St. Paul Center for Biblical Theology (general)

 

 

Isaiah 52:7–10

Psalms 98:1–6

Hebrews 1:1–6

John 1:1–18

 

The Church’s liturgy rings in Christmas with a joyful noise. We hear today of uplifted voices, trumpets and horns, and melodies of praise. 

In the First Reading, Isaiah fortells Israel’s liberation from captivity and exile in Babylon. He envisions a triumphant homecoming to Zion marked by joyful singing.

The new song in today’s Psalm is a victory hymn to the marvelous deeds done by our God and King.

Both the prophet and psalmist sing of God’s power and salvation. God has shown the might of His holy arm, they say. This language recalls the Exodus, where the people first sang of God’s powerful arm that shattered Israel’s enemy Egypt (see Exod. 15:1, 6, 16).

The coming of the Christ child into the world fulfills all that the Exodus and the return from exile prefigured.

In Jesus, all nations to the ends of the earth will see the victory of God over the forces of sin and death.

Jesus is the new King. He is the royal firstborn son and Son of God promised to David, as we hear in today’s Epistle (see Ps. 2:7; 2 Sam. 7:14). 

And as our Gospel reveals, He is the Word of God, the one through whom the universe was created, the one through whom the universe is sustained.

In speaking to us through His Son, God has unveiled a new age, the last days.

The new age is a new creation. In the beginning, God spoke His Word and light shone in the darkness. Now, in this new age, He sends us the true light to scatter the darkness of a world that has exiled itself from God.

He is the one Isaiah foretold – who brings good tidings of peace and salvation, who announces to the world that God has come to dwell and to reign (see Rev. 21:3–4).

 

So we sing a new song on Christmas. It is the song of those who have believed in the Christ child and been born again – by grace given the power to become children of God.

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Category:general -- posted at: 2:04pm EDT

 

Lecturas

2 Macabeos 7,1-2. 9-14

Salmo 17,1.5-6.8.15

2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Lucas 20,27-38

Con una adivinanza sobre siete hermanos y una viuda sin hijos, los Saduceos del Evangelio de hoy se burlan de la fe por la que siete hermanos y su madre mueren en la primera lectura.

Los mártires macabeos, antes que traicionar la Ley de Dios, escogieron la muerte: fueron torturados y después quemados vivos. Su historia se nos da en estas últimas semanas del año litúrgico para fortalecernos y hacernos más resistentes; para que nuestros pies no vacilen sino se mantengan firmes en el seguimiento de Cristo.

Los macabeos murieron confiados en que el “Rey del Universo” los levantaría de nuevo y para siempre a la vida (cf. 2 Mc 14,46).

Los Saduceos no creen en la resurrección porque no encuentran literalmente esa enseñanza en las Escrituras. Para ridiculizar esta creencia, manipulan una ley que indicaba que una mujer debía casarse con el hermano de su esposo, si éste fallecía y no dejaba herederos (cf. Gn 38,8; Dt 25,5).

Pero esa ley de Dios no había sido dada para asegurar la descendencia a padres terrenos, sino–como Jesús explica- para hacernos dignos de ser “hijos e hijas de Dios”, engendrados por su Resurrección.

 “Dios nuestro Padre”, nos dice la epístola de hoy, nos ha dado “consolación eterna” en la Resurrección de Cristo. Por su gracia podemos ahora dirigir nuestros corazones al amor de Dios.

Como los Macabeos sufrieron por la Antigua Ley, nosotros tendremos que sufrir por nuestra fe en la Nueva Alianza. Sin embargo, Dios nos cobijará bajo la sombra de sus alas, nos mantendrá en la niña de sus ojos, como cantamos en el salmo de hoy.

Los perseguidores de los macabeos se maravillaron ante su valentía. También nosotros podemos glorificar al Señor en nuestros sufrimientos y pequeños sacrificios de cada día.

Y nuestra razón para confiar es todavía mayor que la de ellos. Uno que ha sido levantado de la muerte nos ha dado su palabra: que Él es Dios de vivos; que cuando despertemos del sueño de la muerte contemplaremos su rostro, seremos felices en su presencia (cf. Sal 76,6; Dn 12,2).

Category:general -- posted at: 12:19pm EDT

 

Lecturas:

2 Reyes 5, 14-17

Salmo 98,1-4

2 Timoteo 2,8-13

Lucas 17,11-19

Un leproso extranjero es curado y, en acción de gracias, regresa ofreciendo homenaje al Dios de Israel. Esa es la historia que escuchamos, tanto en la primera lectura como en el Evangelio de hoy.

Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Elías, pero sólo Naamán el sirio creyó en la palabra de Dios y fue sanado (cfr. Lc 5,12-14). Del mismo modo, el Evangelio de hoy da a entender que la mayoría de los diez leprosos curados por Jesús era israelita, pero solamente un extranjero, el samaritano, regresó a agradecerle.

