St. Paul Center for Biblical Theology (general)

 

Lecturas:

Daniel 7, 13-14

Salmo 93,1-2.5
Apocalipsis 1, 5-8

Juan 18, 33-37

 

¿Cuál es la verdad sobre la que Cristo da testimonio en este último Evangelio del año litúrgico?

 

La verdad de que, en Jesús, Dios cumple la promesa hecha a David acerca de un reino eterno y un heredero suyo, que a la vez sería Hijo de Dios, “el primogénito, el más alto de los reyes de la tierra” (cfr. 2S 7, 12-16; Sal 89, 27-38).

 

La segunda lectura de hoy, tomada del Apocalipsis, cita estas promesas y celebra a Jesús como “el testigo fiel.” Recuerda la profecía de Isaías, según la cual el Mesías testificaría ante las naciones que Dios mantiene su alianza eterna con David (Is 55, 3-5).

 

Sin embargo, como Jesús le dice a Pilatos, su reino es mucho más que la mera restauración de una monarquía temporal. En el Apocalipsis, Jesús dice ser “el Alfa y la Omega"; la primera y la última letras del alfabeto griego. Se atribuye a Sí mismo una descripción que en el Antiguo Testamento corresponde a Dios: el primero y el último, el que llama a todas las generaciones (cfr. Is 41,4; 44, 6; 48, 12).

 

“Tú mantienes el orbe”, aclama el salmo de este domingo. El dominio del Señor se extiende sobre toda la creación (cfr. Jn 1, 3; Col 1, 16-17).

 

Y en la primera lectura, contemplamos la visión de Daniel que describe un hijo de hombre viniendo “sobre las nubes del cielo”—otra señal de su divinidad—para recibir “la gloria y la soberanía” para siempre, sobre todas las naciones y pueblos.

 

Cristo es Rey  y su reino, aunque no sea de este mundo, existe en este mundo por medio de la Iglesia. Somos un pueblo real. Sabemos que hemos sido amados por Él,   liberados por su sangre y transformados en “un reino de sacerdotes” de su Dios y Padre (cfr. Ex 19, 6; 1 P 2, 9).

 

Como pueblo sacerdotal, compartimos su sacrificio y damos testimonio de la eterna alianza de Dios. Pertenecemos a su verdad y escuchamos su voz, esperando que venga de nuevo entre las nubes.

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Lecturas:

Daniel 12, 1-3                        

Salmo 16, 5.8-11

Hebreos 10, 11-14.18

Marcos 13, 24-32

 

En esta penúltima semana del año litúrgico, Jesús finalmente ha llegado a Jerusalén.

 

Ya cerca de su pasión y muerte, Jesús nos da una señal de esperanza, diciéndonos como será todo cuando regrese en su Gloria.

 

El evangelio de este domingo está tomado de un largo discurso en el que Jesús habla de tribulaciones como no las “ha habido desde la creación del mundo” (cfr. Mc 13, 19). Describe una especie de disolución del mundo, un retorno de la creación a su estado primordial de vacío y caos.

 

En primer lugar, la comunidad humana—naciones y reinos—se quebrantará (cfr. Mc 13, 7-8). Después la tierra dejará de producir alimentos y empezará temblar (13, 8). Entonces, la familia se destruirá desde dentro y los últimos fieles serán perseguidos (13, 9-13). Por último, se profanará al Templo y la tierra será excluida de la presencia de Dios (13, 14).

 

La lectura de este domingo presenta a Dios apagando las luces que, en el principio, había puesto en el cielo: el sol, la luna y las estrellas (cfr. Is 13, 10; 34, 4). En medio de esta oscuridad el Hijo del Hombre, aquel por quien todo fue hecho, vendrá de nuevo.

 

Jesús nos había dicho que el Hijo del Hombre tenia que ser humillado y matado (cfr Mc 8, 31). Ahora nos habla de su victoria final, ocupando imágenes reales-divinas sacadas del Antiguo Testamento: las nubes, la gloria y los ángeles (cfr. Dn 7, 13). Nos muestra que en él se cumplen todas las promesas que Dios hizo de salvar a “los elegidos”, al resto fiel (cfr. Is 43, 6; Jr 32.37).

 

Como nos dice la primera lectura de hoy, esta salvación incluirá la resurrección corporal de los que duermen en la tierra.

 

Debemos estar atentos a ese momento, cuando los enemigos del Señor serán estrado de sus pies, según lo que vislumbra la epístola de hoy.

 

Podemos esperar confiados, sabiendo que un día tendremos la felicidad eterna a la derecha del Señor, como oramos en el salmo de este domingo.

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32º Domingo de Tiempo Ordinario

 

Lecturas:

1 Reyes 17,10-16

Salmo 146,7-10

Hebreos 9, 24-28

Marcos 12, 28-24

 

Debemos vivir la obediencia de la fe, una fe que se demuestra mediante obras de caridad y auto-donación (cfr. Ga 5, 6). Esta es la lección que nos dan las dos viudas que menciona la liturgia de hoy.

 

La viuda de la primera lectura ni siquiera es judía; sin embargo, confía en la palabra de Elías y en la promesa de su Señor. Aún siendo víctima de la hambruna, es capaz de dar todo lo que tiene, lo que quedaba de su propia comida, para alimentar al hombre de Dios, antes que a ella misma y a su familia.

 

La viuda del Evangelio también da todo lo que tiene; ofrece su última moneda para apoyar el servicio de los sacerdotes del Señor en el Templo.

 

Con su espíritu de sacrificio, estas viudas expresan el amor que constituye el corazón de la Ley y del Evangelio, del que Jesús habló en las lecturas del Domingo pasado. Ellas reflejan el amor del Padre al dar su único Hijo, y el amor de Cristo al sacrificarse en la cruz.

 

En la epístola de hoy, se nos presenta otra vez a Cristo como Nuevo Sumo Sacerdote y como el Servidor Sufriente predicho por Isaías. En la cruz, El hizo el sacrificio definitivo para borrar nuestro pecado y llevarnos a la salvación (cfr. Is 53, 12).

 

Y, nuevamente, somos llamados a imitar su sacrificio de amor en nuestras propias vidas. Seremos juzgados, no por cuánto demos— los escribas y los ricos contribuyeron mucho más que la viuda- sino en la medida en que nuestras limosnas impliquen la ofrenda de nuestras vidas, de todo nuestro ser, de todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza.

 

¿Estamos dando todo lo que podemos al Señor, no como obligación, sino con espíritu de generosidad y amor (cfr. 2Co 9, 6-7)?

 

“No teman”, nos dice hoy el hombre de Dios. Y el salmo nos recuerda que el Señor nos dará todo, así como sostiene a la viuda.

 

Sigamos el ejemplo de las viudas y hagamos lo que Dios pide, confiados en que no faltará harina en nuestras tinajas ni aceite en nuestros jarros.

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Lecturas:
Deuteronomio 6, 2-6
Salmo 18, 2-4.47. 57
Hebreos 7, 23-28
Marcos 12, 28-34

 


El amor es la única ley en la cual debemos vivir. Y, al mismo tiempo, es el cumplimiento de la Ley que Dios le revela a Moisés en la primera lectura de hoy (cfr. Rm 13, 8-10; Mt 5, 43-48).

La unidad de Dios—la verdad de que es un solo Dios: Padre, Hijo, y Espíritu Santo—implica que lo tenemos que amar con un amor único; amor que nos lleve a servirle con todo el corazón, la mente, el alma y las fuerzas.

Lo amamos porque El nos ha amado primero. Amamos a nuestro prójimo porque no podemos amar a Dios, a quien no hemos visto, si no amamos aquellos que fueron creados a su imagen y semejanza; a quienes sí hemos visto (cfr. 1 Jn 4, 19-21).

Y estamos llamados a imitar el amor que Cristo nos mostró cuando entregó su vida en la cruz (cfr. 1 Jn 3, 16). Como escuchamos en la epístola de hoy, mediante su perfecto sacrificio en la cruz, El ha puesto a nuestro alcance, de una vez por todas, la posibilidad de acercarnos a Dios.

No hay amor más grande que el de quien da la vida por otros (cfr. Jn 15, 13). Talvez por ello Jesús, en el Evangelio de este domingo, le dice al escriba que no está lejos del reino de Dios.

El escriba reconoce que los holocaustos y sacrificios de la Antigua Ley buscaban enseñar a Israel que lo que Dios quiere es amor (Os 6,6). Los animales ofrecidos en sacrificio eran símbolo de nuestro propio sacrificio, de nuestra donación total, que es lo que Dios realmente desea.

Las lecturas de hoy interpelan nuestros corazones. ¿Tenemos otros amores que bloquean nuestro amor a Dios? ¿Amamos a nuestros enemigos y oramos por los que nos persiguen (cfr. Mt 5, 44)?

Digámosle al Señor que lo amamos, como cantamos en el salmo de hoy. Y escuchemos de corazón su Palabra, para que podamos prosperar y tener la vida eterna en su Reino, el hogar celestial donde mana leche y miel.

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Lecturas:

Jeremías 31, 7-9

Salmo 126, 1-6

Hebreos 5, 1-6

Marcos 10, 46-52

 

El evangelio de hoy es irónico. Un ciego, Bartimeo, es el primero en reconocer a Jesús como Mesías (aparte de los apóstoles). Su sanación es el último milagro que hace Cristo antes de entrar en la ciudad santa de Jerusalén, en la última semana de su vida en la tierra.

 

La escena en el camino a Jerusalén evoca la procesión gozosa profetizada por Jeremías en la primera lectura de hoy. La profecía se cumple en Cristo. Dios, por medio de su Mesías, libera a su pueblo del exilio, trayéndolo desde los confines de la tierra, con los ciegos y cojos andando entre los demás.

 

Jesús, como Bartimeo proclama, es el tan esperado Hijo prometido a David (2S 7, 12-16; Is 11, 1; Je 23, 5). Cuando entre triunfalmente en Jerusalén, todos reconocerán que el reino eterno de David ha llegado (Mc 11, 9-10).

 

Como escuchamos en la epístola de hoy, se esperaba que el Hijo de David fuera Hijo de Dios (cfr. Sal 2,7). Él estaba destinado a ser un sacerdote-rey, como Melquisedec (Sal 110, 4), quien ofreció pan y vino al Dios Altísimo en los albores de la historia de salvación (Gn 14, 18-20).

 

Bartimeo es símbolo de su gente, el pueblo cautivo de Sión, sobre el que cantamos en el salmo de hoy. Su Dios ha hecho grandes cosas por él. Toda su existencia había sido sembrada de lágrimas y llanto; ahora cosecha una nueva vida.

 

Bartimeo también debería ser un signo para nosotros. ¡Cuántas veces Cristo pasa delante nuestro en la persona del pobre, o disfrazado de miembro problemático de la familia o de compañero difícil (cfr. Mt 25, 31-46), y no lo vemos!

 

Cristo sigue llamándonos a través de su Iglesia, como llamó a Bartimeo por medio de sus apóstoles. Sin embargo, ¡cuántas veces nos halla escuchando a la muchedumbre y no a las enseñanzas de su Iglesia!

 

Hoy nos pregunta como a Bartimeo, “¿Que quieres que te haga?”. Con alegría, preguntémosle igualmente: “¿Qué quieres que hagamos en gratitud por todo lo que has hecho por nosotros?”.

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Lecturas:

Isaías 53, 10-11

Salmo 33:4-5,18-20,22

Hebreos 4, 14-16

Marcos 10, 35-45

 

En el Evangelio que se nos presenta hoy, los hijos de Zebedeo no saben lo que están pidiendo. Su forma de pensar evoca el modo en que los gentiles gobiernan, con privilegios reales y honores.

 

Pero el camino al reino de Cristo es por la vía de su cruz. Para compartir su gloria, hemos de estar dispuestos a tomar de la copa de la que El bebe.

 

La copa (o “cáliz”) es una imagen que, en el Antiguo Testamento, se refiere al juicio de Dios. Los malvados tendrían que tomar de ella en castigo por sus pecados (cfr. Sal 75, 9; Jer 25, 15.28; Is 51.17). Pero Jesús ha venido a tomar esta copa en favor de toda la humanidad. Ha venido a ser bautizado—es decir, decir meterse o sumergirse—en los sufrimientos que hemos merecido por nuestros pecados (cfr. Lc 12, 50).

 

De este modo cumplirá la misión prefigurada por el Siervo Sufriente de Isaías, de quien leemos en la primera lectura de este domingo.

 

Como el Siervo de Isaías, el Hijo de Hombre dará su vida en ofrenda por el pecado, así como los sacerdotes de Israel ofrecieron sacrificios por los pecados del pueblo (Lv 5, 17-19).

 

Jesus es el Sumo Sacerdote celestial de toda la humanidad, como dice en la epístola de este domingo. Los Sumos Sacerdotes de Israel ofrecieron la sangre de cabritos y terneros en el santuario del Templo. Pero Jesús entró en el santuario del cielo con su propia Sangre (cfr. Hb 9, 12).

 

Y al cargar con nuestra culpa y ofrecer su vida para cumplir la voluntad de Dios, Jesús rescato “a muchos”, pagando el precio de la redención de la humanidad, liberándola de la esclavitud espiritual del pecado y a la muerte.

 

El nos ha librado de la muerte, como decimos con gozo en el salmo de hoy.

 

Debemos permanecer firmes en la profesión de nuestra fe, como nos exhorta la epístola de esta misa. Hemos de ver nuestras pruebas y sufrimientos como la parte que nos toca de la copa que Cristo prometió a los que creen en Él (cfr. Col 1, 24). Tenemos que recordar que hemos sido bautizados en su Pasión y Muerte (cfr. Ro 6, 3).

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Lecturas:
Sabiduría 7, 7-11
Salmo 90, 12-17
Hebreos 4, 12-13
Marcos 10, 17-30

 


El joven rico del Evangelio de este Domingo quería saber lo que todos queremos saber: cómo vivir ahora de modo que para que alcancemos la vida para siempre en el mundo que está por venir. Buscaba lo que el salmo de hoy llama “sabiduría de corazón”.

Sin embargo, aprende que la sabiduría que busca no se limita a un conjunto de obras que deben hacerse o conductas que deben evitarse. Como Jesús le dice, la obediencia a los mandamientos es esencial en el camino de la salvación, pero no nos lleva más allá de cierto punto.

La sabiduría de Dios no es una colección de preceptos, sino una Persona: Jesucristo. Jesús es la Sabiduría cuyo espíritu fue dado a Salomón en la primera lectura de hoy. Él es la Palabra de Dios mencionada en la epístola que escuchamos. Y Él, como lo revela al joven rico, es Dios.

En Jesús encontramos la Sabiduría, la Palabra de Dios viva y efectiva. Como hace con el joven rico de hoy, Él nos mira con amor. Esa mirada de amor, esa contemplación amorosa, es una invitación personal a dejarlo todo para seguirle a El.

Nada puede esconderse de su mirada, como escuchamos en la epístola. En sus ojos ardientes, los pensamientos de nuestros corazones quedan al descubierto, y cada uno de nosotros tiene que rendirle cuentas de su vida (Ap 1, 14).

Debemos tener la actitud de Salomón, que prefirió la Sabiduría a todo lo demás; debemos amar a Cristo más que a la vida misma. Esta preferencia, este amor, requiere un salto de fe. Tendremos que sufrir por esta fe (según dice hoy Jesús a sus discípulos), pero podemos confiar en su promesa de que todas las cosas buenas nos vendrán estando en compañía suya.

Entonces, ¿cuáles son esos “muchos bienes” que hacen que no nos entregamos totalmente a Dios? ¿A qué estamos apegados —cosas materiales, comodidades, amistades-? ¿Qué se requeriría para que viviéramos completamente para Cristo y su Evangelio?

Pidamos en la oración la sabiduría para entrar en el Reino de Dios. Con el salmista, digámosle a Dios: “enséñanos”.

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Lecturas:

Génesis 2,18-24

Salmo 128, 1-6

Hebreos 2, 9-11

Marcos 10, 2-16


En el evangelio de este domingo, los fariseos intentan atrapar a Jesús con una pregunta engañosa

 

La “legalidad” de divorcio en Israel nunca fue puesta en duda. Moisés lo había permitido (cfr Dt 24, 1-4). A pesar de esto, Jesús remonta a sus antagonistas a un tiempo anterior a Moisés: “el principio”, y les da su interpretación del texto que escuchamos en la primera lectura.

 

El divorcio, nos dice Cristo, viola el orden de la creación. Moisés lo permitió como concesión ante la dureza de corazón del pueblo—es decir, su incapacidad de ser fieles a la Alianza, a la Ley de Dios-. Pero Jesús vino para cumplir la Ley y revelar su verdadero sentido y finalidad; y para darle al pueblo la gracia para guardar los mandamientos de Dios.

 

Cristo nos revela que el matrimonio es un sacramento, un signo divino y vivificante. Mediante la unión del hombre y la mujer, Dios quiso derramar sus bendiciones a la familia humana, haciéndola fecunda y multiplicándola hasta que llenara la tierra (cfr Gn 1, 28).

 

Por ello el Evangelio de hoy pasa tan fácilmente del debate sobre el matrimonio a la bendición de unos niños por Jesús. Los hijos son las bendiciones que el Padre otorga a las parejas que siguen su camino, como cantamos en el salmo de hoy.

 

El matrimonio también es un signo de la Nueva Alianza con Dios. Como la epístola de hoy deja entrever, Jesús es el Nuevo Adán -hecho poco inferior a los ángeles, nacido de una familia humana (cfr. Rm 5, 14; Sal 8, 5-7)- . La Iglesia es la nueva Eva, la “mujer” nacida del costado atravesado de Cristo, durante el sueño de su muerte en la cruz (cfr. Jn 19, 34; Ap 12, 1-17).

 

Mediante la unión de Cristo y la Iglesia como “una sola carne”, el plan de Dios para el mundo se cumplió (cfr. Ef 5, 21-32). Eva fue “la madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Por otro lado, en el bautismo somos hechos hijos de la Iglesia, hijos del Padre, herederos de la gloria eterna que Él destinó para la familia humana desde el principio.

 

El reto para nosotros es vivir como hijos del reino y crecer constantemente en nuestra fidelidad, amor y devoción a Cristo y a las enseñanzas de su Iglesia.

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Lecturas:
Números 11, 25–29
Salmo 19,8.10.12–14
Santiago 5, 1–6
Marcos 9, 38–48

 


El evangelio de est domingo presenta una escena que recuerda otro momento de la historia de Israel: el episodio que escuchamos en la primera lectura. Los setenta ancianos que reciben el Espíritu de Dios por medio de Moisés, anticipan el ministerio de los apóstoles.

Como Josué en la primera lectura, Juan se equivoca al suponer que solo unos pocos selectos serán inspirados y encargados de llevar a cabo los planes de Dios. El Espíritu sopla donde quiere (cfr. Jn 3, 8) y Dios desea otorgarlo a todo su pueblo, en todas la naciones que hay bajo el cielo (cfr. Hch 2, 5.38).

