12). Como lo hicieron los apóstoles, debemos desear siempre estar donde el Señor está; para buscar su rostro constantemente.

Como nos dice San Pablo en la epístola del domingo, no somos dueños de nosotros mismos pues pertenecemos al Señor.

Debemos abrir nuestros oídos a la obediencia y escribir su Palabra en nuestro corazón. Hemos de confiar en la promesa del Señor: si venimos a Él con fe, Él será misericordioso con nosotros (cf. Jn 15,14; 14,21-23) y nos levantará con su poder. Y nosotros debemos reflejar en nuestras vidas el amor que nos ha mostrado, para que también otros puedan encontrar al Mesías.

Mientras renovamos las promesas de nuestro discipulado en esta Eucaristía, acerquémonos al altar entonando el nuevo canto del salmo dominical: “Aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad”.

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Lecturas:
Sirácida 3,2-6.12-14
Salmo 128, 1-5
Colosenses 3,12-21
Lucas 2, 22-40

¿Porqué Jesús escoge ser el bebé de una madre y un padre, y pasar casi toda su vida –excepto sus últimos años- en una familia humana ordinaria? En parte, para revelar el plan de Dios, de que todos vivan como una “familia santa” en su Iglesia (cf. 2Co 6,16-18). En la Sagrada Familia de Jesús, María y José, Dios revela nuestro verdadero hogar. Tenemos que vivir como sus hijos, “elegidos, santos y queridos,” como dice la Segunda Lectura.

Los consejos familiares que escuchamos en las lecturas de esta semana –para madres, padres e hijos- son todos prácticos y formales. Los hogares felices son fruto de nuestra fidelidad al Señor, cantamos en el salmo de hoy.

Pero la Liturgia nos invita a más: a ver que al cumplir nuestras obligaciones y relaciones familiares, nuestras familias se convierten en heraldos de la familia de Dios; esa que Él quiere crear en la tierra.

Eso es lo que observamos en el Evangelio del domingo. Es notorio que José y María no son identificados por su nombre, pero son llamados “sus padres” y también se hace referencia a ellos por separado como su “madre” y su “padre”. Se pone énfasis en los lazos familiares que los unen al “niño Jesús”.

Como el varón primogénito de su familia, Jesús es consagrado al Señor. Pero además es el Primogénito de la creación, el primogénito resucitado de entre los muertos, el predestinado a ser el primogénito de muchos hermanos (cf. Col 1,15; Rm 8,29). Por Él, por su sagrada familia, todas las familias del mundo serán bendecidas (cf. Ef 3,15).

También es significativo que toda la escena descrita tiene lugar en el Templo. El Templo, leemos ahí, es la casa de Dios, su morada (cf. Lc 19,46). Pero también es imagen de la familia de Dios: la Iglesia (cf. Ef 2,19-22; Hb 3,3-6; 10,21).

En nuestras familias hemos de construir este hogar, esta familia, este templo vivo de Dios. Hasta que Él nos revele su nueva morada entre nosotros y diga de cada persona: “Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí” (Ap 21,3.7).

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Readings:
Sirach 3:2-6,12-14
Psalm 128:1-2, 3, 4-5
Colossians 3:12-21
Luke 2:22-40

Why did Jesus choose to become a baby born of a mother and father and to spend all but His last years living in an ordinary human family? In part, to reveal God's plan to make all people live as one “holy family” in His Church (see 2 Corinthians 6:16-18).

In the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph, God reveals our true home. We're to live as His children, “chosen ones, holy and beloved,” as the First Reading puts it.

The family advice we hear in today's readings – for mothers, fathers and children – is all solid and practical. Happy homes are the fruit of our faithfulness to the Lord, we sing in today's Psalm. But the Liturgy is inviting us to see more, to see how, through our family obligations and relationships, our families become heralds of the family of God that He wants to create on earth.

Jesus shows us this in today's Gospel. His obedience to His earthly parents flows directly from His obedience to the will of His heavenly Father. Joseph and Mary aren't identified by name, but three times are called “his parents” and are referred to separately as his “mother” and “father.” The emphasis is all on their “familial” ties to Jesus. But these ties are emphasized only so that Jesus, in the first words He speaks in Luke's Gospel, can point us beyond that earthly relationship to the Fatherhood of God.

In what Jesus calls “My Father's house,” every family finds its true meaning and purpose (see Ephesians 3:15). The Temple we read about in the Gospel today is God's house, His dwelling (see Luke 19:46). But it's also an image of the family of God, the Church (see Ephesians 2:19-22; Hebrews 3:3-6; 10:21).