Hoy se nos muestra, de modo dramático, cómo la fe ha sido constituida camino de salvación, ruta por la cual todas las naciones se unirán al Señor, convirtiéndose en sus siervos, congregados con los Israelitas en un solo pueblo escogido de Dios: la Iglesia (cfr. Is 56,3-8).

El salmo de hoy también ve más allá, al día cuando todos los pueblos verán lo que Naamán veía: que no hay otro Dios en la tierra más que el Dios de Israel.

En el Evangelio de hoy vemos ese día llegar. El leproso samaritano es la única persona en el Nuevo Testamente que le agradece personalmente a Jesús. La palabra griega usada para describir su “dar gracias” es la misma que traducimos como “Eucaristía”.

Y estos leprosos de hoy nos revelan las dimensiones interiores de la Eucaristía y la vida sacramental. También nosotros hemos sido sanados mediante la fe en Jesús. Así como la carne de Naamán se hace de nuevo semejante a la de un niño pequeño, nuestras almas han quedando limpias de pecado en las aguas del Bautismo. Experimentamos esta purificación continuamente en el sacramento de la Penitencia, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, imploramos y recibimos la misericordia de nuestro Maestro Jesús.

En cada misa regresamos a glorificar a Dios para ofrecernos en sacrificio; nos arrodillamos ante nuestro Señor, dando gracias por nuestra salvación.

En esta Eucaristía recordamos a “Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David”, el rey de la alianza de Israel. Y rezamos, como San Pablo en la epístola de hoy, para perseverar en esta fe, para que también nosotros vivamos y reinemos con Él en gloria eterna.

Category:general -- posted at: 11:37am EDT

Lecturas:

Deuteronomio 30,10-14

Salmo 69,14.17.30-31.33-34.36-37

Colosenses 1,15-20

Lucas 10,25-37

Debemos amar a Dios y a nuestro prójimo con toda la fuerza de nuestro ser, como el erudito de la Ley responde a Jesús en el Evangelio de esta semana.

Este mandamiento no es lejano o misterioso, sino que está escrito en nuestros corazones y en el libro de la Sagrada Escritura. Moisés dice sobre el en la primera lectura de esta semana: “Cúmplelo”.

Jesús le dice lo mismo a su interrogador: “Haz esto y vivirás”.

El letrado, sin embargo, quiere conocer hasta que punto le exige la ley. Eso es lo que le mueve a hacer la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”.

Con su compasión, el samaritano de la parábola de Jesús revela la misericordia infinita de Dios, que vino a nosotros cuando estábamos caídos en el pecado, cerca de la muerte, incapaces de levantarnos por nosotros mismos. 

Jesús es la “imagen del Dios invisible”, nos dice la epístola de esta semana. En Él, el amor de Dios se nos ha hecho muy cercano. “Por la sangre de su Cruz” -esto es, al cargar con los sufrimientos de su prójimo en su propio cuerpo; y al ser desnudado, golpeado y dado por muerto- nos libró de las ataduras del pecado, nos reconcilió con Dios y entre nosotros. 

Como el samaritano, Él paga por nosotros, nos sana de las heridas del pecado, derrama sobre nosotros el aceite y vino de los sacramentos, y nos confía al cuidado de su Iglesia hasta cuando regrese por nosotros.

Ya que su amor no conoce límites, el nuestro tampoco puede conocerlos. Hemos de amar como hemos sido amados; hemos de hacer por los demás lo que Él ha hecho por nosotros, reuniendo todas las cosas en su Cuerpo, la Iglesia.

Hemos de amar como el salmista de esta semana, como aquellos cuyas oraciones han sido escuchadas; como aquellos cuyas vidas han sido salvadas, han conocido el día de su favor y han visto la gran misericordia de Dios volverse hacia ellos.

Este es el amor que nos guía hacia la vida eterna, el mismo que Jesús exige al Escriba y a cada uno de nosotros: “Vete y haz tú lo mismo”.

Category:general -- posted at: 5:17pm EDT

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Category:general -- posted at: 5:01pm EDT

Readings:
Jeremiah 1:4-5,17-19
Psalm 71: 1-6,15-17
1 Corinthians 12:31-13:13
Luke 4:21-30


God's words in today's First Reading point us beyond Jeremiah to Jesus. Like Jeremiah, Jesus was consecrated in the womb and sent as a "prophet to the nations" (see Luke 1:31-33).

Like the prophets before Him, Jesus too faces hostility. In today's Gospel, the crowd in His hometown synagogue quickly turns on Him, apparently demanding a sign, some proof of divine origins - that He's more than just "the son of Joseph."