Dios puede y podrá actuar con gran poder a través de personas ordinarias, de quienes no se espera gran cosa. Todos estamos llamados a realizar incluso las tareas más sencillas, como dar un vaso de agua a alguien en su nombre y por la causa de su reino.

Juan pretende estar protegiendo la pureza del nombre del Señor. Sin embargo, en realidad, solo está guardando sus propios privilegios y estatus. Es notable que los apóstoles quieren detener el ministerio de un excorcista. Esto se debe a que la autoridad de expulsar demonios y espíritus inmundos fue uno de los poderes específicos otorgados a los Doce (cfr. Mc 3,14-15; 6,7.13).

“Absuélveme de las faltas que se me ocultan”, oramos en el salmo de hoy. Muchas veces, como Josué y Juan, talvez sin darnos cuenta, escondemos nuestras faltas y miedos bajo la pretensión de estar defendiendo a Cristo o a la Iglesia.

Sin embargo, como nos dice Jesús en el Evangelio, en vez de preocuparnos sobre quién es un verdadero cristiano y quién no, más bien debemos empeñarnos en vivir de acuerdo con nuestra vocación de discípulos (cfr. Ef 1,4).

¿El consejo que damos o nuestro testimonio de vida, son causa de escándalo, de modo que hacen a otros dudar o perder la fe? ¿Hacemos lo que debemos por amor a la voluntad del Padre, o por otros motivos?

Necesitamos seguir meditando en su Ley, como cantamos en el salmo de hoy. Debemos pedir en la oración la gracia para ver nuestras propias faltas y superarlas.

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Lecturas:
Sabiduría 2, 12.17-20
Salmo 54, 3-8
Santiago 3, 16-4,3
Mark 9, 30-37

 


La primera lectura de hoy puede ayudarnos a imaginar que escuchamos, detrás de la pared, las murmuraciones homicidas de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los escribas. De ellos hablaba Jesús en el Evangelio de la semana pasada, diciendo que lo harían sufrir y le matarían (cfr. Mc 8, 31; 10, 33-34).

La liturgia nos invita a ver, en este pasaje del libro de Sabiduría, una profecía de la Pasión del Señor. Escuchamos a sus enemigos quejarse de que “el Justo” ha desafiado su autoridad, y les ha reprendido por violar la Ley de Moisés y por traicionar lo que aprendieron como líderes y maestros del pueblo.

Y escuchamos palabras escalofriantes que predicen las burlas que se dirigirán a Cristo colgado de la cruz: “Si el justo es hijo de Dios, Dios lo ayudará y lo librará de sus adversarios”(Sab 2, 18; cfr. Mt 27.41-43).

El Evangelio y el salmo de hoy nos dan la otra cara de la moneda respecto a la primera lectura. En ambos, vemos los sufrimientos de Cristo desde su punto de vista. Aunque sus enemigos lo tienen asediado, Él se ofrece libremente en sacrificio, confiando en que Dios lo sostendrá.

Pero los apóstoles no entienden este segundo anuncio de su Pasión. Empiezan a discutir acerca de la sucesión; divergen sobre quién de ellos es el más importante y quién será elegido líder después de que Cristo sea muerto.

Otra vez están pensando, no como Dios, sino como los hombres (cfr. Mc 8, 33). Y de nuevo Cristo enseña a los Doce—los dirigentes escogidos de su Iglesia— que deben liderar imitando su ejemplo de amor y sacrificio de Sí mismo. Ellos tienen que ser “siervos de todos”, especialmente de los débiles y de los desamparados, representados por el niño a quien Jesús abraza y pone en medio de ellos.

Esta lección es también para nosotros. Debemos pensar como Cristo, que se humilló a Sí mismo para venir a salvarnos (Fil 2, 5-11). Tenemos que entregarnos libremente y ofrecerle todo lo que hacemos, como un sacrificio de alabanza a su Nombre.

Como dice el Apóstol Santiago en la epístola de hoy, debemos buscar la sabiduría que viene de arriba: humilde, no jactanciosa; y en todo pacífica y llena de misericordia.

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Lecturas:

Isaías 50, 4-9

Salmo 116, 1-6. 8-9

Santiago 2, 14-18

Marcos 8, 27-35

En el evangelio de hoy, encontramos un momento clave para nuestro caminar con el Señor. Después de semanas de escuchar sus palabras y ver sus maravillas, así como los discípulos, somos cuestionados sobre quién es Jesús en verdad.

San Pedro contesta por ellos y por nosotros también cuando dice: “tú eres el Mesías”.

Muchos esperaban un Mesías taumaturgo que venciera a los enemigos de Israel y restaurara el reino de David (cfr. Jn 6,15).

Jesús nos revela hoy un retrato diferente. Él se autodenomina el Hijo del Hombre, evocando la real figura que el profeta Daniel contempló en sus visiones celestiales (cfr. Dn 7, 13-14). Sin embargo, su realeza no es como la de este mundo (cfr. Jn 18, 36); y el camino a su trono, según nos enseña, pasa por el sufrimiento y la muerte.

Jesús identifica al Mesías con el Siervo sufriente del que habla Isaías en la primera lectura de este domingo. Sus palabras son las mismas de Jesús, que se entrega para ser humillado y golpeado, confiando en que Dios le ayudará. Al mismo tiempo, escuchamos nuevamente la voz del Señor en el salmo de hoy, agradeciendo a Dios por librarlo de las redes de la muerte.

Como Jesús nos dice hoy, creer que Él es el Mesías implica seguir un camino de negación de sí mismo, y perder la vida para salvarla y resucitar con Él a una nueva vida.

Nuestra fe, según escuchamos de nuevo en la epístola de hoy, necesita expresarse con obras de amor (Ga 5, 6).

Es notorio que Jesús cuestiona a sus apóstoles en esta lectura mientras van “por el camino.” Van rumbo a Jerusalén, donde el Señor entregará su vida. También nosotros vamos de camino con el Señor.

Debemos aceptar y cargar nuestra cruz, dándonos a los demás y perseverando en todas nuestras pruebas por la causa de Cristo y la del Evangelio.

Nuestras vidas deben ser un sacrificio de acción de gracias por la nueva vida que Dios nos ha dado; hasta el día en que alcancemos nuestro destino, y caminemos ante el Señor en la tierra de los vivos (cfr. Ez 26, 20).

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23er Domingo de Tiempo Ordinario

 Lecturas:

 

Isaías 35, 4-7

Salmo 146, 7-10

Santiago 2, 1-5

Marcos 7, 31-37

 

Solo Marcos relata el episodio del que nos habla el Evangelio de este domingo. En el decir de la gente está la clave principal: “Todo lo ha hecho bien”. El texto griego usado por el evangelista, hace eco del relato de la creación que dice: “Dios vio que todo cuanto había hecho era muy bueno” (cfr. Gn 1,31).

 

Deliberadamente, San Marcos evoca la promesa del profeta Isaías que escuchamos en la primera lectura de hoy: que Dios hará oír a los sordos y hablar a los mudos. Incluso describe a la persona que es curada por Cristo, utilizando una palabra griega (mogigalion, “impedimento del habla”) que sólo se encuentra en otro lugar de la Biblia: en la traducción griega del pasaje de Isaías que leemos este domingo, donde el profeta describe que “la lengua de los mudos gritara de alegría”.

 

La multitud se da cuenta que Jesús está haciendo lo que el profeta predijo. Pero San Marcos nos invita a ver algo mucho más grande, que podría expresarse con las palabras de la primera lectura: “Ya viene su Dios”.

 

Es notorio cuán personal y descriptivo es el drama de este Evangelio. Nos pide fijar la atención en una mano, unos dedos, una lengua, la saliva. En Jesús, nos enseña San Marcos, Dios verdaderamente se ha hecho carne.

 

Él ha hecho nuevas todas las cosas; ha hecho una nueva creación (cfr. Ap 21, 1-5). Como lo prometió Isaías,  ha hecho que las aguas vivas del bautismo corran por el desierto del mundo. Ha liberado los cautivos de sus pecados, como cantamos en el salmo de hoy. Ha venido para que los ricos y los pobres puedan cenar juntos en el banquete eucarístico, de acuerdo a lo que nos dice Santiago en su epístola.

 

Él ha hecho por cada uno de nosotros lo que hizo por el sordomudo: ha abierto nuestros oídos a la Palabra de Dios y ha soltado nuestras lenguas para que podamos cantar sus alabanzas.

 

Por tanto, nuevamente en la Eucaristía, demos gracias a nuestro glorioso Señor Jesucristo. Digamos con Isaías aquí esta nuestro Dios, que viene a salvarnos. Que seamos ricos en fe, para que heredemos el reino prometido a los que lo aman.

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Lecturas:

Deuteronomio 4, 1-2.6-8

Salmo 15, 2-5

Santiago 1,17-18.21-22.27

Marcos 7,1-8.14-15.21-23

 

El evangelio de este domingo nos muestra un Jesús-profeta, con autoridad para interpretar la ley de Dios.

Cristo cita a Isaías de forma irónica  (cfr. Is 29, 13). Al observar la Ley, los fariseos pretenden honrar a Dios asegurando que nada impuro pasa por sus labios. Con esa práctica, sin embargo, ellos han invertido el sentido de la Ley, convirtiéndola en un simple conjunto de acciones externas.

El don de la Ley, mencionado en la primera lectura de este día, nos es dado con plenitud en el Evangelio de Jesús, que nos enseña su verdadero significado y finalidad (cfr. Mt 5, 17).

La Ley, cumplida en el Evangelio, existe para formar nuestros corazones y hacernos puros, capaces de vivir en la presencia del Señor. Nos fue dada para que viviéramos y entráramos en posesión de la herencia que nos fue prometida: el Reino de Dios, la vida eterna.

Israel, mediante su observancia de la Ley, tenía que ser un ejemplo para las naciones que la rodeaban.  Como dice el Apóstol Santiago en la epístola de hoy, el Evangelio nos fue dado para que tuviéramos un nuevo nacimiento por medio de la Palabra de Verdad.  Al vivir de acuerdo a la Palabra que hemos recibido, podemos ser ejemplos de la sabiduría de Dios para quienes estén en nuestro derredor. Podemos ser  “las primicias” de una nueva humanidad.

Esto significa que debemos poner en práctica la Palabra, no solamente escucharla. Como cantamos en el salmo de este domingo y escuchamos en la epístola, tenemos que trabajar por la justicia, cuidando a nuestros hermanos y viviendo de acuerdo a la verdad que Dios ha puesto en nuestros corazones.

La Palabra que se nos ha dado es un don perfecto. No debemos añadirle devociones vanas e innecesarias. Tampoco debemos reducirla a los mandamientos que nos agradan o queremos escoger.

“Escúchenme”, dice Cristo en el Evangelio de este domingo. Él nos llama hoy a examinar nuestra respuesta a la Ley de Dios.

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Lecturas:

 

Josué 24,1-2, 15-18

Salmo 34, 2-3, 16-23

Efesios 5, 21-32

Juan 6, 60-69

 

Con las lecturas de este domingo concluye una meditación de cuatro semanas sobre la Eucaristía.

 

A los doce apóstoles del Evangelio de hoy, se les pide tomar una opción entre creer y aceptar la Nueva Alianza que Él ofrece en su Cuerpo y Sangre, o volver a su antigua manera de vivir.


Esta situación es prefigurada en la decisión que Josué pide a las 12 tribus en la primera lectura.

 

Josué los convoca en Siquem, lugar donde Dios se había aparecido a su padre Abraham y le había prometido que daría esa misma tierra al gran pueblo que nacería de su descendencia (Cfr. Gn 12, 1-9). Allí les planeta un fuerte desafío: renovar su alianza con Dios o servir a los dioses extraños de las naciones vecinas.

 

A nosotros también se nos pide decidir a quién vamos a servir. Durante cuatro semanas, la liturgia nos ha presentado el misterio de la Eucaristía, un milagro cotidiano mucho más grande que el que Dios hizo cuando sacó a Israel de la tierra de Egipto.

 

También a nosotros, Él nos ha prometido un nuevo hogar, la vida eterna; y nos ha ofrecido pan del cielo para fortalecernos en nuestro camino. Él nos ha dicho que si no comemos su Carne y no bebemos su Sangre, no tendremos vida en nosotros.

 

“Duras son esas palabras” (Jn 6, 60), murmuran en el Evangelio de hoy. Y sin embargo, Él nos ha dado palabras de vida eterna.

 

Debemos creer, como nos dice hoy San Pablo, que Jesús es el Santo de Dios  que se ha entregado por nosotros, dando su Carne para vida del mundo.

 

Según escuchamos en su epístola, Jesús hizo todo esto para santificarnos, purificándonos con el agua y la palabra del bautismo, por el cual entramos en su Nueva Alianza. Mediante la Eucaristía, Él nos alimenta y nos trata con ternura, haciéndonos su propia carne y sangre, así como los esposos se hacen una sola carne.

 

Renovemos este día nuestra alianza con Dios acercándonos al altar, confiando en que Él rescata la vida de sus siervos, como cantamos en el salmo de hoy.

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Lecturas:

 

Proverbios 9,1-6

Salmo 34, 2-3, 10-15

Efesios 5,15-20

Juan 6, 51-58

 Como escuchamos en la primera lectura de este domingo, la Sabiduría de Dios nos ha preparado un banquete.

 

 Debemos hacernos como niños (Cfr. Mt 18, 3-4) para poder escuchar y aceptar esta invitación; para darnos cuenta que en cada Eucaristía se representa y renueva la locura de la cruz.

 

 Para el mundo, es una tontería creer que Jesús crucificado resucitó de entre los muertos. Para muchos, como la multitud que describe el Evangelio de hoy, es locura —o incluso enfermedad— creer que Jesús puede darnos a comer su carne.

 

 Sin embargo, Jesús es insistente en el Evangelio de este domingo. Es notoria la repetición de las palabras, “coman” y “tomen”;  “mi carne” y “mi sangre”.  Para subrayar el increíble realismo de lo que Jesús nos pide creer, San Juan ocupa en estos versículos, no la palabra griega ordinaria para “comer”, sino otra más cruda que se refiere al “masticar” de los animales rumiantes.

 

  “La locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana” (1 Co 1,18-25). En la “locura” de su amor, Él decide salvar a quienes creemos que su Carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida.

 

 El temor de Dios, el deseo de vivir de acuerdo a su voluntad, es el comienzo de la verdadera sabiduría (Cfr. Pr 9, 10). Y como cantamos en el salmo de este domingo, nada falta a quienes  temen al Señor.

 

La liturgia de este día nos invita, nuevamente, a renovar nuestra fe en la Eucaristía. . Nos llama a no caer en el absurdo de creer solo aquello que vemos con nuestros ojos.

 Nos acercamos, pues, no solo a un altar preparado con pan y vino, sino al banquete de Sabiduría, al banquete del cielo, en el que Dios nuestro Salvador renueva su Alianza eterna y promete destruir la muerte para siempre (Cfr. Is 25, 6-9).

 

 Aprovechemos bien nuestros días, dando continuamente gracias a Dios en la Eucaristía por todas las cosas, en el nombre de Jesucristo, Pan bajado del cielo (Cfr. Ef 5, 20).

 

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Lecturas:

 

1 Reyes 19, 4-8

Salmo 34, 2-9

Efesios 4, 30-5, 2

Juan 6, 41-51

 Algunas veces nos sentimos como el profeta Elías que describe la primera lectura de este domingo. Queremos echarnos al suelo y morir, conscientes de nuestros fracasos, cuando parece que no avanzamos en el cumplimiento de la voluntad de Dios para nuestra vida.

 

 Podemos sentir la tentación de desesperarnos, como el profeta durante su caminata por el desierto; o la de “murmurar” contra Dios como los israelitas, durante sus cuarenta años en el desierto (Cfr. Ex 16, 2,7,8; 1 Co 10,10).

 

 En el Evangelio de este domingo se usa la misma palabra, “murmurar”, para describir cómo la muchedumbre muestra la misma dureza de corazón que tuvo Israel en el desierto.

 

 Jesús les dice que las profecías se cumplen en Él; que Dios mismo es quien está enseñándoles, pero no lo creen. Únicamente perciben su carne. Tan solo ven que es el “hijo de José y María”.

 

 Sin embargo si somos creyentes, si le buscamos en nuestras aflicciones, Él nos liberará de nuestros temores, como cantamos en el salmo de este domingo.

 

 Sobre el altar, en cada Eucaristía, el ángel del Señor  - el Señor mismo- (Cfr. Ex 3  1-2), nos toca como tocó a Elías. Él nos manda tomar y comer su Cuerpo, entregado por la vida del mundo (Cfr. Mt 26, 26; Jn 6, 51).

 

 Dios nos permite saborear este don celestial (Cfr. Hb 6, 4-5), pero con él nos manda  levantarnos y continuar el camino que empezamos en el bautismo hacia el monte de Dios, hacia el reino de los cielos.

 

 Él nos dará el pan de vida, la fuerza y gracia que necesitamos,  así como alimentó a nuestros antepasados espirituales en descampado, o a Elías en el desierto. 

 

 Por tanto, no causemos tristeza al Espíritu Santo, como dice San Pablo en la epístola de hoy, haciendo otra referencia a la experiencia de Israel en el desierto (Cfr. Is 63, 10).

 

 

Digámosle a Dios, como Elías: “toma mi vida”.  Pero no como quien quiere morir, sino como quien quiere darse en sacrificio, amándolo como Él nos ha amado, tanto en la cruz como en la Eucaristía.

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Lecturas:
Éxodo 16, 2–4. 12-5
Salmo 77, 3 y 4bc. 23–24. 25 y 54
Efesios 4, 17. 20–24
Juan 6, 24-35

El camino del discipulado es un éxodo de toda la vida, desde la esclavitud del pecado y de la muerte hasta la santidad de la verdad en el Monte Sion, la tierra prometida de vida eterna.

La senda puede tornarse difícil. Y cuando esto sucede, podemos ser tentados a quejarnos como lo hicieron los israelitas en la primera lectura de esta semana.

Debemos ver estos tiempos de dificultad como una prueba para evaluar lo que hay en s corazones, como un llamado a confiar más en Dios y a purificar los motivos de nuestra fe (véase Deuteronomio 8, 2-3).

Como San Pablo nos recuerda en la epístola de esta semana, debemos dejar atrás nuestros viejos auto decepciones y deseos y vivir de acuerdo con nuestra semejanza a Dios en la cual estamos hechos.

Jesús, en el evangelio de esta semana, les dice a las multitudes que lo están siguiendo por razones equivocadas. Lo buscan porque les dio de comer. También los israelitas estaban felices de seguir a Dios mientras habían comido en abundancia.

La comida es el mas obvio de los signos—siendo la mas básica de nuestras necesidades humanas. Necesitamos nuestro pan de cada día para vivir. Pero no podemos vivir sólo de pan. Necesitamos el pan de vida eterna que preserva al que cree en Él (véase Sab. 16, 20 y 26).

El maná en el desierto, como el pan que Jesús multiplicó para la muchedumbre, era un signo de la providencia de Dios—que debemos confiar en que Él proveerá.