In our families we're to build up this household, this family, this living temple of God. Until He reveals His new dwelling among us, and says of every person: “I shall be his God and he will be My son” (see Revelation 21:3,7).

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Lecturas
2 Samuel 7,1-5.8-11.16
Salmo 89, 2-5.27.29
Romanos 16, 25-27
Lucas 1, 26-38

Lo que se le anuncia a María en el Evangelio de este domingo, es la revelación de todo lo que los profetas habían dicho. Es, como San Pablo declara en la epístola, el misterio mantenido en secreto desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,9; 3,3-9).

María es la virgen de la que se profetizó daría a luz un hijo de la casa de David (cf. Is 7,13-14). Y casi cada palabra de las que le dice hoy el ángel evoca y hace eco de la larga historia de la salvación registrada en la Biblia. María es saludada como la hija de Jerusalén llamada a alegrarse de que su rey, el Señor Dios, ha venido a su interior como salvador poderoso (cf. So 3,14-17).

Aquel que ha de nacer de María será Hijo del “Altísimo”. Éste es un antiguo título divino usado para describir al Dios del sacerdote-rey Melquisedec, quien presentó pan y vino para bendecir a Abraham, en los albores de la historia de la salvación (cf. Gn 14,18-19).

El cumplirá la alianza que Dios hace con su elegido, David, en la primera lectura del domingo. Como cantamos en el salmo, Él reinará por siempre como el mayor de los reyes de la tierra, y llamará a Dios “mi Padre”.

Su reino no tendrá fin, tal y como lo había contemplado Daniel, quien vio al Altísimo dar poder eterno al Hijo del Hombre (cf. Dn 4,14; 7,14). Él ha de gobernar sobre la “casa de Jacob” –título usado por Dios cuando hizo su alianza con Israel en el Sinaí (cf. Ex 19,3) y también al prometer que todas las naciones adorarían al Dios de Jacob (cf. Is 2,1-5).

Jesús se ha dado a conocer, nos dice San Pablo en la primera lectura, para traer todas las naciones a la obediencia de la fe. Nosotros en esta semana, con María, estamos llamados a maravillarnos por todo lo que Dios ha hecho a través de los siglos por nuestra salvación. Y también debemos responder a su anunciación con obediencia humilde, deseando que se haga su voluntad en nuestras vidas, según su Palabra.

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Lecturas:
Isaías 61, 1-2.10-11
Lucas 1, 46-50.53-54
1 Tesalonicenses 5, 16-24
Juan 1, 6-8.19-28

La misteriosa figura de Juan el Bautista, que nos fue presentada en las lecturas de la semana pasada, se nos muestra hoy más claramente a la vista. Como vemos en el evangelio de este domingo, se comprende mejor quién es Juan si se sabe primero quién no es.

Él no es Elías que ha retornado del cielo (cf. 2R 2,11), aún y cuando viste su mismo atuendo (cf. Mc 1,6; 2R 1,8) y predica el arrepentimiento y el juicio (cf. 1R 18,21; 2Cr 21,12-15).

No es Elías en la carne, sin embargo Juan es enviado con el espíritu y poder de Elías para cumplir su misión (cf. Lc 1,17; Ml 3,23-24). Tampoco es el profeta que Moisés predijo, aunque es su pariente y habla la palabra de Dios (cf. Dt 18,15-19; Jn 6,14).

Juan tampoco es el Mesías, aunque ha sido ungido por el Espíritu desde el vientre de su madre (cf. Lc 1,15.44).

Juan prepara el camino del Señor (cf. Is 40,3). Su bautismo es simbólico, no sacramental. Es un signo que se nos da para mover nuestros corazones al arrepentimiento.

Él nos muestra a Aquel sobre quien permanece el Espíritu (cf. Jn 1,32); Aquel que cumple la promesa que escuchamos en la primera lectura del domingo (cf. Lc 4,16-21).
Jesús, por medio de su baño de Espíritu y de regeneración, abre una fuente que purifica Israel y les da a todos un nuevo corazón y un nuevo espíritu (cf. Za 13,1-3; Ez 36,24-27; Mc 1,8; Tt 3,5).

Juan viene a nosotros en las lecturas del Adviento para mostrarnos la luz, de modo que podamos creer en Aquel que viene en Navidad. Como cantamos en el salmo de este domingo, el Poderoso ha venido para levantar a cada uno de nosotros; para colmar nuestra hambre con pan del cielo (cf. Jn 6,33.49-51).

Y como San Pablo exhorta en la epístola, debemos alegrarnos, dar gracias y orar sin cesar para que Dios nos haga perfectamente santos en espíritu, alma y cuerpo. De ese modo estaremos libres de culpa cuando nuestro Señor venga.