The sign He gives them is that of the prophets Elijah and Elisha. From their colorful careers Jesus draws two stories. In each, the prophets bypass "many...in Israel" to bestow God's blessings on non-Israelites who had faith that the prophets were men of God (see 1 Kings 17:1-16; 2 Kings 5:1-14). "None...not one" in Israel was found deserving, Jesus emphasizes.

His point isn't lost on His audience. They know He's likening them to the "many...in Israel" in the days of the prophets. That's why they try to shove Him off the cliff. As He promised to protect Jeremiah, the Lord delivers Jesus from those who would crush Him.

And as were Elijah and Elisha, Jesus is sent to proclaim God's gift of salvation - not exclusively to one nation or people, but to all who realize in faith that from the womb God alone is their hope, their rescuer, their "rock of refuge," as we sing in today's Psalm.

Prophecies, Paul tells us in today's Epistle, are partial and pass away "when the perfect comes." In Jesus, the word of the prophets has been brought to perfection, fulfilled in those who have ears to hear, as He declares in today's Gospel.

Greater than the gifts of faith and hope, Jesus shows us how to love as He loved, to love God as our Father, as One Who formed us in the womb and destined us to hear His saving Word.

This is the salvation, the "mighty works of the Lord," that we, as the Psalmist, are thankful to proclaim daily in the Eucharist.

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Category:general -- posted at: 10:00am EDT

Readings:
Isaiah 62:1-5
Psalm 96:1-3, 7-10
1 Corinthians 12:4-11
John 2:1-12 (see also "’On the Hour’”)

Think of these first weeks after Christmas as a season of "epiphanies." The Liturgy is showing us Who Jesus is and what He has revealed about our relationship with God.

Last week and the week before, the imagery was royal and filial - Jesus is the newborn king of the Jews who makes us co-heirs of Israel's promise, beloved children of God. Last week in the Liturgy we went to a Baptism.

This week we're at a wedding.

We're being shown another dimension of our relationship with God. If we're sons and daughters of God, it's because we've married into the family.

Have you ever wondered why the Bible begins and ends with a wedding - Adam and Eve's in the garden and the marriage supper of the Lamb (compare Genesis 2:23-24 and Revelation 19:9; 21:9; 22:17)?

Throughout the Bible, marriage is the symbol of the covenant relationship God desires with His chosen people. He is the Groom, humanity His beloved and sought-after bride. We see this reflected beautifully in today's First Reading.

When Israel breaks the covenant she is compared to an unfaithful spouse (see Jeremiah 2:20-36; 3:1-13). But God promises to take her back, to "espouse" her to Him forever in an everlasting covenant (see Hosea 2:18-22).

That's why in today's Gospel, Jesus performs His first public "sign" at a wedding feast.

Jesus is the divine Bridegroom (see John 3:29), calling us to His royal wedding feast (see Matthew 22:1-14). By His New Covenant, He will become "one flesh" with all humanity in the Church (see Ephesians 5:21-33). By our Baptism, each of us has been betrothed to Christ as a bride to a Husband (see 2 Corinthians 11:2).

The new wine that Jesus pours out at today's feast is the gift of the Holy Spirit given to His bride and body, as today's Epistle says. This is the "salvation" announced to the "families of nations" in today's Psalm.

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Category:general -- posted at: 10:26am EDT

Lecturas: Sirácida 3, 2-6,12-14 Salmo 128, 1-5 Colosenses 3, 12-21 Lucas 2, 41-52 ¿Porque quiso Jesús hacerse un bebé, tener una madre y un padre, y vivir casi toda su vida en una familia sencilla? En parte, lo hizo para revelar el plan de Dios de que toda la gente viva como una “sagrada familia”, congregada en su Iglesia (cfr. 2Co 6, 16-18).  En la Sagrada Familia de Jesús, Maria y José, Dios nos enseña nuestro verdadero hogar. Quiere que vivamos como sus hijos, “elegidos, santos y bien amados”, como dice la primera lectura.   Los consejos familiares que escuchamos en las lecturas de hoy-- para madres, padres e hijos—son muy sólidos y prácticos. Los hogares felices son el fruto de quienes son fieles al Señor, como cantamos en el salmo de hoy. Más aún,  la liturgia nos invita a ver cómo, mediante nuestras obligaciones y relaciones familiares, nos convertimos en heraldos de la familia de Dios que Él mismo quiere establecer en la tierra.   Jesús nos enseña esto en el Evangelio de hoy. El estar sujeto a sus padres terrenales fluye directamente de su obediencia a la voluntad de su Padre celestial. No aparecen los nombres de José y María, pero la lectura se refiere a ellos tres veces como “sus padres”, y también separadamente, como su “madre” y su “padre”. Se pone un énfasis especial en los lazos familiares de Jesús. Pero estos vínculos son remarcados solamente para dar paso a la enseñanza que Jesús dará con las primeras palabras que pronuncie en el evangelio de San Lucas de hoy, que la paternidad de Dios es más importantes que el parentesco terrenal.     En lo que Jesús llama “la casa de mi Padre”, cada familia encuentra su verdadero sentido y propósito (cfr. Ef 3, 15). El “Templo” del que nos habla el Evangelio hoy es la casa de Dios; su morada (cfr. Lc 19, 46). Pero es también una imagen de la Iglesia, que es la familia de Dios (cfr. Ef 2,19-22); Hb 3,3-6; 10,21).  