Estos signos nos señalan a su cumplimiento en la Eucaristía, el abundante pan de ángeles del que cantamos en el Salmo de esta semana.

Este es el alimento que Dios está deseando darnos. Este es el pan que deberíamos estar buscando. Pero seguido este no es el pan que pedimos. En cambio, buscamos las cosas perecederas de nuestros deseos y ansiedades cotidianas. En nuestra debilidad pensamos que estas cosas son lo que realmente necesitamos.

Debemos confiar más en Dios. Si buscamos primero su reino y su justicia, todas esas cosas serán nuestras también.

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Lecturas:
2 Reyes 4, 42-44
Salmo 145, 10-11, 15-18
Efesios 4:1-6
Juan 6,1-15

La liturgia de hoy presenta varias referencias a las que el Antiguo Testamento aludía para revelar a Jesús como el Mesías y Rey, como el Señor que viene a alimentar a su pueblo.

Notemos el paralelismo que existe entre el evangelio de hoy y la primera lectura. Jesús, al igual que Eliseo, está frente a un grupo de gente hambrienta, con solamente unos pocos panes de cebada; es evidente la imposibilidad de satisfacer a tanta gente con tan poco.

Además, en las dos lecturas, la multiplicación de pan no solo satisface a la gente sino también deja sobras.

A su vez, la historia de Eliseo recuerda a Moisés, el profeta, que le dio de comer al pueblo de Dios en el desierto (cfr. Ex 16). Moisés profetizó que Dios iba a mandar un profeta como él (cfr. Dt 18, 15-19). La muchedumbre que presencia en el evangelio de hoy la multiplicación de los panes, identifica a Jesús como ese profeta.

El evangelio de este domingo nos muestra a Jesús como Señor, el Buen Pastor, que hace reposar a su pueblo en las verdes praderas y prepara un banquete para ellos (cfr. S 23, 1.5).

El milagro de alimentar a la multitud es una señal de que Dios ha comenzado a cumplir su promesa, algo de lo cual habla también el salmo de hoy cuando dice: “y tú los alimentas a su tiempo” (S 144, 15; cfr. S 81, 17).

Sin embargo, Jesús conduce nuestra atención hacia el cumplimiento definitivo de esa promesa en la Eucaristía. Hace los mismos gestos que en la Última Cena: Toma los panes, pronuncia una bendición de acción de gracias (significado literal del término griego eucaristía) y le da el pan al pueblo (cfr. Mt 26, 26). Es notorio que al final sobran 12 canastas de pan, una por cada apóstol.

Estas signos deben de dirigirnos hacia la Eucaristía, en la que la Iglesia fundada sobre los apóstoles continúa alimentándonos con el pan vivo de su Cuerpo.

En la Eucaristía, somos hechos un solo cuerpo con el Señor, como escuchamos en la epístola de hoy. Dispongámonos a llevar una vida acorde con tan digna vocación.

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Jeremías 23, 1-6
Salmo 23, 1-6
Efesios 2, 13-18
Marcos 6, 30-34

Mientras el evangelio de hoy nos muestra a los Doce regresando de su primer viaje misionero, el conjunto de las lecturas nos invita a seguir reflexionando sobre la autoridad y misión de la Iglesia.

El profeta Jeremías dice, en la primera lectura, que los líderes de Israel extraviaron al Pueblo Elegido, pues se olvidaron de Dios y dieron enseñanzas falsas. Promete que Yahvé mandará un pastor, un rey descendiente de David, para reunir la ovejas extraviadas y para darles nuevos pastores (cfr. Ez 34, 23).

La muchedumbre sentada sobre la hierba verde que nos describe el evangelio de este domingo (cfr. Mc 6,39), es ya parte de aquel resto del Pueblo de Dios al que se refería Jeremías, profetizando de él que regresaría al valle de Israel (cfr. Jr 23,3). La gente parece percibir que Jesús es el Señor, el Buen Pastor (Jn.10.11), el Rey a quien estaban esperando (Os 3, 1-5).

Jesús se conmueve al ver a la gente “como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). Esta frase ya había sido ocupada por Moisés, al hablar de la necesidad que tenía Israel de un pastor para sucederle (Nm 27,17). Y así como Moisés nombró a Josué, Jesús escogió a los Doce para que siguieran pastoreando a su pueblo en la tierra.

Jesús afirmó que habían otras ovejas que no pertenecían redil de Israel, pero que escucharían su voz para unirse al único rebaño del único Pastor (cfr. Jn 10,16). En el plan de Dios, la Iglesia debía buscar primero a las ovejas extraviadas de Israel y después atraer a todas las naciones al redil (Hch 13, 44; Rm 1, 16).

También San Pablo, en la epístola de hoy, ve la Iglesia como una nueva creación, en la que aquellas naciones que antes estuvieron lejos de Dios, ahora se unirán como “una sola persona” con los hijos de Israel.

Como cantamos en el salmo de hoy, por medio de la Iglesia, el Señor, nuestro Buen Pastor, sigue conduciendo a su pueblo hacia los prados de hierba fresca del Reino, a las tranquilas aguas del bautismo. Nos sigue nos ungiendo con el aceite de la confirmación y reparte a todos el banquete eucarístico, mientras llena nuestra copa hasta los bordes.

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Lecturas:
Amós 7, 12-15
Salmo 85, 9-14
Efesios 1, 3-14
Marcos 6, 7-13

Comentemos primero el evangelio de hoy. En el encargo que hace Cristo a sus apóstoles, les da (y a nosotros también) un bosquejo de lo que será la misión de la Iglesia después de la resurrección.

Sus instrucciones a los Doce nos recuerdan aquellas que Yahvé dio a las doce tribus de Israel en las vísperas de su éxodo de Egipto. Los israelitas también fueron enviados sin pan y con una sola túnica, llevando sandalias y un bastón (cfr. Éx 12,11; Dt 8, 2-4). Como aquellos israelitas, los apóstoles tienen que confiar solamente en la providencia de Dios y su gracia.

Posiblemente, Marcos nos quiera enseñar también que la misión de los apóstoles, la misión de la Iglesia, es servir como guía en un nuevo éxodo, rescatando a los pueblos de su exilio de Dios y llevándolos a la tierra prometida: el Reino de los Cielos.

Como Amós en la primera lectura, los apóstoles no son “profesionales” que ganan el pan por profetizar. Como Amós, son hombres sencillos (Cfr Hch 14, 15) convocados desde sus trabajos ordinarios y enviados por Dios a ser pastores de sus hermanos y hermanas.

En esta semana nuevamente escuchamos el tema del rechazo: Amós lo experimenta y Jesús advierte a sus apóstoles que algunos no les recibirán bien ni les escucharán. La Iglesia no está necesariamente llamada a ser exitosa, sino solamente a ser fiel al mandamiento de Dios.

Con la autoridad y poder que Jesús le ha dado, la Iglesia proclama la paz de Dios y la salvación de los que creen en Él, como cantamos en el salmo de hoy.

Esta palabra de verdad, este evangelio de salvación, está dirigido personalmente a cada uno de nosotros, como nos dice San Pablo en la epístola de hoy. Dios, en el misterio de su voluntad, nos escogió desde antes de la creación del mundo para ser sus hijos e hijas; para vivir y darle gloria.

Por lo tanto, demos gracias hoy a Dios por la Iglesia y por las bendiciones espirituales que Él nos ha otorgado. Comprometámonos a llevar a cabo la misión de la Iglesia: ayudar a los demás a escuchar la llamada al arrepentimiento y a recibir a Cristo en sus vidas.

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Lecturas:
Sabiduría 1,13-15, 2, 23-24
Salmo 30, 2, 4-6, 11-13
2 Corintios 8, 7, 9, 13-15
Marcos 5, 21-24, 35-43

 


Por un lado, San Marcos nos narra un acontecimiento que reveló a los discípulos la autoridad y el poder de Jesús, incluso sobre el último enemigo: la muerte (cfr. 1Co 15, 26). Por otro lado, sin embargo, este episodio busca fortalecer en nosotros la esperanza de que también seremos resucitados, junto todos nuestros seres queridos que duermen en Cristo (cfr. 1 Co 15,18).

Jesús manda a la muchacha a “levantarse”, ocupando la misma pa­labra griega que se refiere a su propia resurrección (cfr. Mc 16, 6). Con esta narración, Marcos nos da un con­solador mensaje este domingo: que Jesús es la resurrección y la vida. Si creemos en Él, viviremos aún después de la muerte (cfr. Jn 11, 25-26).

Estamos llamados a tener la misma fe que testimonian los papás a los que se refiere Evangelio de hoy; a pedir por nuestros seres queridos confiando en lo que Cristo ha prometido: que ni siquiera la muerte puede separarnos. Es importante observar que los papás siguen a Jesús aunque los de su casa les dicen que no hay esperanza; aunque otros se burlan de Jesús cuando dice que los muertos nada más están “dormidos” (1 Ts 4, 13-18).

Al recibir el bautismo, hemos resucitado a una vida nueva con Cristo. Y la Eucaristía, como la comida dada a la pequeña muchacha hoy, es promesa de que El nos levantará en el último día.

Como cantamos en el salmo de este día, debemos alegrarnos porque Cristo nos ha sacado de las tinieblas del mundo y de la muerte. Al mismo tiempo, respondiendo a la exhortación que nos hace San Pablo en la epístola de hoy, debemos agradecer este hecho maravilloso con la ofrenda constante de nuestra vida, imitando a Cristo en el amor y generosidad que ofrezcamos a los demás.

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Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

 Lecturas:

 

Éxodo 24, 3-8

Salmo 116,12-13, 15-18

Hebreos 9,11-15

Marcos 14,12-16, 22-26

 Las lecturas de este día se ubican en el contexto de la Pascua. La primera de ellas recuerda la Antigua Alianza efectuada en el Sinaí después de la primera pascua y del éxodo.

 

 Al rociar la sangre de la Alianza sobre los Israelitas, Moisés sim­bolizaba el deseo de Dios de hacerlos parte de su familia, de su sangre.

 

 Citando a Moisés en el Evangelio de este domingo, Jesús da una nueva dimensión a este símbolo de la Alianza, elevándolo a una realidad extraordinaria : En la Nueva Alianza hecha con la Sangre de Cristo, podemos verdaderamente hacernos uno con su Cuerpo y Sangre.

 

 La primera alianza hecha con Moisés e Israel en el Sinaí fue apenas una sombra de la Alianza, nueva y mayor, hecha por Cristo con toda la humanidad en el Cenáculo (cfr. Hb 10,1).

 

 La Pascua que Jesús celebra con sus doce apóstoles actualiza y hace real lo que solamente fue un símbolo : el sacrificio de Moisés en el altar de doce pilares. Lo que Jesús hace hoy es establecer a su Iglesia como la Nueva Israel y su Eucaristía como el nuevo culto al Dios vivo.

 

 Al ofrecerse a Sí mismo a Dios por el Espíritu Santo, Jesús libera a Israel de los pecados de la Antigua Alianza. Como escuchamos en la epístola de hoy, Él nos ha purificado por medio de su sangre, y nos ha hecho capaces de rendir un culto verdadero.

 

 Dios no quiere obras muertas ni sacrificios de animales. Quiere nuestra carne y sangre—es decir, nuestras vidas—consagradas a Él, ofrecidas como sacrificio viviente. Ese es el sacrificio de alabanza y acción de gracias del que habla el salmo de hoy. Esto es la Eucaristía.

 

 Lo que hacemos en memoria Suya es entregar nuestras vidas a Cristo y renovarle nuestro com­promiso de servirle y ser fieles a su Alianza.

 

 No hay otra cosa que podamos ofrecerle a cambio de la herencia eterna que él nos ha ganado. Por tanto, acerquémonos al altar para invocar su Nombre en acción de gracias y alzar «la copa de la victoria» (Sal 116,13).    

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Lecturas:
Deuteronomio 4, 32-34, 39-40
Salmo 33, 4-6, 9, 18-20, 22
Romanos 8, 14-17
Mateo 28, 16-20


El domingo pasado celebramos el envío del Espíritu Santo, que selló la Nueva Alianza de Dios y renovó todo lo creado.

En esta nueva creación, somos ya parte de la familia de Dios, quien se ha revelado como Trinidad de amor. Compartimos su naturaleza divina por medio de la recepción de su Cuerpo y Sangre (cfr. 2 Pe 1,14) Ese es el sentido de las tres celebraciones que coronan el tiempo pascual : Pentecostés, la Solemnidad de la Santísima Trinidad y Corpus Christi.

Estas fiestas deben recordarnos, en lo más íntimo de nuestro corazón, cuán profundamente nos ama Dios ; y cómo El nos escogió desde antes de la fundación del mundo para ser Sus hijos (cfr. Ef 1, 4-5).

Las lecturas de este domingo nos muestran que todas las palabras y obras de Dios estaban encaminadas a revelar el misterio de la Santísima Trinidad y a traernos su bendición en Jesucristo, la cual heredamos por el bautismo y renovamos en cada Eucaristía.

Mediante su palabra, el Señor llenó los cielos y la tierra de su divina bondad, como cantamos en el salmo de hoy. Movido por el amor, Dios escogió a Abraham, y de sus descendientes constituyó a su propio pueblo, como recuerda Moisés en la primera lectura (cfr. Dt 4, 20-37) A través de los Israelitas, Él reveló a las naciones que es el Único Señor.

La Palabra de Dios se encarnó en Jesús, «hijo de Abraham» (Mt 1,1). Él nos enseña, en el Evangelio de este domingo, que el único Dios es Padre, Hijo y Espíritu y que desea hacer suyos a todos los pueblos.

Como hizo con Israel al sacarlo de Egipto, Dios nos liberó de la esclavitud; eso es lo que San Pablo nos dice en la epístola de hoy. Así como adoptó a los israelitas como hijos, (cfr. Rm 9, 4), ahora nos da su Espíritu, gracias al cual podemos reconocerlo como «Padre nuestro».

Como herederos de Dios, hoy asumimos los compromisos de Moisés y Jesús. Debemos poner nuestros corazones en Él y hacer todo lo que nos ha mandado. La Eucaristía es el cumplimiento de su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo; es la garantía de que Él nos librará de la muerte para vivir por siempre en la tierra prometida de su Reino.

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Lecturas:
Hechos 2,1-11
Salmo 104,1, 24, 29-31, 34
1 Corintios 12, 3-7, 12-13
Juan 20,19-23

El don del Espíritu Santo al nuevo Pueblo de Dios es el acontecimiento que corona el plan de salvación del Padre.

La fiesta judía de Pentecostés convocaba a todos los judíos devotos a Jerusalén, para celebrar su nacimiento como pueblo escogido de Dios, bajo la Ley dada a Moisés en el Sinaí (cfr. Lv 23,15-21; Dt 16, 9-11).

La primera lectura de hoy nos muestra cómo los misterios prefigurados en esa fiesta se cumplen en el momento en que se derrama el Espíritu sobre María y los Apóstoles (cfr.Hch 2,14).

El Espíritu sella la nueva Ley y el nuevo pacto traído por Jesús, escrito no sobre tablas de piedra, sino sobre los corazones de los creyentes, según lo que prometieron los profetas (cfr. Jr 31,31-34; 2 Co 3, 2-8; Rm 8,2).

El Espíritu es revelado como el aliento dador de vida del Padre, la Voluntad por medio de la cual Él hizo todas las cosas, como nos dice el salmo de hoy.

En el principio, el Espíritu era “viento de Dios” que “aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1,2). Y en la nueva creación de Pentecostés, ese mismo Espíritu viene como un “viento fuerte, impetuoso” para renovar la faz de la tierra.

Así como Dios modeló al primer hombre a partir del barro y lo llenó con su Espíritu (cfr. Gn 2,7), en el Evangelio de hoy vemos al Nuevo Adán que comparte el Espíritu vivificador, soplando sobre los apóstoles y dándoles nueva vida (cfr. 1 Co 15, 45.47).

Como río de agua viva para todas las generaciones, Él derramará su Espíritu mediante su Cuerpo, la Iglesia, como nos dice la epístola de hoy (ver también Jn 7, 37-39).

Recibimos ese Espíritu en los sacramentos; por el Bautismo somos hechos una “nueva creación” (cfr. 2 Co 5,17; Ga 6, 15).

Alimentándonos del único Espíritu en la Eucaristía (cfr. 1 Co 10, 4), somos los primeros frutos de una nueva humanidad, nacida de cada nación que existe bajo el cielo, sin distinciones de lengua, raza o condición social. Somos gente nacida del Espíritu.

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Lecturas:
Hechos 1, 15-17, 20-26
Salmo 103, 1-2, 11-12, 19-20
1 Juan 4, 11-16
Juan 17, 11-19

 

La primera lectura de hoy está enmarcada en los acontecimientos que suceden entre los días después de la Ascensión del Señor y Pentecostés. Estamos en el mismo punto en el calendario litúrgico. Este jueves celebramos la Ascensión del Señor en gloria y el otro domingo celebraremos el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia.

La oración de Jesús que escuchamos en el evangelio expresa sentimientos de despedida y a la vez de espera de Pentecostés. Nos dice cómo serán las cosas cuando él ya no esté físicamente entre nosotros.

Por su Ascensión, el Señor está sentado en su trono en el Cielo, como menciona el salmo responsorial. Su Reino, la Iglesia, continúa su misión en la tierra.

Jesús ha configurado su Reino como una Nueva Jerusalén y como una nueva casa de David (cfr. S 122,4-5; Ap 21, 9-14). Él entregó este reino a los apóstoles, quienes presidirán la mesa Eucarística y que “juzgarán a las doce tribus de Israel” (Cfr. Lc 22, 29-30).

Los doce apóstoles simbolizan las doce tribus y, por tanto, cumplen el plan de Dios para Israel (Cfr. Ga 6,16). Por esto era imprescindible sustituir a Judas Iscariote, de modo que la Iglesia en plenitude recibiera el Espíritu Santo en Pentecostés.

El liderazgo de San Pedro es otro elemento clave en la Iglesia, destacado en estas lecturas dominicales. Muestran a Pedro ejerciendo una autoridad incuestionable. Él interpreta las escrituras, él decide como actuar; incluso define la naturaleza del mismo ministerio apostólico.

“A Dios nadie le ha visto nunca” dice la Epístola de este domingo. Sin embargo, a través de la Iglesia fundada sobre los apóstoles, testigos de la resurrección, el mundo conocerá y creerá en el amor de Dios, quien envió a su Hijo para ser Nuestro Salvador.

Por medio de la Iglesia, la promesa de Jesús llega hasta nosotros: Si amamos, Dios estará con nosotros en nuestras pruebas y nos protegerá del Maligno. Con su Palabra de verdad, nos ayudará crecer en santidad, a alcanzar la perfección en el amor.

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Lecturas:
Hechos 3,13-15, 17-19
Salmo 4,2, 4, 7-9
1 Juan 2, 1-5
Lucas 24, 35-48

En el evangelio de hoy, Jesús les enseña a los discípulos cómo interpretar los textos sagrados.