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Lecturas:
Isaías 40,1-5. 9-11
Salmo 85, 9-14
2 Pedro 3, 8-14
Marcos 1, 1-8

Nuestro Dios viene. El tiempo del exilio –la prolongada separación de Dios que la humanidad tiene debido al pecado- está a punto de terminar. Esas son las buenas nuevas que proclama la liturgia de este domingo.

En la primera lectura, Isaías promete la futura liberación israelita de la cautividad y el regreso del exilio. Pero como enseña el Evangelio, la liberación histórica de Israel pretendía anunciar un acto salvífico de Dios aún mayor: la venida de Jesús para liberar de las ataduras del pecado a Israel y a todas las naciones, para congregarlas y llevarlas de vuelta a Dios.

Dios mandó un ángel delante de Israel para liderarlo en su éxodo hacia la tierra prometida (cf. Ex 23,20). Y Él prometió enviar a un mensajero de la alianza, Elías, para purificar al pueblo y convertir los corazones al Padre, antes del Día del Señor (cf. Ml 3,1; 23.24).

Juan el Bautista cita esto, así como la profecía de Isaías, para mostrar que toda la historia de Israel apunta a la revelación de Jesús. En Jesús, Dios ha llenado el valle que separaba de Él a la humanidad pecadora. Él ha descendido desde el cielo y ha hecho habitar su gloria en la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo.

Él ha hecho todo esto, no por la humanidad en abstracto, sino por cada uno de nosotros. La extensa historia de la salvación nos ha conducido a esta Eucaristía, en la que Dios nuevamente viene y nuestra salvación está cerca.

Y cada uno de nosotros debe escuchar una llamada personal en las lecturas del domingo. Aquí está su Dios, dice Isaías. Él ha sido paciente con ustedes, dice San Pedro en la epístola.

Como los habitantes de Jerusalén que aparecen en el Evangelio, debemos salir y acudir hacia Él, arrepentirnos de nuestros pecados, de pereza y de auto-indulgencia que hacen de nuestra existencia un desierto. Debemos enderezar nuestras vidas, de modo que todo lo que hagamos nos conduzca hacia Él.

Esta domingo, en la Misa, escuchemos el inicio del Evangelio y comprometámonos a vivir con santidad y devoción.

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Lecturas:
Isaías 63,16-17.19; 64,2–7
Salmo 80, 2-3.15-16.18-19
1 Corintios 1, 3-9
Marcos 13, 33-37

El nuevo año de la Iglesia comienza con una petición de la visita de Dios: “¡Oh, si rasgases los cielos y bajases!”, clama el profeta Isaías en la primera lectura del domingo.

También en el salmo de hoy escuchamos la voz angustiada de Israel, que le implora a Dios mirar abajo desde su trono celestial, para salvar y pastorear a su pueblo.

Las lecturas de esta semana son relativamente breves. Su lenguaje y “mensaje” son aparentemente sencillos. Pero debemos advertir el tono grave y el aspecto penitencial de la Liturgia de hoy, en la que el pueblo de Israel reconoce su pecaminosidad, su fracaso en guardar la alianza de Dios, su incapacidad para salvarse a sí mismo.

Y nosotros, en este tiempo de adviento, también deberíamos ver nuestra propia vida en la experiencia de Israel. Al examinar nuestra conciencia, ¿no encontramos acaso que con frecuencia endurecemos nuestro corazón, rechazamos su ley, nos apartamos de sus caminos, le retenemos nuestro amor?

Dios es fiel, nos recuerda San Pablo en la epístola de esta semana. Él es nuestro Padre. Él ha escuchado el grito de sus hijos y ha descendido del cielo por el bien de Israel y por el nuestro; para rescatarnos de nuestro exilio de Dios, para restaurarnos a su amor.

En Jesús hemos visto al Padre (cf. Jn 14,8-9). El Padre ha hecho brillar su rostro sobre nosotros. Él es el buen pastor (cf. Jn 10, 11-15) venido para guiarnos al reino celestial. No importa qué tan lejos nos hayamos extraviado: Él nos dará una nueva vida si nos volvemos a Él, si apelamos a su santo Nombre, si prometemos de nuevo que nunca nos alejaremos de Él.

Como San Pablo dice esta semana, Él nos ha dado cada don espiritual –sobre todo la Eucaristía y la Penitencia- para fortalecernos mientras esperamos la última venida de Cristo. Él nos mantendrá firmes hasta el final… si se lo permitimos.

Por tanto, en este tiempo de arrepentimiento, debemos prestar atención a la advertencia que nuestro Señor repite tres veces en el Evangelio de esta semana, vigilar, pues no sabemos la hora en que regresará el Señor de la casa.

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