En nuestros hogares, debemos edificar esa casa, esa familia, este templo vivo de Dios. Hasta que Él ponga de nuevo su nueva morada entre nosotros, y diga de cada persona “Yo seré su Dios y el será mi hijo” (Ap 21, 3.7).

 

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Category:general -- posted at: 3:11pm EDT

Readings:
Sirach 3:2-6,12-14
Psalm 128:1-5
Colossians 3:12-21
Luke 2:41-52


Why did Jesus choose to become a baby born of a mother and father and to spend all but His last years living in an ordinary human family? In part, to reveal God's plan to make all people live as one "holy family" in His Church (see 2 Corinthians 6:16-18).

In the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph, God reveals our true home. We're to live as His children, "chosen ones, holy and beloved," as the First Reading puts it.

The family advice we hear in today's readings - for mothers, fathers and children - is all solid and practical. Happy homes are the fruit of our faithfulness to the Lord, we sing in today's Psalm. But the Liturgy is inviting us to see more, to see how, through our family obligations and relationships, our families become heralds of the family of God that He wants to create on earth.

Jesus shows us this in today's Gospel. His obedience to His earthly parents flows directly from His obedience to the will of His heavenly Father. Joseph and Mary aren't identified by name, but three times are called "his parents" and are referred to separately as his "mother" and "father." The emphasis is all on their "familial" ties to Jesus. But these ties are emphasized only so that Jesus, in the first words He speaks in Luke's Gospel, can point us beyond that earthly relationship to the Fatherhood of God.

In what Jesus calls "My Father's house," every family finds its true meaning and purpose (see Ephesians 3:15). The Temple we read about in the Gospel today is God's house, His dwelling (see Luke 19:46). But it's also an image of the family of God, the Church (see Ephesians 2:19-22; Hebrews 3:3-6; 10:21).

In our families we're to build up this household, this family, this living temple of God. Until He reveals His new dwelling among us, and says of every person: "I shall be his God and he will be My son" (see Revelation 21:3,7).

 

 

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Lecturas: Baruc 5, 1-9 Salmo 126, 1-6 Fiplipenses 1, 4-6, 8-11 Lucas 3, 1-6   El salmo de hoy nos pinta un escenario de ensueño: un camino lleno de antiguos cautivos, ahora liberados, que regresan a casa (Sión-Jerusalén), sus bocas llenas de risa y sus lenguas de cantos.   Es una estampa gloriosa del pasado de Israel, un “nuevo éxodo”: la liberación del exilio en Babilonia. El salmista la trae a la memoria en un momento de incertidumbre y ansiedad; pero no lo hace motivado por la nostalgia. Al recordar que, en el pasado, “el Señor ha hecho maravillas”, más bien hace un acto de fe y esperanza. Dios vendrá a Israel para socorrerle en su necesidad actual y hará cosas aún más grandes en el futuro.   Ese es el tema central de las lecturas del Adviento: recordar los hechos salvíficos de nuestro Dios, tanto en la historia de Israel como en la venida de Jesús. Esta remembranza pretende estimular nuestra fe y llenarnos de confianza sabiendo que, como dice la epístola de hoy, “quien inició en ustedes la Buena obra la irá consumando” hasta que Él venga de nuevo en su gloria.   La liturgia nos enseña que cada uno de nosotros, como Israel durante el exilio, es conducido a la cautividad por sus pecados, necesitado de salvación y conversión mediante la Palabra del Santo (cfr. Ba 5,5). Las lecciones que nos da la historia de la salvación nos  enseñan que, como Dios liberó una y otra vez a Israel, también en su misericordia nos liberará de nuestros afectos desordenados si, arrepentidos, volvemos a Él.   Ese es el mensaje de Juan, presentado en el Evangelio de hoy como el último de los grandes profetas (cfr. Jr 1, 1-4, 11). Pero Juan es mucho mayor que los profetas (cfr. Lc 7, 27). Él esta preparando el camino, no solo a la nueva redención de Israel, sino también para la salvación de “toda carne” (cfr. Hch 28, 28).   Juan cita a Isaías (cfr. 40, 3) para decirnos que ha venido a construirnos un camino a casa; una senda que nos saca del desierto del pecado y de la alineación. Un camino por el cual  seguiremos a Jesús y peregrinaremos alegremente, sabiendo que Dios nos recuerda, como dice la primera lectura de hoy.

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