Les comenta que todas las Escrituras lo que hoy nosotros llamamos el Antiguo Testamento se refieren a Él. Les dice que todas las promesas ahí contenidas se han cumplido en su pasión, muerte y resurrección. Y les afirma que estas Escrituras profetizan la misión de la Iglesia – el predicar el perdón de los pecados a todos los pueblos, empezando en Jerusalén.

En la primera y segunda lectura de este día, vemos el inicio de esta misión. Y a los apóstoles interpretando las Escrituras como les enseñó Jesús.

San Pedro en su predicación dice que Dios ha llevado a su cumplimiento lo que había anunciado antes por medio de los profetas. Su discurso está lleno de imágenes del Antiguo Testamento. Evoca a Moisés y al éxodo, en el que Dios se reveló a sí mismo como el Antiguo Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob (véase Éxodo 3,6, 15). Identifica a Jesús como el siervo sufriente de Isaías que has sido glorificado (véase Isaías 2,13).

También Juan ocupa imágenes del Antiguo Testamento para describir a Jesús. Haciendo alusión a los sacrificios de sangre que ofrecieron los sacerdotes de Israel en expiación por los pecados del pueblo, (véase Levítico 16, Hebreos 9-10), dice que Jesús intercede por nosotros ante Dios (véase Romanos 8,34) y que su sangre es un sacrificio de expiación por los pecados del mundo (véase 1 Juan 1,17).

Es notable que las tres lecturas, las Escrituras son interpretadas para servir a la misión de la Iglesia- de revelar la verdad sobre Jesús, llevar al pueblo al arrepentimiento, borrar los pecados, y perfeccionar su amor a Dios.

Así es como nosotros deberíamos escuchar las Escrituras. No solo para conocer más sobre Jesús, sino para experimentarlo personalmente y descubrir el plan que tiene para nuestras vidas.

En la Biblia, la luz de su rostro brilla sobre nosotros, como cantamos en el salmo de hoy. Conocemos las maravillas que ha hecho en la historia. Por eso tenemos la confianza de acudir a Él, sabiendo que nos escucha y nos responde.

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Lecturas:
Hechos 4, 32-35
Salmo 118, 2-4, 13-15, 22-24
1 Juan 5, 1-6
Juan 20, 19-31

Tres veces en el Salmo de hoy gritamos victoriosos, “La misericordia de Dios es eterna.” En verdad hemos conocido el amor eterno de Dios, quien ha venido a nosotros como Salvador. Por la sangre y agua que fluyeron de su costado traspasado (véase Juan 19,34), hemos sido hechos hijos e hijas de Dios, como lo dice la epístola de hoy.

Pero nunca conocimos a Jesús en persona, ni lo escuchamos predicar, ni lo vimos resucitar de entre los muertos. Su palabra de salvación vino a nosotros en la Iglesia- por medio del ministerio de los apóstoles, quienes en el evangelio de hoy son enviados así como Él fue enviado.

Él fue un Espíritu que da vida (véase 1 Corintios 15,45) y llena a sus apóstoles de ese Espíritu. Como escuchamos en la primera lectura de hoy, ellos dieron testimonio de su resurrección con gran poder. Por medio de su testimonio, transmitido a la Iglesia a través de los siglos, sus enseñanzas y tradiciones llegan a nosotros (véase Hechos 2,42).

Encontramos al Señor así como los apóstoles lo encontraron- al partir el pan en el día del Señor (véase Hechos 20,7; 1 Corintios 16,2; Apocalipsis 1,10).

Hay algo litúrgico de la manera en que los acontecimientos del evangelio de hoy se desenvuelven. Es como si Juan nos estuviese demostrando como es que el Señor resucitado viene a nosotros en la liturgia y los sacramentos. Ambas escenas ocurren en un domingo al atardecer. Las puertas están cerradas con seguro pero aun así, Jesús entra misteriosamente. Los saluda, “La paz esté con ustedes,” siendo el saludo de todo mensajero divino (véase Daniel 10,19; Jueces 6,23). Les demuestra pruebas de su presencia física. Y en ambas noches los discípulos responden con alegría al recibir a Jesús como su “Señor”.

Acaso ¿no es esto lo que sucede en cada Misa---donde Nuestro Señor nos habla con su Palabra y nos da a sí mismo en el sacramento de su cuerpo y sangre?

Acerquémonos pues al altar con alegría, sabiendo que cada Eucaristía es el día que Dios ha hecho—cuando la victoria de la Pascua es una maravilla para nuestros ojos.

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Lecturas :
Hechos 10,34.37-43
Salmo 118,1-2.16-17.22-23
Colosenses 3,1-4
Juan 20,1-9

 

El sepulcro estaba vacío. En la obscuridad del amanecer en ese primer domingo de pascua, reinaba la confusión en María Magdalena y los discípulos. Pero al crecer el resplandor del sol pudieron ver el amanecer de una nueva creación.

Al principio, no comprendían lo que decían las Escrituras, según el evangelio de hoy. No sabemos exactamente cuales Escrituras eran las que debiesen comprender. Tal vez era la señal de Jonás, quien sale del vientre del pez al tercer día (véase Jonás 1,17). O quizá la profecía de Oseas de la restauración de Israel después del exilio (véase Oseas 6,2). Tal vez era el salmista quien regocijaba al no lo ser abandonado por Dios a la sepultura (Salmo 16, 9-10).

Cualquiera que fuese la Escritura, al asomarse los discípulos al sepulcro, ellos vieron y creyeron. ¿Qué fue lo que vieron? Los lienzos en el piso y el sepulcro vacío. La piedra removida del sepulcro. Siete veces en nueve versículos escuchamos la palabra “sepulcro.”

¿Qué fue lo que creyeron? Que Dios hizo lo que Jesús dijo que iba a hacer—de resucitarlo al tercer día (véase Marcos 9,31; 10,34).

A lo que vieron y creyeron, dieron testimonio según la primera lectura. El discurso de Pedro es una síntesis de los evangelios—desde el bautismo de Jesús en el Jordán hasta terminar colgado en la cruz (Deuteronomio 21,22-23), y por fin a su resurrección de entre los muertos.

Somos hijos de los apóstoles, nacidos a un mundo nuevo de su testimonio. Nuestras vidas ahora están “escondidas con Cristo en Dios,” como nos dice la epístola de hoy. Así como ellos, nos reunimos en la mañana del primer día de la semana- para celebrar la Eucaristía, la fiesta del sepulcro vacío.

Regocijamos que las piedras han sido removidas también de nuestros sepulcros. Cada uno podemos exclamar como en el Salmo, “No moriré, sino que viviré.” Ellos vieron y creyeron. Y nosotros esperamos el día que se nos ha prometido que vendrá—cuando nosotros también nos “veremos con Él en la gloria.”

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Lecturas:
Isaías 50,4-7
Salmo 22,8-9, 17-20, 23-24
Filipenses 2,6-11
Marcos 14, 1-15, 47

“Ha llegado a su cumplimiento lo que está escrito de mí”, nos dice Jesús en el Evangelio de hoy (cfr. Lc 22,37).

De hecho, hemos alcanzado el clímax del año litúrgico, el punto más elevado de la historia de la salvación, en el que se cumple todo aquello que había sido anticipado y prometido.

Al terminar el extenso Evangelio del día de hoy, la obra de nuestra redención quedará completa. La nueva alianza será escrita con la sangre de su Cuerpo quebrantado que cuelga de la cruz, en el sitio llamado “la Calavera”.

En su Pasión, Jesús es “contado entre los malhechores”, como Isaías lo había predicho (cfr. Is 53,12). Es revelado definitivamente como el Siervo Sufriente anunciado por el profeta; el Mesías tan esperado cuyas palabras de fe y obediencia se escuchan en la primera lectura y el salmo de hoy.

Las burlas y tormentos que escuchamos en estas dos lecturas marcan el paso del Evangelio en que Jesús, que es golpeado y mofado (cfr. Lc 22,63-65; 23,10.11.16), y cuyas manos y pies son taladrados (cfr. Lc 23,33), mientras sus enemigos se juegan sus vestiduras (cfr. Lc 23,34) y es retado tres veces a probar su divinidad librándose del sufrimiento (cfr. Lc 23,35.37.39).

Permanece fiel a la voluntad de Dios hasta el final; no retrocede ante su prueba. Se entrega libremente a sus torturadores, confiado en lo que nos dice la primera lectura de hoy: “el Señor es mi ayuda…no quedaré avergonzado”.

Nosotros, hijos de Adán destinados al pecado y a la muerte, hemos sido liberados para la santidad y la vida mediante la obediencia perfecta de Cristo a la voluntad del Padre (cfr. Rm 5,12-14.17.19; Ef 2,2; 5,6).

Por este motivo Dios lo exaltó. Por eso, en su Nombre tenemos la salvación. Al seguir su ejemplo de obediencia humilde en las pruebas y cruces de nuestras vidas, sabemos que nunca seremos abandonados; y que un día también estaremos con Él en el paraíso (cfr. Lc 23,42).

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Readings:
Jer 31:31–34
Ps 51:3–4, 12–13, 14–15
Heb 5:7–9
Jn 12:20–33

Our readings today are filled with anticipation. The days are coming, Jeremiah prophesies in today’s First Reading. The hour has come, Jesus says in the Gospel. The new covenant that God promised to Jeremiah is made in the “hour” of Jesus—in His Death, Resurrection, and Ascension to the Father’s right hand.

The prophets said this new covenant would return Israel’s exiled tribes from the ends of the world (see Jeremiah 31:1, 3–4, 7–8). Jesus too predicted His passion would gather the dispersed children of God (see John 11:52). But today He promises to draw to himself not only Israelites, but all men and women.

The new covenant is more than a political or national restoration. As we sing in today’s Psalm, it is a universal spiritual restoration. In the “hour” of Jesus, sinners in every nation can return to the Father—to be washed of their guilt and given new hearts to love and serve Him.

In predicting He will be “lifted up,” Jesus isn’t describing only His coming Crucifixion (see John 3:14–15). Isaiah used the same word to tell how the Messiah, after suffering for Israel’s sins, would be raised high and greatly exalted (see Isaiah 52:3). Elsewhere the term describes how kings are elevated above their subjects (see 1 Maccabees 8:13).

Troubled in His agony, Jesus didn’t pray to be saved. Instead, as we hear in today’s Epistle, He offered himself to the Father on the Cross—as a living prayer and supplication. For this, God gave Him dominion over heaven and earth (see Acts 2:33; Philippians 2:9).

Where He has gone we can follow—if we let Him lead us. To follow Jesus means hating our lives of sin and selfishness. It means trusting in the Father’s will, the law He has written in our hearts.

Jesus’ “hour” continues in the Eucharist, where we join our sacrifices to His, giving God our lives in reverence and obedience—confident He will raise us up to bear fruits of holiness.

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Lecturas:
Jeremías 31, 31-34
Salmo 51, 3-4, 12-15
Hebreos 5, 7-9
Juan 12, 20-33

Las lecturas este domingo están llenas de expectativas. “Los días que vienen…”, dice el profeta Jeremías en la primera lectura. “La hora ha venido” dice Jesús en el Evangelio. La Nueva Alianza que Dios prometió a Jeremías se cumple en la “hora” de Jesús: en su muerte, resurrección, y ascensión a la derecha del Padre.

Los profetas predijeron que con esta Nueva Alianza regresarían, de todos los rincones de la tierra, las exiliadas tribus de Israel (cfr. Je 31,1.3.4.7.8). Jesús profetizó también que su Pasión reuniría a los hijos dispersos de Dios (Jn 11,52). Sin embargo, en el Evangelio de este domingo Jesús promete que atraerá hacia Sí no sólo a los israelitas, sino a todos los hombres y mujeres (Jn 12, 32).

La Nueva Alianza es mucho más que una reivindicación política o nacional. Como cantamos en el salmo, es una restauración espiritual universal. En la “hora” de Jesús, los pecadores de todas la naciones pueden regresar al Padre para ser lavados de su culpa y recibir corazones nuevos para amarle y servirle.

Jesús, al decir que será “levantado”, no está aludiendo solamente a su crucifixión ya próxima (cfr. Jn 3,14-15). Isaías usa la misma expresión para describir cómo el Mesías, después de sufrir por los pecados de Israel, sería levantado y grandemente exaltado (Is 52,2). En otra parte, el término se refiere a cómo como los reyes serían elevados sobre sus súbditos (cfr. 1M 8,13).

Jesús, durante su agonía, no oró para ser salvado. Más bien, según leemos en la epístola de este domingo, se ofreció a sí mismo al Padre en la cruz como súplica viviente. Por ello, Dios le dio potestad sobre el cielo y la tierra (Hch 2,33; Flp 2,9).

A donde ha ido podemos seguirle, si nos dejamos guiar por Él. Seguir a Jesús significa odiar el pecado y el egoísmo presentes en nuestra vida. Quiere decir confiar en la voluntad del Padre: en la ley que Él ha escrito en nuestros corazones.

La “hora” de Jesús continúa en la Eucaristía, donde unimos nuestros sacrificios al Suyo, entregando nuestras vidas a Dios como acto de reverencia y obediencia, confiando en que él nos elevará para que demos frutos de santidad.

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Lecturas:
2 Crónicas 36,14-17, 19-23;
Salmo 137,1-6;
Efesios 2,4-10;
Juan 3,14-21

Las lecturas dominicales del tiempo cuaresmal nos han mostrado los momentos fundamentales de la historia de salvación: La alianza de Dios con la creación en el tiempo de Noé; la promesa que hizo a Abraham, la Ley que Él dio a Israel en el Sinaí.

En la primera lectura de este domingo, se nos habla de la destrucción del reino establecido en la última alianza del Antiguo Testamento, la de Dios con el rey David (cf. 2S 7; Sal 89,3).

El pueblo escogido por Dios abandonó la Ley que Él le había dado. Por sus pecados, el Templo de Salomón fue destruido y el pueblo exiliado a Babilonia.

Escuchamos su tristeza y arrepentimiento en la lamentación sobre el exilio que entonamos en el salmo.

Pero escuchamos cómo Dios, en su misericordia, reúne a su pueblo nuevamente, unge a un rey pagano para pastorearlo y reconstruye el Templo (cf. Is 44,28-45,1.4).

Sí, Dios es rico en misericordia, como enseña la epístola a los Efesios. Había prometido que el reino de David duraría para siempre, que el hijo de David sería su Hijo y gobernaría las naciones (cf. 2 S 7,14-15; Sal 2, 7-9).

En Jesús, Dios cumplió esta promesa (cf. Ap 22,16).

Moisés levantó una serpiente como signo de salvación (cf. Sb 16,6-7; Nm 21,9). Hoy Jesús es levantado en la cruz para atraer a todos hacia Él. (cf. Jn 12,32).

Los que se niegan a creer en este signo de amor del Padre se condenan a sí mismos, como les sucedió a los Israelitas en su infidelidad.

Pero Dios no dejó a Israel en el exilio y no quiere dejar a ninguno de nosotros morir en sus pecados. Somos la obra de su mano y hemos sido salvados para vivir en la luz de su verdad.

Cuando hemos llegado a la mitad de este camino de arrepentimiento cuaresmal, miremos “al que traspasaron” (Jn 19,37) y dediquémonos de nuevo a vivir las buenas obras que el Señor nos ha llamado a hacer.

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Lecturas:
Éxodo 20,1-17
Salmo 19, 8-11
1 Corintios 1, 22-25
Juan 2, 13-25

Jesús no viene para destruir la tradición que el Templo representa, sino para “darle cumplimiento” (cf. Mt 5,17); es decir, para revelar su verdadero significado dentro del plan de salvación de Dios.

El es el Señor de quien los profetas dijeron que vendría a purificar el Templo, echando afuera a los comerciantes y haciéndolo “casa de oración para todos los pueblos” (cf. Za 14,21; Ml 3,1-5; Is 56,7).

El Dios, que hizo los cielos y la tierra, que sacó a Israel de la esclavitud de Egipto, “no habita en casas fabricadas por manos humanas” (cf. Hch 7,48; 2S 7,6). Ni necesita sacrificios de novillos, ni ovejas ni palomas (cf. Sal 50,7-13).

En la primera lectura de este domingo es importante constatar que, en un principio, Dios no pedía sacrificios de animales, sino solo que Israel obedeciera sus mandamientos (cf. Jr 7,21-23; Am 5, 25).

Su ley fue un regalo de la sabiduría divina, como cantamos en el salmo. Es una Ley de Amor (cf. Mt 22, 36-40), expresada perfectamente en la entrega que Cristo hizo de sí mismo en la cruz (cf. Jn 15,13).

Este es el “signo” que Jesús ofrece en el evangelio: signo que fue “escándalo” para los líderes de los judíos, como dice San Pablo en la epístola.

El cuerpo de Jesús, destruido en la cruz y resucitado tres días después, es el Nuevo y verdadero Santuario. Desde el templo de su cuerpo salen ríos de agua viva, el Espíritu de gracia que hace de cada uno de nosotros un templo (cf. 1 Co 3,16) y nos constituye en morada de Dios (cf. Ef 2, 22).

Nosotros, en la Eucaristía, participamos en el ofrecimiento de su Cuerpo y Sangre. Este es el culto “en espíritu y verdad” que desea el Padre (cf. Jn 4, 23-24).

La alabanza es nuestro mejor sacrificio (cf. Sal 50,14.23). Esto consiste en imitar a Cristo “ofreciendo nuestros cuerpos”; es decir, todas nuestras intenciones y acciones por amor a Dios y al prójimo (Hb 10,5-7; Rom 12,1; 1P 2,5).

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Lecturas:
Génesis 22,1-2, 9-13, 15-18;
Salmo 116,10, 15-19;
Romanos 8, 31-34;
Marcos 9, 2-10

El tiempo de cuaresma continúa con otra narración sobre una prueba. El domingo pasado leímos las tentaciones de Jesús en el desierto.

La primera lectura de este domingo habla sobre la prueba de Abraham. La Iglesia siempre ha visto en esta historia un signo del amor de Dios, que “entregó a su Hijo único” (cf. Jn 3,16).

En la epístola, San Pablo menciona que Dios, como Abraham (cf, Gn 22,16) “no perdonó a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32).

El evangelio retoma esa figura. Jesús es llamado “el Hijo Amado” de Dios, así como Isaac es descrito como el amado hijo único de Abraham (cf. Gn 22, 2)

Estas lecturas se nos dan en la cuaresma para revelarnos la identidad de Cristo y para fortalecernos frente a nuestras tribulaciones.

Jesús es mostrado como el verdadero hijo, al que Abraham se regocijó en contemplar (cf. Mt 1,1; Jn 8, 56).

En su transfiguración, Jesús manifiesta ser “el profeta como Moisés” prometido por Dios — suscitado de entre el Pueblo de Dios -- que habla con la autoridad del mismo Señor (cf. Dt 18,15.19).

Como Moisés, Jesús también sube a la montaña con tres amigos, cuyos nombres hallamos en el texto y ve la gloria de Dios en una nube (cf. Ex 24,1.9.15).

Jesús es El que fue profetizado, El que habría de venir después del regreso de Elías (cf. Si 48, 9-10; Ml 3,1, 23-24).

Además, como Él mismo lo revela a sus apóstoles, Jesús es el Hijo del Hombre enviado a sufrir y morir por nuestros pecados (cf. Is 53,3).

Como cantamos en el salmo de este domingo, Jesús creyó aún en el momento de su aflicción y Dios lo liberó de los lazos de la muerte (cf. Sal 116, 3).

Su resurrección debe darnos el valor para enfrentar nuestras pruebas y ofrecernos totalmente al Padre, como lo hizo El y como lo hicieron Abraham e Isaac.

Liberados de la muerte por Su muerte, hemos venido a esta Misa a ofrecer un sacrificio de acción de gracias y a renovar nuestras promesas como sus siervos fieles.

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Readings:
Gn 9:8–15
Ps 25:4–9
1 Pt 3:18–22
Mk 1:12–15

Lent bids us to return to the innocence of baptism. As Noah and his family were saved through the waters of the deluge, we were saved through the waters of baptism, Peter reminds us in today’s Epistle.

And God’s covenant with Noah in today’s First Reading marked the start of a new world. But it also prefigured a new and greater covenant between God and His creation (see Hosea 2:20; Isaiah 11:1–9).

We see that new covenant and that new creation begin in today’s Gospel.

Jesus is portrayed as the new Adam—the beloved son of God (see Mark 1:11; Luke 3:38), living in harmony with the wild beasts (see Genesis 2:19–20), being served by angels (see Ezekiel 28:12–14).

Like Adam, He too is tempted by the devil. But while Adam fell, giving reign to sin and death (see Romans 5:12–14, 17–20), Jesus is victorious.

This is the good news, the “gospel of God” that He proclaims. Through His death, resurrection, and enthronement at the right hand of the Father, the world is once again made God’s kingdom.

In the waters of baptism, each of us entered the kingdom of His beloved Son (see Colossians 1:13–14). We were made children of God, new creations (see 2 Corinthians 5:7; Galatians 4:3–7).

But like Jesus, and Israel before Him, we have passed through the baptismal waters only to be driven into the wilderness—a world filled with afflictions and tests of our faithfulness (see 1 Corinthians 10:1–4, 9,13; Deuteronomy 8:2,16).

We are led on this journey by Jesus. He is the Savior—the way and the truth we sing of in today’s Psalm (see John 14:6). He feeds us with the bread of angels (see Psalm 78:25; Wisdom 16:20), and cleanses our consciences in the sacrament of reconciliation.

As we begin this holy season, let us renew our baptismal vows—to repent and believe the gospel.

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Lecturas:
Génesis 9, 8-15;
Salmo 25, 4-9;
1 Pedro 3, 18-22;
Marcos 1, 12-15

La cuaresma nos invita a regresar a la inocencia del bautismo.

En la epístola de este domingo, San Pedro nos recuerda que, así como Noé y su familia fueron preservados de las aguas del diluvio, también nosotros somos salvados por las aguas del bautismo.

El pacto de Dios con Noé, que leemos en la primera lectura, marcó el inicio de un nuevo mundo; más aún, prefiguró una nueva y más importante alianza entre el Creador y su creación (cf. Os 2,20; Is 11,1-9).

En el evangelio podemos ver el comienzo de esta Nueva Alianza y esta nueva creación. Jesús es presentado como el nuevo Adán – el hijo amado de Dios (cf. Mc 1, 11; Lc 3, 38), que vive en armonía con las bestias salvajes y es servido por los ángeles (cf. Gn 2, 19-20; Ez 28, 12-14).

Jesús es tentado por el diablo, al igual que Adán. Sin embargo, a diferencia de éste, que con su caída provocó el dominio del pecado y de la muerte en el mundo (cf. Rm 5,12-14,17-20), Cristo vence a Satanás.

En esto consiste la Buena Nueva, el “evangelio de Dios” que Él proclama. Por su muerte, resurrección y entronización a la diestra del Padre, el mundo se vuelve otra vez reino de Dios.

En las aguas del Bautismo, cada uno de nosotros entró en el reino del Hijo Amado de Dios (cf. Col 1, 13-14). Por medio de él fuimos hechos hijos de Dios, criaturas nuevas (cf. 2 Co 5,7; Ga 4, 3-7).

Sin embargo, como Jesús, e Israel antes que Él, hemos sido bautizados sólo para ser conducidos al desierto: a un mundo lleno de aflicciones y pruebas para nuestra fidelidad (cf. 1 Co 10,1-4,9,13; Dt 8, 2,16).

En esta peregrinación – purificación Jesús es nuestro guía. Él es el Salvador, el Camino y la Verdad que cantamos en el salmo de este domingo (cf. Jn 14,6).

Nos da el pan de los ángeles (cf. Sal 78,25; Sb 16,20) y lava nuestras culpas en el sacramento de reconciliación. Por tanto, comencemos este tiempo santo renovando nuestros votos bautismales arrepintiéndonos y creyendo el evangelio.

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Readings:
Lv 13:1–2, 44–46
Ps 32:1–2, 5, 11
1 Cor 10:31–11:1
Mk 1:40–45

In the Old Testament, leprosy is depicted as punishment for disobedience of God’s commands (see Numbers 12:12–15; 2 Kings 5:27; 15:5).

Considered “unclean”—unfit to worship or live with the Israelites, lepers are considered “stillborn,” the living dead (see Numbers 12:12). Indeed, the requirements imposed on lepers in today’s First Reading—rent garments, shaven head, covered beard—are signs of death, penance, and mourning (see Leviticus 10:6; Ezekiel 24:17).

So there’s more to the story in today’s Gospel than a miraculous healing.

When Elisha, invoking God’s name, healed the leper, Naaman, it proved there was a prophet in Israel (see 2 Kings 5:8). Today’s healing reveals Jesus as far more than a great prophet—He is God visiting His people (see Luke 7:16).

Only God can cure leprosy and cleanse from sin (see 2 Kings 5:7); and only God has the power to bring about what He wills (see Isaiah 55:11; Wisdom 12:18).

The Gospel scene has an almost sacramental quality about it.

Jesus stretches out His hand—as God, by His outstretched arm, performed mighty deeds to save the Israelites (see Exodus 14:6; Acts 4:30). His ritual sign is accompanied by a divine word (“Be made clean”). And, like God’s word in creation (“Let there be”), Jesus’ word “does” what He commands (see Psalm 33:9).

The same thing happens when we show ourselves to the priest in the sacrament of penance. On our knees like the leper, we confess our sins to the Lord, as we sing in today’s Psalm. And through the outstretched arm and divine word spoken by His priest, the Lord takes away the guilt of our sin.

Like the leper we should rejoice in the Lord and spread the good news of His mercy. We should testify to our healing by living changed lives. As Paul says in today’s Epistle, we should do even the littlest things for the glory of God and that others may be saved.

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Readings:
Jb 7:1–4, 6–7
Ps 147:1–6
1 Cor 9:16–19, 22–23
Mk 1:29–39

In today’s First Reading, Job describes the futility of life before Christ.

His lament reminds us of the curse of toil and death placed upon Adam following his original sin (see Genesis 3:17–19). Men and women are like slaves seeking shade, unable to find rest. Their lives are like the wind that comes and goes.

But, as we sing in today’s Psalm, He who created the stars promised to heal the brokenhearted and gather those lost in exile from Him (see Isaiah 11:12; 61:1). We see this promise fulfilled in today’s Gospel.

Simon’s mother-in-law is like Job’s toiling, hopeless humanity. She is laid low by affliction but too weak to save herself.

But as God promised to take His chosen people by the hand (see Isaiah 42:6), Jesus grasps her by the hand and helps her up. The word translated “help” is actually Greek for raising up. The same verb is used when Jesus commands a dead girl to arise (see Mark 5:41–42). It’s used again to describe His own resurrection (see Mark 14:28; 16:7).

What Jesus has done for Simon’s mother-in-law, He has done for all humanity— raised all of us who lay dead through our sins (see Ephesians 2:5).

Notice all the words of totality and completeness in the Gospel. The whole town gathers; all the sick are brought to Him. He drives out demons in the whole of Galilee. Everyone is looking for Christ.

We too have found Him. By our baptism, He healed and raised us to live in His presence (see Hosea 6:1–2).

Like Simon’s mother-in-law, there is only one way we can thank Him for the new life He has given us. We must rise to serve Him and His gospel.

Our lives must be our thanksgiving, as Paul describes in today’s Epistle. We must tell everyone the good news, the purpose for which Jesus has come—that others, too, may have a share in this salvation.

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Readings:
Dt 18:15–20
Ps 95:1–2, 6–9
1 Cor 7:32–35
Mk 1:21–28

Last week, Jesus announced the kingdom of God is at hand. This week, in mighty words and deeds, He exercises His dominion—asserting royal authority over the ruler of this world, Satan (see John 12:31).

Notice that today’s events take place on the sabbath. The sabbath was to be an everlasting sign—both of God’s covenant love for His creation (see Exodus 20:8–11; 31:12–17), and His deliverance of his covenant people, Israel, from slavery (see Deuteronomy 6:12–15).

On this sabbath, Jesus signals a new creation—that the Holy One has come to purify His people and deliver the world from evil.

“With an unclean spirit” is biblical language for a man possessed by a demon, Satan being the prince of demons (see Mark 3:22).

The demons’ question: “What have you to do with us?” is often used in Old Testament scenes of combat and judgment (see Judges 11:12; 1 Kings 17:18).

And as God by His word “rebuked” the forces of chaos in creating the world (see Psalms 104:7; Job 26:10–12), and again rebuked the Red Sea so the Israelites could make their exodus (see Psalms 106:9), Mark uses the same word to describe Jesus rebuking the demons (see Mark 4:39; Zechariah 3:2).

Jesus is the prophet foretold by Moses in today’s First Reading (see Acts 3:22). Though He has authority over heaven and earth (see Daniel 7:14,27; Revelation 12:10), He becomes one of our own kinsmen.

He comes to rebuke the forces of evil and chaos—not only in the world, but in our lives. He wants to make us holy in body and spirit, as Paul says in today’s Epistle (see Exodus 31:12).

In this liturgy, we hear His voice and “see” His works, as we sing in today’s Psalm. And as Moses tells us today, we should listen to Him.

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Lecturas:
Jonás 3:1-5, 10
Salmo 25:4-9
1Corintos 7:29-31
Marcos 1:14-20

La llamada de los hermanos en el evangelio de hoy nos hace recordar la comisión que Eliseo recibió del profeta Elías (cfr. 1 Reyes 19:19-21).

Así como Elías encuentra a Eliseo trabajando en la hacienda de sus papas, Jesús ve a los hermanos trabajando a orillas del mar. Y como Eliseo dejó a su padre y a su madre para seguir a Elías, así los apóstoles dejaron a su padre para seguir a Jesús.

La promesa de Jesús, a hacerlos “pescadores de hombres” hace eco de las esperanzas más profundas de Israel. El profeta Jeremías anunció un nuevo éxodo en el cual Dios mandaría “muchos pescadores” para repatriar a los israelitas exilados, como cuando El mismo los liberó de la esclavitud en Egipto.

Jesús, por medio de su cruz y resurrección, ha iniciado este nuevo éxodo. Y los apóstoles son las primicias de un nuevo pueblo de Dios, la Iglesia—una nueva familia, basada no en lazos de sangre sino en creer en Jesús y en el deseo de hacer la voluntad del Padre (cfr. Juan 1:12-13; Mateo 12:46-50).

De ahora en más, dice San Pablo en la epístola de este domingo, hasta nuestras más importantes preocupaciones mundanas- relaciones familiares, trabajos, y posesiones, deben serán juzgadas a la luz del evangelio.

La primera palabra del evangelio de Jesús: “Arrepiéntanse” quiere decir que necesitamos cambiar totalmente nuestra manera de pensar y vivir, renunciar al mal y hacer todo por amor a Dios.

El arrepentimiento de Nínive, que escuchamos en la primera lectura de hoy, debiera servirnos de consuelo. Aún la pervertida Nínive fue capaz de arrepentirse por medio de la prédica de Jonás).

En Jesús tenemos a uno más grande que Jonás (cfr. Mateo 12:41). Dios mismo ha venido a salvarnos, a enseñar su camino a los pecadores, como cantamos en el salmo de hoy. Esto debería darnos esperanza—nuestros seres queridos, que están en este momento alejados de Dios, si tornan a El, encontrarán su compasión.

Y por supuesto, nosotros también tenemos que perseverar en el camino del arrepentimiento, esforzándonos diariamente a modelar nuestras vidas siguiendo el ejemplo de Jesús.

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Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Salmo 72, 1-12,7-8, 10-13
Efesios 3, 2-3,5-6
Mateo 2, 1-12

Una “epifanía” es una manifestación. Las lecturas de este domingo, donde vemos estrellas que se alzan, luces es¬plendorosas y misterios revelados, nos presentan también el rostro del Niño que nació el día de Navidad.

En el Evangelio, Herodes pregunta a los jefes de los sumos sacerdotes y escribas dónde ha de nacer el Mesías. La respuesta que Mateo pone en sus labios dice mucho más, ya que combina dos promesas del Antiguo Testamento: una de ellas revela que el Mesías será descendiente de David (cfr. 2 S 5,2); la otra, predice la llegada de un “gobernador de Israel”, que “apacentará su rebaño” y cuya majestad alcanzará “hasta los confines de la tierra” (Mi 5, 1-3).

Esas promesas, referentes a un rey de Israel que gobierna las naciones, resuenan también en el Salmo de este domingo (que celebra al hijo de David, Salomón). Su reino, cantamos, alcanzará los confines de la tierra; y los reyes de la tierra le rendirán homenaje. Esa es la escena que presenta también la primera lectura, en la que los pueblos que vienen del este presentan oro e incienso al rey de Israel.

La peregrinación de los Magos que nos describe el Evangelio del domingo, marca el cumplimiento de las promesas de Dios. Éstos, probablemente astrólogos persas, siguen la estrella que, según predijo Balaam, se alzaría como un cetro sobre la casa de Jacob (cfr. Nm 24, 17).

Su viaje, cargados de oro y perfumes, evoca el que hicieron la reina de Sabá y los “reyes de la tierra” en pos de Salomón (cfr. 1 R 10, 2.25; 2 Cr 9,24). Es interesente observar que las únicas citas bíblicas donde se mencionan juntos el incienso y la mirra, se encuentran en el Cantar de los Cantares, un libro que refiere a Salomón (cfr. Ct 3,6; 4,6.14).

Alguien más grande que Salomón está aquí (cfr. Lc 11,31). Ha venido a revelar que todas las personas son coherederas de la familia real de Israel, como enseña la epístola de este domingo.

La manifestación de Cristo nos fuerza a tomar una decisión: ¿Seguiremos las señales que nos guían hacia Él, como lo hicieron los Magos? ¿O seremos como esos sacerdotes y escribas, que dejaron que las palabras de Dios se volvieran letras muertas entre pergaminos antiguos?

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Lecturas:
1 Samuel 3, 3-10.19
Salmo 40, 2.4.7-10
1 Corintios 6, 3-15.17-20
Juan 1,35-42

En las llamadas de Samuel y del prim¬ero de los Apóstoles, las lecturas de este domingo nos dan luz sobre nues¬tra propia vocación de seguidores de Cristo.

En el Evangelio, hay que notar que los discípulos de Juan están preparados para escuchar la llamada de Dios. Ellos ya están buscando al Mesías, por lo tanto confían en la palabra de Juan y le comprenden cuando él les señala al Cordero de Dios que pasa a su lado.

También Samuel está a la espera del Señor: duerme cerca del Arca de la Alianza, donde mora la gloria de Dios, y recibe instrucción de Elí, el sumo sacerdote

Samuel escuchó la palabra de Dios y el Señor estaba con él. Y Samuel, por su palabra, convirtió a todo Israel al Señor (cf. 1S 3,21; 7,2-3). También los discípulos escucharon y siguieron las palabras que escuchamos continuamente en el Evangelio dominical. Ellos permanecieron con el Señor y por su testimonio, otros se acercaron a Él.

Estos pasajes de la historia de la salvación deberían darnos la fuerza necesaria para que abracemos la voluntad de Dios y sigamos su llamado en nuestras vidas.

Dios está llamando constante¬mente a cada uno de nosotros: lo llama por su nombre, personalmente (cf. Is 43,1; Jn 10,3). Quiere que lo busquemos por amor, que anhelemos su Palabra (cf. Sb 6,11-12). Como lo hicieron los apóstoles, debemos desear siempre estar donde el Señor está; para buscar su rostro constantemente.

Como nos dice San Pablo en la epístola del domingo, no somos dueños de nosotros mismos pues pertenecemos al Señor.

Debemos abrir nuestros oídos a la obediencia y escribir su Palabra en nuestro corazón. Hemos de confiar en la promesa del Señor: si venimos a Él con fe, Él será misericordioso con nosotros (cf. Jn 15,14; 14,21-23) y nos levantará con su poder. Y nosotros debemos reflejar en nuestras vidas el amor que nos ha mostrado, para que también otros puedan encontrar al Mesías.

Mientras renovamos las promesas de nuestro discipulado en esta Eucaristía, acerquémonos al altar entonando el nuevo canto del salmo dominical: “Aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad”.

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Lecturas:
Sirácida 3,2-6.12-14
Salmo 128, 1-5
Colosenses 3,12-21
Lucas 2, 22-40

¿Porqué Jesús escoge ser el bebé de una madre y un padre, y pasar casi toda su vida –excepto sus últimos años- en una familia humana ordinaria? En parte, para revelar el plan de Dios, de que todos vivan como una “familia santa” en su Iglesia (cf. 2Co 6,16-18). En la Sagrada Familia de Jesús, María y José, Dios revela nuestro verdadero hogar. Tenemos que vivir como sus hijos, “elegidos, santos y queridos,” como dice la Segunda Lectura.

Los consejos familiares que escuchamos en las lecturas de esta semana –para madres, padres e hijos- son todos prácticos y formales. Los hogares felices son fruto de nuestra fidelidad al Señor, cantamos en el salmo de hoy.

Pero la Liturgia nos invita a más: a ver que al cumplir nuestras obligaciones y relaciones familiares, nuestras familias se convierten en heraldos de la familia de Dios; esa que Él quiere crear en la tierra.

Eso es lo que observamos en el Evangelio del domingo. Es notorio que José y María no son identificados por su nombre, pero son llamados “sus padres” y también se hace referencia a ellos por separado como su “madre” y su “padre”. Se pone énfasis en los lazos familiares que los unen al “niño Jesús”.

Como el varón primogénito de su familia, Jesús es consagrado al Señor. Pero además es el Primogénito de la creación, el primogénito resucitado de entre los muertos, el predestinado a ser el primogénito de muchos hermanos (cf. Col 1,15; Rm 8,29). Por Él, por su sagrada familia, todas las familias del mundo serán bendecidas (cf. Ef 3,15).

También es significativo que toda la escena descrita tiene lugar en el Templo. El Templo, leemos ahí, es la casa de Dios, su morada (cf. Lc 19,46). Pero también es imagen de la familia de Dios: la Iglesia (cf. Ef 2,19-22; Hb 3,3-6; 10,21).

En nuestras familias hemos de construir este hogar, esta familia, este templo vivo de Dios. Hasta que Él nos revele su nueva morada entre nosotros y diga de cada persona: “Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí” (Ap 21,3.7).

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Readings:
Sirach 3:2-6,12-14
Psalm 128:1-2, 3, 4-5
Colossians 3:12-21
Luke 2:22-40

Why did Jesus choose to become a baby born of a mother and father and to spend all but His last years living in an ordinary human family? In part, to reveal God's plan to make all people live as one “holy family” in His Church (see 2 Corinthians 6:16-18).

In the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph, God reveals our true home. We're to live as His children, “chosen ones, holy and beloved,” as the First Reading puts it.

The family advice we hear in today's readings – for mothers, fathers and children – is all solid and practical. Happy homes are the fruit of our faithfulness to the Lord, we sing in today's Psalm. But the Liturgy is inviting us to see more, to see how, through our family obligations and relationships, our families become heralds of the family of God that He wants to create on earth.

Jesus shows us this in today's Gospel. His obedience to His earthly parents flows directly from His obedience to the will of His heavenly Father. Joseph and Mary aren't identified by name, but three times are called “his parents” and are referred to separately as his “mother” and “father.” The emphasis is all on their “familial” ties to Jesus. But these ties are emphasized only so that Jesus, in the first words He speaks in Luke's Gospel, can point us beyond that earthly relationship to the Fatherhood of God.

In what Jesus calls “My Father's house,” every family finds its true meaning and purpose (see Ephesians 3:15). The Temple we read about in the Gospel today is God's house, His dwelling (see Luke 19:46). But it's also an image of the family of God, the Church (see Ephesians 2:19-22; Hebrews 3:3-6; 10:21).

In our families we're to build up this household, this family, this living temple of God. Until He reveals His new dwelling among us, and says of every person: “I shall be his God and he will be My son” (see Revelation 21:3,7).

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Lecturas
2 Samuel 7,1-5.8-11.16
Salmo 89, 2-5.27.29
Romanos 16, 25-27
Lucas 1, 26-38

Lo que se le anuncia a María en el Evangelio de este domingo, es la revelación de todo lo que los profetas habían dicho. Es, como San Pablo declara en la epístola, el misterio mantenido en secreto desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,9; 3,3-9).

María es la virgen de la que se profetizó daría a luz un hijo de la casa de David (cf. Is 7,13-14). Y casi cada palabra de las que le dice hoy el ángel evoca y hace eco de la larga historia de la salvación registrada en la Biblia. María es saludada como la hija de Jerusalén llamada a alegrarse de que su rey, el Señor Dios, ha venido a su interior como salvador poderoso (cf. So 3,14-17).

Aquel que ha de nacer de María será Hijo del “Altísimo”. Éste es un antiguo título divino usado para describir al Dios del sacerdote-rey Melquisedec, quien presentó pan y vino para bendecir a Abraham, en los albores de la historia de la salvación (cf. Gn 14,18-19).

El cumplirá la alianza que Dios hace con su elegido, David, en la primera lectura del domingo. Como cantamos en el salmo, Él reinará por siempre como el mayor de los reyes de la tierra, y llamará a Dios “mi Padre”.

Su reino no tendrá fin, tal y como lo había contemplado Daniel, quien vio al Altísimo dar poder eterno al Hijo del Hombre (cf. Dn 4,14; 7,14). Él ha de gobernar sobre la “casa de Jacob” –título usado por Dios cuando hizo su alianza con Israel en el Sinaí (cf. Ex 19,3) y también al prometer que todas las naciones adorarían al Dios de Jacob (cf. Is 2,1-5).

Jesús se ha dado a conocer, nos dice San Pablo en la primera lectura, para traer todas las naciones a la obediencia de la fe. Nosotros en esta semana, con María, estamos llamados a maravillarnos por todo lo que Dios ha hecho a través de los siglos por nuestra salvación. Y también debemos responder a su anunciación con obediencia humilde, deseando que se haga su voluntad en nuestras vidas, según su Palabra.

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Lecturas:
Isaías 61, 1-2.10-11
Lucas 1, 46-50.53-54
1 Tesalonicenses 5, 16-24
Juan 1, 6-8.19-28

La misteriosa figura de Juan el Bautista, que nos fue presentada en las lecturas de la semana pasada, se nos muestra hoy más claramente a la vista. Como vemos en el evangelio de este domingo, se comprende mejor quién es Juan si se sabe primero quién no es.

Él no es Elías que ha retornado del cielo (cf. 2R 2,11), aún y cuando viste su mismo atuendo (cf. Mc 1,6; 2R 1,8) y predica el arrepentimiento y el juicio (cf. 1R 18,21; 2Cr 21,12-15).

No es Elías en la carne, sin embargo Juan es enviado con el espíritu y poder de Elías para cumplir su misión (cf. Lc 1,17; Ml 3,23-24). Tampoco es el profeta que Moisés predijo, aunque es su pariente y habla la palabra de Dios (cf. Dt 18,15-19; Jn 6,14).

Juan tampoco es el Mesías, aunque ha sido ungido por el Espíritu desde el vientre de su madre (cf. Lc 1,15.44).

Juan prepara el camino del Señor (cf. Is 40,3). Su bautismo es simbólico, no sacramental. Es un signo que se nos da para mover nuestros corazones al arrepentimiento.

Él nos muestra a Aquel sobre quien permanece el Espíritu (cf. Jn 1,32); Aquel que cumple la promesa que escuchamos en la primera lectura del domingo (cf. Lc 4,16-21).
Jesús, por medio de su baño de Espíritu y de regeneración, abre una fuente que purifica Israel y les da a todos un nuevo corazón y un nuevo espíritu (cf. Za 13,1-3; Ez 36,24-27; Mc 1,8; Tt 3,5).

Juan viene a nosotros en las lecturas del Adviento para mostrarnos la luz, de modo que podamos creer en Aquel que viene en Navidad. Como cantamos en el salmo de este domingo, el Poderoso ha venido para levantar a cada uno de nosotros; para colmar nuestra hambre con pan del cielo (cf. Jn 6,33.49-51).

Y como San Pablo exhorta en la epístola, debemos alegrarnos, dar gracias y orar sin cesar para que Dios nos haga perfectamente santos en espíritu, alma y cuerpo. De ese modo estaremos libres de culpa cuando nuestro Señor venga.

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Lecturas:
Isaías 40,1-5. 9-11
Salmo 85, 9-14
2 Pedro 3, 8-14
Marcos 1, 1-8

Nuestro Dios viene. El tiempo del exilio –la prolongada separación de Dios que la humanidad tiene debido al pecado- está a punto de terminar. Esas son las buenas nuevas que proclama la liturgia de este domingo.

En la primera lectura, Isaías promete la futura liberación israelita de la cautividad y el regreso del exilio. Pero como enseña el Evangelio, la liberación histórica de Israel pretendía anunciar un acto salvífico de Dios aún mayor: la venida de Jesús para liberar de las ataduras del pecado a Israel y a todas las naciones, para congregarlas y llevarlas de vuelta a Dios.

Dios mandó un ángel delante de Israel para liderarlo en su éxodo hacia la tierra prometida (cf. Ex 23,20). Y Él prometió enviar a un mensajero de la alianza, Elías, para purificar al pueblo y convertir los corazones al Padre, antes del Día del Señor (cf. Ml 3,1; 23.24).

Juan el Bautista cita esto, así como la profecía de Isaías, para mostrar que toda la historia de Israel apunta a la revelación de Jesús. En Jesús, Dios ha llenado el valle que separaba de Él a la humanidad pecadora. Él ha descendido desde el cielo y ha hecho habitar su gloria en la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo.

Él ha hecho todo esto, no por la humanidad en abstracto, sino por cada uno de nosotros. La extensa historia de la salvación nos ha conducido a esta Eucaristía, en la que Dios nuevamente viene y nuestra salvación está cerca.

Y cada uno de nosotros debe escuchar una llamada personal en las lecturas del domingo. Aquí está su Dios, dice Isaías. Él ha sido paciente con ustedes, dice San Pedro en la epístola.

Como los habitantes de Jerusalén que aparecen en el Evangelio, debemos salir y acudir hacia Él, arrepentirnos de nuestros pecados, de pereza y de auto-indulgencia que hacen de nuestra existencia un desierto. Debemos enderezar nuestras vidas, de modo que todo lo que hagamos nos conduzca hacia Él.

Esta domingo, en la Misa, escuchemos el inicio del Evangelio y comprometámonos a vivir con santidad y devoción.

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Lecturas:
Isaías 63,16-17.19; 64,2–7
Salmo 80, 2-3.15-16.18-19
1 Corintios 1, 3-9
Marcos 13, 33-37

El nuevo año de la Iglesia comienza con una petición de la visita de Dios: “¡Oh, si rasgases los cielos y bajases!”, clama el profeta Isaías en la primera lectura del domingo.

También en el salmo de hoy escuchamos la voz angustiada de Israel, que le implora a Dios mirar abajo desde su trono celestial, para salvar y pastorear a su pueblo.

Las lecturas de esta semana son relativamente breves. Su lenguaje y “mensaje” son aparentemente sencillos. Pero debemos advertir el tono grave y el aspecto penitencial de la Liturgia de hoy, en la que el pueblo de Israel reconoce su pecaminosidad, su fracaso en guardar la alianza de Dios, su incapacidad para salvarse a sí mismo.

Y nosotros, en este tiempo de adviento, también deberíamos ver nuestra propia vida en la experiencia de Israel. Al examinar nuestra conciencia, ¿no encontramos acaso que con frecuencia endurecemos nuestro corazón, rechazamos su ley, nos apartamos de sus caminos, le retenemos nuestro amor?

Dios es fiel, nos recuerda San Pablo en la epístola de esta semana. Él es nuestro Padre. Él ha escuchado el grito de sus hijos y ha descendido del cielo por el bien de Israel y por el nuestro; para rescatarnos de nuestro exilio de Dios, para restaurarnos a su amor.

En Jesús hemos visto al Padre (cf. Jn 14,8-9). El Padre ha hecho brillar su rostro sobre nosotros. Él es el buen pastor (cf. Jn 10, 11-15) venido para guiarnos al reino celestial. No importa qué tan lejos nos hayamos extraviado: Él nos dará una nueva vida si nos volvemos a Él, si apelamos a su santo Nombre, si prometemos de nuevo que nunca nos alejaremos de Él.

Como San Pablo dice esta semana, Él nos ha dado cada don espiritual –sobre todo la Eucaristía y la Penitencia- para fortalecernos mientras esperamos la última venida de Cristo. Él nos mantendrá firmes hasta el final… si se lo permitimos.

Por tanto, en este tiempo de arrepentimiento, debemos prestar atención a la advertencia que nuestro Señor repite tres veces en el Evangelio de esta semana, vigilar, pues no sabemos la hora en que regresará el Señor de la casa.

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Lecturas
Ezequiel 34,11-12.15-17
Salmo 23,1-3.5-6
1 Corintios 15, 20-26. 28
Mateo25, 31-46

Esta semana termina el año litúrgico con una visión del final de los tiempos. La escena descrita por el Evangelio es cruda y en ella resuenan ecos del Antiguo Testamento.

Sunday’s First Reading, judging as a shepherd separates sheep from goats.
El Hijo del Hombre es entronizado sobre todas las naciones y pueblos de toda lengua (cf. Dn 7,13-14). Las naciones han sido reunidas para ver su gloria y recibir su juicio (cf. Is 66,18; So 3,8). El Rey es el pastor divino que Ezequiel prevé en la primera lectura del domingo; Él juzga así como el pastor separa las ovejas de las cabras.

Cada uno de nosotros será juzgado según cómo realice las sencillas obras de misericordia que escuchamos en el Evangelio.

Estas obras, como Jesús explica hoy, son reflejo o medida de nuestro amor a Él; son nuestra fidelidad a su mandamiento de amar a Dios con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22, 36-40).

Nuestra fe está muerta, no tiene vida, a menos de que la expresemos con obras de amor (cf. St 2,20; Ga 5,6). Y no podemos decir que amamos verdaderamente a Dios a quien no vemos, si no amamos a nuestro prójimo, a quien sí vemos (cf. 1Jn 4,20).

El Señor es nuestro pastor, como cantamos en el salmo del domingo. Y hemos de seguir su guía e imitar su ejemplo (cf. 1Co 1,11; Ef 5,1).

Él ha sanado nuestras enfermedades (cf. Lc 6,19), nos ha liberado de la cárcel del pecado y de la muerte (cf. Rm 8,2.21), nos ha dado la bienvenida a nosotros que una vez fuimos extraños a su alianza (cf. Ef 2,12.19). Nos ha revestido en el bautismo (cf. Ap 5,5; 2Co 5, 3-4) y nos alimenta con la comida y la bebida de su propio Cuerpo y Sangre.

“Al final” vendrá de nuevo para entregar su reino a su Padre, como dice San Pablo en la epístola de esta semana.

Luchemos por seguirle en el camino correcto para que su reino sea nuestra heredad; para que podamos entrar en el descanso eterno prometido al pueblo de Dios (cf. Hb 4,1.9-11).

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Lecturas:
Proverbios 31,10-13.19-20.30-31
Salmo 128, 1-5
1 Tesalonicenses 5, 1-6
Mateo 25, 14-30

El día del Señor viene, advierte San Pablo en la epístola del domingo. Lo que importa no es el tiempo o el momento, sino lo que Dios nos encuentre haciendo con la nueva vida y las gracias que Él nos ha dado.

Esto mismo se encuentra en el corazón de la parábola que Cristo narra en el Evangelio de esta semana. Jesús es el Señor. Al morir, resucitar y ascender al cielo, aparentemente se ha ido por largo tiempo.

Por nuestro bautismo, Él nos ha confiado a cada uno de nosotros una porción de su“hacienda”: una participación de su vida divina (cf. 2P 1,4). Nos ha dado talentos y responsabilidades según la medida de nuestra fe (cf. Rm 12,3.8).

Hemos de ser como la loable esposa de la primera lectura, y como la mujer fiel de la que cantamos en el salmo. Como ellas, debemos vivir en el “temor de Dios”: con reverencia, admiración y gratitud por los maravillosos dones que nos ha dado. Ese es el principio de la sabiduría (cf. Hch 9,31; Pr 1,7).

Ese no es el “temor” del siervo inútil que aparece esta semana en la parábola de Jesús. El suyo es el miedo de un esclavo que se empequeñece ante su señor cruel; el miedo de quien rechaza la relación con Dios a la que Él mismo nos llama.

Dios nos ha llamado a ser siervos de confianza, colaboradores suyos (cf. 1Co 3,9) que usen sus talentos para servirse unos a otros y a su Reino, como buenos administradores de su gracia (cf. 1P 4,10).

En ello, cada uno de nosotros tiene un papel diferente que jugar.

Aunque a los siervos buenos de la parábola se les dio diferente cantidad de talentos, cada uno “duplicó” los que se le habían entregado. Y cada uno de ellos mereció la misma recompensa por su fidelidad: compartir la alegría de su señor y tener una mayor responsabilidad a su cargo.

Por tanto, en nuestra Eucaristía, dispongámonos a rendir mucho más de lo que se nos ha dado, haciéndolo todo para la gloria de Dios (cf. 1Co 10,31), para que también nos acerquemos a Él con amor y confianza cuando venga a saldar cuentas con nosotros.

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Readings:
Exodus 22:20-26
Psalm 18:2-4, 47, 51
1 Thessalonians 1:5-10
Matthew 22:34-40

Jesus came not to abolish the Old Testament law but to fulfill it (see Matthew 5:17)

And in today's Gospel, He reveals that love - of God and of neighbor - is the fulfillment of the whole of the law (see Romans 13:8-10).

Devout Israelites were to keep all 613 commands found in the Bible's first five books. Jesus says today that all these, and all the teachings of the prophets, can be summarized by two verses of this law (see Deuteronomy 6:5; Leviticus 19:18).

He seems to summarize the two stone tablets on which God was said to have engraved the ten commandments (see Exodus 32:15-16). The first tablet set out three laws concerning the love of God - such as the command not to take His name in vain; the second contained seven commands regarding love of neighbor, such as those against stealing and adultery.

Love is the hinge that binds the two tablets of the law. For we can't love God, whom we can't see, if we don't love our neighbor, whom we can (see 1 John 4:20-22).

But this love we are called to is far more than simple affection or warm sentiment. We must give ourselves totally to God - loving with our whole beings, with all our heart, soul and mind. Our love for our neighbor must express itself in concrete actions, such as those set out in today's First Reading.

We love because He first loved us (see 1 John 4:19). As we sing in today's Psalm, He has been our deliverer, our strength when we could not possibly defend ourselves against the enemies of sin and death.

We love in thanksgiving for our salvation. And in this become imitators of Jesus, as Paul tells us in today's Epistle - laying down our lives daily in ways large and small, seen and unseen; our lives offered as a continual sacrifice of praise (see John 15:12-13; Hebrews 13:15).

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Lecturas:
Éxodo 22, 20-26
Salmo 18, 2-4.47.51
1 Tesalonicenses 1, 5-10
Mateo 22, 34-40

Jesús no vino a abolir el Antiguo Testamento, sino a cumplirlo (cf. Mt 5,17).

Y Él, en el Evangelio de hoy, revela que en el amor –a Dios y al prójimo- está el cumplimiento de toda la ley (cf. Rm 13,8-10).

Los israelitas devotos habían de cumplir los 613 mandamientos que se encuentran en los primeros cinco libros de la Biblia. Jesús dice hoy que todos ellos, así como la enseñanza de los profetas, se pueden resumir en dos versículos de la Ley (cf. Dt 6,5; Lv 19,18).

Jesús parece así resumir las dos tablas de piedra en las que Dios dejó grabado los diez mandamientos (cf. Ex 32, 15-16). La primera tabla exponía tres leyes concernientes al amor a Dios –como el mandamiento de no tomar su nombre en vano. La segunda contenía siete mandamientos sobre el amor al prójimo, como aquellos sobre el robo y el adulterio.

El amor es la bisagra que une las dos tablas de la ley. Pues no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestro prójimo, a quien sí vemos (cf. 1Jn 4,20-22).

Pero este amor al que estamos llamados es mucho más que un simple afecto o un sentimiento cariñoso. Debemos darnos totalmente a Dios, amando con todo nuestro ser, con todo nuestro corazón, alma y mente. Nuestro amor al prójimo debe expresarse en acciones concretas, como las expuestas en la primera lectura.

Amamos porque Él nos amó primero (cf. Jn 4,19). Como cantamos en el salmo de hoy, Él ha sido nuestro libertador, nuestra fortaleza cuando no podíamos en modo alguno defendernos contra los enemigos del pecado y de la muerte.

Amamos al dar gracias por nuestra salvación. Y en esto nos convertimos en imitadores de Jesús, como San Pablo nos dice en la epístola de hoy, dejando de lado nuestra vida diariamente en lo grande y en lo pequeño, en lo que se ve y en lo oculto, ofreciéndola como continuo sacrificio de alabanza (cf. Jn 15,12-13; Hb 13,14).

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Readings:
Isaiah 45:1,4-6
Psalm 96:1,3-5, 7-10
1 Thessalonians 1:1-5
Matthew 22:15-21

The Lord is king over all the earth, as we sing in today's Psalm. Governments rise and fall by His permission, with no authority but that given from above (see John 19:11; Romans 13:1).

In effect, God says to every ruler what he tells King Cyrus in today's First Reading: "I have called you . . . though you knew me not."

The Lord raised up Cyrus to restore the Israelites from exile, and to rebuild Jerusalem (see Ezra 1:1-4). Throughout salvation history, God has used foreign rulers for the sake of His chosen people. Pharaoh's heart was hardened to reveal God's power (see Romans 9:17). Invading armies were used to punish Israel's sins (see 2 Maccabees 6:7-16).

The Roman occupation during Jesus' time was, in a similar way, a judgment on Israel's unfaithfulness. Jesus' famous words in today's Gospel: "Repay to Caesar" are a pointed reminder of this. And they call us, too, to keep our allegiances straight.

The Lord alone is our king. His kingdom is not of this world (see John 18:36) but it begins here in His Church, which tells of His glory among all peoples. Citizens of heaven (see Philippians 3:20), we are called to be a light to the world (see Matthew 5:14) - working in faith, laboring in love, and enduring in hope, as today's Epistle counsels.

We owe the government a concern for the common good, and obedience to laws - unless they conflict with God's commandments as interpreted by the Church (see Acts 5:29).

But we owe God everything. The coin bears Caesar's image. But we bear God's own image (see Genesis 1:27). We owe Him our very lives - all our heart, mind, soul, and strength, offered as a living sacrifice of love (see Romans 12:1-2).

We should pray for our leaders, that like Cyrus they do God's will (see 1 Timothy 2:1-2) - until from the rising of the sun to its setting, all humanity knows that Jesus is Lord.

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Lecturas:
Isaías 45, 1.4-6
Salmo 96, 1.3-5.7-10
1 Tesalonicenses 1, 1-5
Mateo 22, 15-21

El Señor es el rey de toda la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo. Los gobiernos ascienden y caen con su permiso, y no tienen más autoridad que la que les ha sido dada desde arriba (cf. Jn 19,11; Rm 13,1).

En efecto, Dios le dice a todo gobernante lo que hoy le dice al rey Ciro en la primera lectura: “Te he llamado…aunque no me conocías”.

El Señor ha levantado a Ciro para restablecer a los israelitas desde el exilio, y para reconstruir Jerusalén (cf. Esd 1,1-4). A lo largo de la historia de la salvación, Dios ha utilizado gobernantes extranjeros para bien de su pueblo elegido. El corazón del faraón fue endurecido para revelar el poder de Dios (cf. Rm 9,17). Los ejércitos invasores fueron usados para castigar a Israel por sus pecados (cf. 2 M 6,7-16).

En modo parecido, la ocupación romana que existía en tiempo de Jesús era una sentencia por la falta de fe de Israel. Las famosas palabras de Cristo en el Evangelio de esta semana: “Dar al César lo que es del César” son un recordatorio de ello. Y esas mismas palabras nos llaman, también a nosotros, a mantener firme nuestra lealtad.

Sólo Dios es nuestro rey. Su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36) pero comienza aquí en su Iglesia, que habla de su gloria entre todos los pueblos. Ciudadanos del cielo (cf. Flp 3,20), estamos llamados a ser luz para el mundo (cf. Mt 5,14), activos en la fe, esforzados en el amor y pacientes en la esperanza, como aconseja la epístola de hoy.

A nuestro gobierno le debemos la preocupación por el bien común y la obediencia a las leyes, siempre y cuando no entren en conflicto con los mandamientos de Dios interpretados por la Iglesia (cf. Hch 5,29).

Pero a Dios le debemos todo. La moneda lleva la imagen del César. Pero nosotros llevamos la imagen misma de Dios (cf. Gn 1,27). A Él le debemos nuestras vidas: nuestro corazón, mente, alma y fortaleza ofrecidos como sacrificio vivo de amor (cf. Rm 12,1-2).

Deberíamos rezar por nuestros líderes, que como Ciro hacen la voluntad de Dios (cf. 1Tm 2,1-2), hasta que desde el alba hasta el ocaso, toda la humanidad sepa que Jesús es el Señor.

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Readings:
Isaiah 25:6-10
Psalm 23:1-6
Philippians 4:12-14, 19-20
Matthew 22:1-14

Our Lord's parable in today's Gospel is again a fairly straightforward outline of salvation history.

God is the king (see Matthew 5:35), Jesus the bridegroom (see Matthew 9:15), the feast is the salvation and eternal life that Isaiah prophesies in today's First Reading. The Israelites are those first invited to the feast by God's servants, the prophets (see Isaiah 7:25). For refusing repeated invitations and even killing His prophets, Israel has been punished, its city conquered by foreign armies.

Now, Jesus makes clear, God has sending new servants, His apostles, to call not only Israelites, but all people - good and bad alike - to the feast of His kingdom. This an image of the Church, which Jesus elsewhere compares to a field sown with both wheat and weeds, and a fishing net that catches good fish and bad (see Matthew 13:24-43, 47-50).

We have all been called to this great feast of love in the Church, where, as Isaiah foretold, the veil that once separated the nations from the covenants of Israel has been destroyed, where the dividing wall of enmity has been torn down by the blood of Christ (see Ephesians 2:11-14).

As we sing in today's Psalm, the Lord has led us to this feast, refreshing our souls in the waters of baptism, spreading the table before us in the Eucharist. As Paul tells us in today's Epistle, in the glorious riches of Christ, we will find supplied whatever we need.

And in the rich food of His body, and the choice wine of His blood, we have a foretaste of the eternal banquet in the heavenly Jerusalem, when God will destroy death forever (see Hebrews 12:22-24).

But are we dressed for the feast, clothed in the garment of righteousness (see Revelation 19:8)? Not all who have been called will be chosen for eternal life, Jesus warns. Let us be sure that we're living in a manner worthy of the invitation we've received (see Ephesians 4:1).

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Lecturas:
Isaías 25, 6-10
Salmo 23, 1-6
Filipenses 4,12-14.19-20
Mateo 22,1-14

La parábola que Nuestro Señor nos da en el Evangelio de esta semana es nuevamente un claro compendio de la historia de la salvación.

Dios es el rey (cf. Mt 5,35), Jesús es el novio (cf. Mt 9,15), el banquete es la salvación y la vida eterna que Isaías profetiza en la primera lectura de este domingo. Los israelitas son los primeros que Dios ha invitado por medio de sus siervos, los profetas (cf. Is 7,25). Al rechazar continuamente las invitaciones de Dios, Israel ha sido castigado y su ciudad ha sido conquistada por ejércitos extranjeros.

Ahora, establece claramente Jesús, Dios ha enviado nuevos siervos, sus Apóstoles, para llamar no sólo a los israelitas, sino a todos los pueblos –buenos y malos- al banquete de su reino. Esa es una imagen de la Iglesia, a la que Jesús compara en otras partes con un campo sembrado de trigo y cizaña, o con una red de pesca en la que han caído tanto peces buenos como malos (cf. Mt 13,24-43; 47,50).

Hemos sido llamados a este gran banquete de amor en la Iglesia donde, como Isaías predijo, ha sido destruido el velo que una vez separó a las naciones de las alianzas de Israel; donde el muro divisorio de la enemistad ha sido derrumbado por la sangre de Cristo (cf. Ef 2,11-14).

Como cantamos en el salmo de esta semana, el Señor nos ha guiado a su banquete, ha refrescado nuestras almas con las aguas del bautismo, ha preparado la mesa ante nosotros en la Eucaristía. Como San Pablo nos dice en la epístola, en la espléndida riqueza de Cristo encontraremos satisfacción para cualquiera de nuestras necesidades. Y en el rico alimento de su Cuerpo, y el precioso vino que es su Sangre, pregustamos el banquete eterno de la Jerusalén celestial, en que Dios destruirá la muerte para siempre.

Pero, ¿llevamos un traje adecuado para el banquete?¿Estamos revestidos con prendas de justicia? (cf. Ap 19,8). Jesús advierte que no todos los llamados serán escogidos para la vida eterna. Asegurémonos de vivir en modo digno de la invitación que hemos recibido (cf. Ef 4,1).

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Isaiah 5:1-7
Psalm 80:9, 12-16, 19-20
Philippians 4:6-9
Matthew 21:33-43

In today's Gospel Jesus returns to the Old Testament symbol of the vineyard to teach about Israel, the Church, and the kingdom of God.

And the symbolism of today's First Reading and Psalm is readily understood.

God is the owner and the house of Israel is the vineyard. A cherished vine, Israel was plucked from Egypt and transplanted in a fertile land specially spaded and prepared by God, hedged about by the city walls of Jerusalem, watched over by the towering Temple. But the vineyard produced no good grapes for the wine, a symbol for the holy lives God wanted for His people. So God allowed His vineyard to be overrun by foreign invaders, as Isaiah foresees in the First Reading.

Jesus picks up the story where Isaiah leaves off, even using Isaiah's words to describe the vineyard's wine press, hedge, and watchtower. Israel's religious leaders, the tenants in His parable, have learned nothing from Isaiah or Israel's past. Instead of producing good fruits, they've killed the owner's servants, the prophets sent to gather the harvest of faithful souls.

In a dark foreshadowing of His own crucifixion outside Jerusalem, Jesus says the tenants' final outrage will be to seize the owner's son, and to kill him outside the vineyard walls.

For this, the vineyard, which Jesus calls the kingdom of God, will be taken away and given to new tenants - the leaders of the Church, who will produce its fruit.

We are each a vine in the Lord's vineyard, grafted onto the true vine of Christ (see John 15:1-8), called to bear fruits of the righteousness in Him (see Philippians 1:11), and to be the "first fruits" of a new creation (see James 1:18).

We need to take care that we don't let ourselves be overgrown with the thorns and briers of worldly anxiety. As today's Epistle advises, we need to fill our hearts and minds with noble intentions and virtuous deeds, rejoicing always that the Lord is near.

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Lecturas:
Isaías 5, 1-7
Salmo 80,9.12-16.19-20
Filipenses 4, 6-9
Mateo 21,33-43

Jesús, en el Evangelio de esta semana, utiliza de nuevo el símbolo veterotestamentario de la viña para instruir sobre Israel, la Iglesia y el reino de Dios. Es fácil también comprender el simbolismo de la primera lectura y el salmo.

Dios es el propietario y la casa de Israel es la viña. Como vid apreciada, Israel es arrancada de Egipto y trasplantada en una tierra fértil preparada especialmente por Dios; es cercada por las murallas de Jerusalén y vigilada por el imponente Templo. Pero la viña no produjo uvas buenas para vino, símbolo de las vidas santas que Dios esperaba de su pueblo. Por ello Dios permitió que fuera invadida por invasores extranjeros, como Isaías prevé en la primera lectura.

Jesús continúa la historia en donde la deja Isaías, incluso usando sus palabras para describir el lagar, la cerca y la torre. Los líderes religiosos de Israel, los labradores de esta parábola, no han aprendido nada de Isaías ni del pasado de Israel. En vez de producir buenos frutos, han matado a los servidores del propietario, los profetas enviados para reunir la cosecha: las almas fieles.

Como oscuro presagio de su propia crucifixión fuera de Jerusalén, Jesús dice que el ultraje final de los labradores será detener al hijo del propietario y matarlo fuera de las murallas de la viña.

Por esto la viña, a la que Jesús llama reino de Dios, les será quitada y le será entregada a nuevos labradores: los líderes de la Iglesia, que producirá sus frutos.

Cada uno de nosotros es una vid en la viña del Señor, injertada en la Vid verdadera que es Cristo (cf. Jn 15,1-8), llamado a llevar frutos de justicia en Él (cf. Flp 1,11) y a ser “primicia” de una nueva creación (cf. St 1,18).

Debemos cuidar el no dejarnos perdernos por las espinas y las zarzas que son las preocupaciones del mundo. Como advierte la epístola de hoy, hemos de llenar nuestro corazón y nuestra mente con intenciones nobles y acciones virtuosas, regocijándonos siempre por que el Señor está cerca.

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Readings:
Ezekiel 18:25-28
Psalm 25:4-9
Philippians 2:1-11
Matthew 21:28-32

Echoing the complaint heard in last week's readings, today's First Reading again presents protests that God isn't fair. Why does He punish with death one who begins in virtue but falls into iniquity, while granting life to the wicked one who turns from sin?

This is the question that Jesus takes up in the parable in today's Gospel.

The first son represents the most heinous sinners of Jesus' day - tax collectors and prostitutes - who by their sin at first refuse to serve in the Lord's vineyard, the kingdom. At the preaching of John the Baptist, they repented and did what is right and just. The second son represents Israel's leaders - who said they would serve God in the vineyard, but refused to believe John when he told them they must produce good fruits as evidence of their repentance (see Matthew 3:8).

Once again, this week's readings invite us to ponder the unfathomable ways of God's justice and mercy. He teaches His ways only to the humble, as we sing in today's Psalm. And in the Epistle today, Paul presents Jesus as the model of that humility by which we come to know life's true path.

Paul sings a beautiful hymn to the Incarnation. Unlike Adam, the first man, who in his pride grasped at being God, the New Adam, Jesus, humbled himself to become a slave, obedient even unto death on the cross (see Romans 5:14). In this He has shown sinners - each one of us - the way back to the Father. We can only come to God, to serve in His vineyard, the Church, by having that same attitude as Christ.

This is what Israel's leaders lacked. In their vainglory, they presumed their superiority - that they had no further need to hear God's Word or God's servants.

But this is the way to death, as God tells Ezekiel today. We are always to be emptying ourselves, seeking forgiveness for our sins and frailties, confessing on bended knee that He is Lord, to the glory of the Father.

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Lecturas:
Ezequiel 18, 25-28
Salmo 25, 4-9
Filipenses 2, 1-11
Mateo 21, 28-32

Haciendo eco de las quejas escuchadas en las lecturas de la semana pasada, la primera lectura de hoy también presenta reclamos que afirman que Dios no es justo. ¿Por qué castiga con la muerte a un virtuoso que cae en la iniquidad, mientras asegura la vida al débil que se convierte del pecado?

Esta es la pregunta que Jesús trae a cuento en la parábola del Evangelio de hoy.

El primer hijo representa a los más empedernidos pecadores de la época -publicanos y prostitutas-, que al principio, por su pecado, se resisten a servir en la viña del Señor, el reino. Ellos, con la predicación de Juan el Bautista, se arrepintieron he hicieron lo justo y correcto. El segundo hijo representa a los líderes de Israel, quienes dijeron que servirían a Dios en la viña, pero se negaron a creerle a Juan cuando les dijo que debían producir frutos como prueba de su arrepentimiento (cf. Mt 3,8).

Nuevamente, las lecturas de esta semana nos invitan a ponderar los insondables caminos de la justicia y la misericordia de Dios. Él enseña sus caminos sólo a los humildes, como cantamos en el salmo de este día. Y en la epístola de hoy San Pablo presenta a Jesús como el modelo de esa humildad por la cual llegamos a conocer la verdadera senda de la vida.

San Pablo canta un bello himno a la Encarnación. A diferencia de Adán, el primer hombre que en su orgullo pretendió ser Dios, Jesús, el Nuevo Adán, se humilló a sí mismo hasta hacerse esclavo, obediente incluso hasta la muerte en la cruz (cf. Rm 5,14). Por esto nos ha mostrado a cada uno de nosotros, pecadores, el camino del retorno al Padre. Sólo podemos venir a Dios para servir en su viña, la Iglesia, si tenemos la misma actitud de Cristo.

Los líderes de Israel carecieron de ella. En su vanagloria, presumieron su superioridad, asumiendo que ya no tenían necesidad de escuchar a los servidores de Dios ni su Palabra.

Pero ese es el camino de la muerte, como Dios le dice hoy a Ezequiel. Hemos de vaciarnos continuamente, buscando el perdón por nuestros pecados y fragilidades y confesando, con las rodillas dobladas, que Él es el Señor para la gloria del Padre.

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Lecturas
Isaías 55, 6-9
Salmo 145, 2-3.8-9.17-18
Filipenses 1, 20-24.27
Mateo 20,1-16

La casa de Israel es la viña de Dios que Él plantó y regó, preparando a los israelitas para dar frutos de justicia (cf. Is 5,7; 27,2-5).

Israel no produjo frutos buenos y el Señor permitió que su viña, el reino de Israel, fuera invadida por conquistadores (cf. Sal 80, 9-20). Pero Dios prometió que un día replantaría su viña y sus brotes florecerían hasta los confines de la tierra (cf. Am 9,15; Os 14, 5-10).

Esto es el trasfondo bíblico de la parábola de Jesús sobre la historia de la salvación que presenta el Evangelio de hoy. Dios es el dueño. La viña es el reino. Los trabajadores contratados al amanecer son los israelitas, los primeros a quienes Él ofreció su alianza. Los que son contratados después son los gentiles, los no israelitas, quienes hasta la venida de Cristo eran extraños a las alianzas y promesas (cf. Ef 2,11-13). En la gran misericordia de Dios, el mismo sueldo, las mismas bendiciones prometidas a los primeros llamados -los israelitas- serán pagados a los que fueron llamados por último, al resto de las naciones.

Estas palabras provocan murmuraciones en la parábola de hoy. Las quejas de esos primeros trabajadores, ¿no suenan acaso como las del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo? (cf. Lc 15,29-30). Los caminos de Dios, sin embargo, están lejos de los nuestros, como escuchamos en la primera lectura de hoy. Y las lecturas de hoy deberían prevenirnos contra la tentación de renegar de la generosa misericordia divina.

Como los gentiles, muchos serán admitidos al final para entrar en el reino, luego de pasar la mayoría de sus días holgazaneando en el pecado.

Pero incluso estos pueden acudir a Él y encontrarlo cerca, como cantamos en el salmo de este día. Debemos regocijarnos de que Dios tenga compasión hacia todos los que ha creado. Eso nos debería consolar, especialmente si somos de los que permanecen lejos de la viña.

Nuestra tarea consiste en seguir trabajando en su viña. Como San Pablo dice en la epístola de hoy, conduzcámonos dignamente luchando para que todo hombre y mujer alabe su Nombre.

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Lecturas:
Ezequiel 33, 7-9
Salmo 95, 1-2.6-9
Romanos 13, 8-10
Mateo 18, 15-20

Así como en la primera lectura de hoy Ezequiel es designado centinela sobre la casa de Israel, Jesús establece a sus discípulos como guardianes del nuevo Israel de Dios -la Iglesia- en el Evangelio de este día (cf. Ga 6,16). 

También establece procedimientos en el caso de pecados en el caso de pecados y para faltas de fe, basados en la disciplina que Moisés proscribió a Israel (cf. Lv 19,17-20; Dt 19,13). Sin embargo, los jefes del nuevo Israel reciben poderes extraordinarios, similares a los que se le dieron a Pedro (cf. Mt 16,19). Tienen la potestad de atar y desatar, de perdonar los pecados y reconciliar a los pecadores en su Nombre (cf. Jn 20,21-23).

Pero los poderes que Cristo les da a los apóstoles y sus sucesores dependen de su comunión con Él.  Así como Ezequiel solo debe enseñar lo que escucha decir a Dios, los discípulos han de congregar en su Nombre, orar y buscar la voluntad del Padre celestial.

Pero las lecturas de hoy son más que una lección sobre el orden de la Iglesia. Nos sugieren además cómo debemos tratar a los que nos ofenden, un tema sobre el cual también escucharemos en las lecturas de la próxima semana.

Es de notar que, tanto el Evangelio como la primera lectura, asumen que los creyentes tenemos el deber de corregir a los pecadores que están entre nosotros.  A Ezequiel incluso se le dice que dará cuentas por sus almas si no les habla e intenta corregirlos.

Esto es el amor que le debemos a nuestro prójimo, según nos dice hoy San Pablo en su epístola. Amar al prójimo como a nosotros mismos significa dar una importancia vital a su salvación. Como Jesús dice, debemos hacer cualquier esfuerzo para ganar nuevamente a nuestros hermanos y hermanas, para hacerlos regresar de los falsos caminos.

No debemos nunca corregir al otro con enojo o con deseos de castigar. Más bien nuestro mensaje debe ser como el del salmo de hoy: urgir al pecador a que escuche la voz de Dios, a no endurecer su corazón, a recordar que Él es quien nos ha hecho, la Roca de nuestra salvación.

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Lecturas:

Jeremías 20, 7-9
Salmo 63, 2-6.8-9
Romanos 12, 1-2
Mateo 16, 21-27

La primera lectura de este domingo sorprende al profeta Jeremías en un momento de debilidad. Su íntimo lamento contiene algunas de las expresiones más fuertes de la Biblia referentes a la duda. En su seguimiento de la llamada de Dios, Jeremías se siente abandonado. Lo único que le ha acarreado la predicación de su Palabra es escarnio.

Pero Dios no engaña y Jeremías lo sabe. Él examina al justo (cf. Jr 20,11-12) y corrige a sus hijos mediante pruebas y sufrimientos (cf. Hb 12,5-7).

Lo que Jeremías aprende, Jesús lo afirma explícitamente en el Evangelio de esta semana. Seguirlo es cargar una cruz, negarte a ti mismo –tus prioridades, preferencias y comodidades.

Es estar dispuesto a renunciar a todo, incluso a la vida misma, por la causa de su Evangelio. Como dice san Pablo en su epístola, debemos unirnos a la pasión de Cristo para ofrecer nuestros cuerpos – todo nuestro ser- como sacrificios vivos a Dios.

Por su cruz, Jesús nos ha mostrado lo que los sacrificios de Israel habían de enseñar: que a Dios le debemos todo lo que tenemos.

La bondad de Dios es un bien más grande que la vida misma, como cantamos en el salmo de este domingo. La única muestra de gratitud que podemos ofrecerle es nuestra adoración espiritual: entregar nuestra vida al servicio de su voluntad (cf. Hb 10,3-11; Sal 50, 14,23).

Pedro aún no ha entendido esto en el Evangelio de hoy. Como le sucedió a Jeremías, la cruz es escándalo para Pedro (cf. 1 Co 1,23). Esa es también nuestra tentación natural: negarnos a creer que nuestros sufrimientos juegan un papel importante en el plan de Dios.

Así es como piensa la gente, nos dice Jesús esta semana. Pero estamos llamados a renovar nuestras mentes para pensar como Dios piensa, para querer lo que Él quiere.

En la Misa nos ofrecemos nuevamente como sacrificio de alabanza agradable y perfecto (cf. Hb 13,15). Bendecimos al Señor pues estamos vivos, confiados en que encontraremos nuestra vida al perderla; en que las riquezas de Su banquete satisfarán nuestra alma.

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Lecturas:

Isaías 22,15.19-23
Salmo 138,1-3.6.8
Romanos 11,33-36
Mateo 16,13-20

 “¡Oh profundidad de la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios!”, exclama San Pablo en la epístola de esta semana. También el salmo del domingo toma una triunfante expresión de alegría y gratitud. ¿Porqué? Porque en el Evangelio, el Padre celestial revela el misterio de su reino a Pedro.

Con Pedro, nos regocijamos de que Jesús es el hijo ungido prometido a David, de quien se había profetizado que construiría el templo del Señor y reinaría sobre un reino eterno (cf. 2 S 7).

Lo que Jesús llama “mi Iglesia” es el reino prometido al hijo de David (cf. Is 9,1-7). Como escuchamos en la primera lectura del domingo, Isaías predijo que las llaves del reino de David les serían entregadas a un nuevo Señor, que gobernaría al pueblo de Dios como un padre.

Sólo Jesús, la raíz y descendencia de David, tiene las llaves del reino (cf. Ap 1,18; 3,7; 2,16).  Al entregarle esas llaves a Pedro, Jesús cumple esa profecía, estableciendo a Pedro—y a todos sus sucesores—como santo padre de su Iglesia.

Su Iglesia es también la nueva casa de Dios: el templo espiritual fundado sobre la “roca” de Pedro y construido con las piedras vivas que somos todos y cada uno de los creyentes.

Abraham fue llamado “la roca” de quien los hijos de Israel fueron labrados (cf. Is 51,1-2). Y Pedro viene a ser la roca de la cual Dios hace surgir nuevos hijos de suyos (cf. Mt 3,9).

La Palabra que usa Jesús—“iglesia” (ekklesia en griego)—fue usada en la traducción griega del Antiguo Testamento para referirse a la “asamblea” de los hijos de Dios posterior al éxodo (cf. Dt 18,16; 31,30).

Su Iglesia es la “asamblea de los primogénitos” (cf. Hb 12,23; Ex 4,23-24) establecida por el éxodo de Jesús (cf. Lc 9,31). Como los israelitas, somos bautizados en agua, guiados por la Roca y alimentados con comida espiritual (cf. 1Co 10,1-5).

Congregados en su altar, en la presencia de ángeles, cantamos su alabanza y le damos gracias a su Nombre santo.

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Lecturas:

Isaías 56,1.6-7
Salmo 67,2-3.5.6.8
Romanos 11,13-15. 29-32
Mateo 15, 21-28

La mayoría de nosotros somos extranjeros, los no israelitas sobre quienes profetiza la primera lectura de esta semana.

Al venir a adorar al Dios de Israel, nos situamos en la línea de fe personificada por la mujer cananea en el Evangelio de esta semana. Al llamar a Jesús Señor, e hijo de David, esta extranjera muestra su gran fe en la alianza de Dios con Israel.

Jesús prueba tres veces su fe. Se niega a responder a su grito. Después le dice que su misión está destinada sólo a los israelitas. Finalmente utiliza la palabra “perro”,  una expresión utilizada para menospreciar a los no israelitas (cf. Mt 7,6).

Sin embargo ella persiste en creer que sólo Él ofrece la salvación.

En este drama familiar vemos cumplida la profecía de Isaías y la promesa de la que cantamos en el salmo de este domingo. En Jesús, Dios da a conocer a todas las naciones su camino y su salvación (cf. Jn 14,6). 

Al comienzo de la historia de la salvación, Dios llamó a Abraham (cf. Gn 12,2). Él escogió a su descendencia, Israel, de entre todas las naciones que había sobre la faz de la tierra, para construir el reino de su alianza (cf. Dt 7,6-8; Is 41,8).

En el plan de Dios, Abraham había de ser el padre de muchas naciones (cf. Rm 4,16-17). Israel había de ser el primogénito de una familia de Dios extendida por todo el mundo, conformada por todos aquellos que creen en lo que la cananea profesa: que Jesús es el Señor (cf. Ex 4,22-23; Rm 5,13-21).

Jesus came first to restore the kingdom to Israel (see Acts 1:6; 13:46). But His ultimate mission was the reconciliation of the world, as Paul declares in Sunday’s Epistle.

Jesús vino en primer lugar para restaurar el reino de Israel (cf. Hch 1,6; 13,46). Pero su misión última era la reconciliación del mundo, como San Pablo declara en la epístola de este domingo.

En la Misa nos unimos a todos los pueblos para rendirle homenaje. Como Isaías había predicho, venimos a su monte santo, la Jerusalén celestial, para ofrecer sacrificios en su altar (cf. Hb 12,22-24.28). Con la mujer cananea, tomamos nuestro lugar en la mesa del Señor para ser alimentados como sus hijos.

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Lecturas:

1 Reyes 19,9.11-13
Salmo 85, 9-14
Romanos 9,1-5
Mateo 14, 22-33


¿Cómo encontramos a Dios en medio de las tormentas y luchas de nuestra vida, en las pruebas que enfrentamos cuando tratamos de hacer su voluntad? Dios le manda a Elías en la primera lectura permanecer de pie en el monte para esperar su paso por ahí.

Y en el Evangelio, Jesús hace a sus discípulos salir a su encuentro a través de las aguas. En cada caso, el Señor se hace presente en medio de acontecimientos aterradores: vientos fuertes y olas altas, fuego y terremotos.

Elías oculta su rostro. Talvez recuerda a Moisés, quien se encontró con Dios en esa misma montaña, también en medio de fuego, truenos y humo (cf. Dt 4,10-15; Ex 19, 17-19).

Dios le dijo a Moisés que nadie podría ver su rostro y vivir, y lo hizo resguardarse en el hueco de una roca, como resguarda ahora a Elías en una cueva (cf. Ex 33, 18-23).

Del mismo modo, los discípulos están demasiado asustados para ver el rostro de Dios. El Evangelio de esta semana es una revelación de la identidad divina de Jesús. Sólo Dios cruza andando entre las crestas del mar (cf. Jb 9,8) y gobierna las aguas embravecidas (cf. Sal 89, 9-10).

Y las palabras de confianza que pronuncia Jesús – “soy Yo”- son las mismas que Dios le dijo a Moisés para identificarse (cf. Ex 3,14; Is 43,10).

Incluso Pedro está demasiado invadido por el miedo para imitar a su Señor. Sus temores, le dice Jesús, son signo de su poca fe. Y eso pasa frecuentemente con nosotros. Nuestros temores nos hacen dudar, nos dificultan ver su gloria que mora entre nosotros.

Sin embargo, como cantamos en el salmo de este domingo, deberíamos saber que su salvación está cerca de los que en Él esperan. Por la fe deberíamos saber, como afirma San Pablo en la epístola, que somos herederos de las promesas hechas a sus hijos, al pueblo de Israel.

Debemos confiar en que Él nos habla al oído en las pruebas de nuestra vida; en que Aquel que nos ha llamado a seguir sus pasos, nos salvará cada vez que comencemos a hundirnos.

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Category:general -- posted at: 9:38am EST

Lecturas:

Daniel 7, 9-10, 13-14
Salmo 97, 1-2, 5-6, 9
2 Pedro 1, 16-19
Matteo 17, 1-9

El evangelio de este domingo muestra cómo Cristo, mediante su Transfiguración,  revela su verdadera identidad en la cima de la montaña santa.

Situado en medio de Moisés y Elías, Jesús es el puente que une la Ley antigua,  los profetas y los salmos (Cfr. Lc 24, 24-27). Como Moisés, Jesús sube a la montaña con tres acompañantes cuyos nombres conocemos y contempla la gloria de Dios en una nube (Cfr. Ex 24, 1,9,15). Como Elías, Él también escucha la voz de Dios en la montaña (1R 19, 8-19).

Según la profecía, Elías tenía que regresar como heraldo del Mesías y de la Nueva Alianza con el Señor (Cfr. Ml 3,1, 23-24). Jesús se revela ahora como ese Mesías. Por su muerte y resurrección, como él lo dice en la intimidad a sus  apóstoles,  hace una Nueva Alianza con toda la Creación.

La voz majestuosa anuncia a Jesús como el mismo Hijo amado de Dios, en quien el Padre se complace (Cfr. S 2,7). Con esas palabras,  Dios nos permite asomarnos brevemente a su interior. En la nube que representa el Espíritu Santo, el Padre revela su amor hacia el Hijo y nos invita a compartir ese amor como hijos suyos bienamados.

Envuelto en las nubes del cielo, con sus vestiduras resplandecientes, Jesús es el Hijo del Hombre cuya entronización profetiza  Daniel en la primera lectura de este domingo.

Él es el rey, el Señor de toda la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo. Pero debemos preguntarnos,  ¿es también Cristo el Señor de nuestra mente y de nuestro corazón?

En el Evangelio de hoy, la última palabra que Dios dice desde el cielo es un mandato: “Escúchenlo” (Cfr. Dt 18, 15-19).

La palabra del Señor debería ser una luz que brilla en las tinieblas, como nos dice San Pedro en la segunda lectura. Sin embargo, ¿estamos realmente escuchando? ¿Ponemos atención a su Palabra cada día?

Dispongámonos nuevamente a escuchar.  Oigamos a Cristo como Palabra de vida; contemplémoslo como radiante Lucero del alba (Cfr. Ap 2, 28; 22,16) que aguarda el momento de levantarse en el interior de nuestros corazones.

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Category:general -- posted at: 11:53am EST

Lecturas:

1 Reyes 3,5. 7-12
Salmo 119,57.72.76-77.127-130
Romanos 8,28-30
Mateo 13, 44-52

 

¿Cuánto vale para ti tu nueva vida en Cristo?

¿Amas sus palabras más que el oro y la plata, como cantamos en el salmo de esta semana? ¿Venderías todo lo que tienes para poseer el reino que Él promete, como los personajes del Evangelio de este domingo?

¿Si Dios te concediera cualquier deseo, seguirías el ejemplo de Salomón en la primera lectura, quien no pidió una larga vida o riquezas, sino sabiduría para conocer los caminos de Dios y desear su voluntad?

El trasfondo del Evangelio de este domingo, como lo ha sido las semanas anteriores, es el rechazo de Israel a la predicación de Jesús.  El reino del cielo ha llegado en medio de ellos. Sin embargo, muchos no pueden ver que Jesús es el cumplimiento de la promesa de Dios; que es un regalo de la compasión divina, dado para que ellos – y nosotros también- puedan vivir.

También nosotros debemos descubrir el reino nuevamente, para encontrarlo como un tesoro, como perla de gran valor.  En comparación con el reino, necesitamos considerar basura todo lo demás (cf. Flp 3,8).

Y debemos estar dispuestos a dejar todo lo que tenemos – todas nuestras prioridades y planes- a fin de ganarlo.El Evangelio de Jesús revela lo que San Pablo, en la epístola de esta semana, llama el designio de Dios (cf. Ef 1,4) .  Ese designio es que Jesús sea el primogénito de muchos hermanos.

Sus palabras dan entendimiento a los sencillos, a los que son como niños.  Como Salomón en la lectura de esta semana, debemos humillarnos ante Dios, entregándonos a su servicio. Pidamos en nuestra oración un corazón sabio, que desee solamente hacer su voluntad.

Estamos llamados a amar a Dios, a deleitarnos en su Ley y a abandonar todo camino falso.  Y debemos conformarnos cada vez más a la imagen de Su Hijo.

Si hacemos esto, podemos acercarnos a Su altar como sacrificio agradable, confiados en que todo contribuye para bien; seguros de que los que hemos sido justificados por Él, seremos también glorificados un día.

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Category:general -- posted at: 12:00pm EST

Lecturas:

Sabiduría 12,13.16-19
Salmo 86,5-6.9-10.15-16
Romanos 8, 26-27
Mateo 13, 24-43

Dios está siempre instruyendo a su pueblo, escuchamos en la primera lectura de esta semana.

¿Y qué quiere hacernos saber? Que se preocupa por todos nosotros; que aunque es un Dios de justicia, aún los que lo desafían y dudan de Él, pueden esperar en su misericordia si regresan a Él arrepentidos.

Esta enseñanza divina continúa en las tres parábolas que Jesús cuenta en el Evangelio de hoy.  Cada una describe el surgimiento del reino de Dios de semillas sembradas por su trabajo y predicación.  El reino crece de manera oculta- como la acción de la levadura en el pan, que es improbable, inesperada.  De igual manera sucede con el gran árbol de mostaza, que crece de la más pequeña de las semillas.

Una vez más, las lecturas de esta semana cuestionan: ¿Porqué Dios permite al mal crecer al lado del bien? ¿Porqué permite que algunos rechacen la Palabra de su reino? Porque, como cantamos en el salmo dominical, Dios es lento a la cólera y rico en bondad.

Jesús nos asegura que es justo: Los malvados y los que inducen a otros al pecado, serán arrojados en el horno encendido al final de los tiempos.  Pero por su paciencia Dios nos enseña que, sobre todo, desea arrepentimiento; y quiere reunir a todas las naciones para que lo adoren y glorifiquen su Nombre.

Aunque no sabemos orar como deberíamos, el Espíritu intercede por nosotros, nos promete San Pablo en la epístola dominical.  Pero primero hemos de volver a Él y llamarlo; debemos comprometernos a dejar que la buena semilla de su Palabra dé frutos en nuestras vidas.

Por tanto, no debemos engañarnos ni descorazonarnos cuando vemos cizaña entre el trigo, verdad y santidad mezclada con error, injusticia y pecado.

Por ahora, Él hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 5,45).  Pero la cosecha se acerca.  Trabajemos para que seamos contados entre los hijos justos, que brillarán como el sol en el reino del Padre.

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Category:general -- posted at: 12:15pm EST

Lecturas:

Isaías 55, 10-11
Salmo 65, 10-14
Romanos 8, 18-23
Mateo 13, 1-23

Las lecturas de hoy, como las de la semana anterior, nos invitan a meditar en la respuesta de Israel a la Palabra de Dios y también en nuestra propia respuesta. ¿Porqué algunos de los que escuchan la palabra del reino, aún no la aceptan como llamada a la conversión y a la fe en Jesús? Esa pregunta subyace de manera especial en el Evangelio de hoy.

Nuevamente vemos, como la semana pasada, que los misterios del reino son revelados a los que abren sus corazones, haciendo de ellos tierra fértil en la que la Palabra puede crecer y dar frutos.

Como cantamos en el salmo de este domingo, en Jesús la Palabra de Dios ha visitado nuestra tierra, para empapar el suelo pedregoso de nuestros corazones con las aguas vivas del Espíritu (cf. Jn 7,38; Ap 22,1).

Como San Pablo nos recuerda en la epístola de esta semana (cf. Rm 5,5; 8,15-16) la primicia de la Palabra es el Espíritu de amor y adopción derramado en nuestros corazones en el bautismo, que nos hizo hijos de Dios. En él somos hechos una “nueva creación” (cf. 2 Co 5,17),  primicias de un cielo nuevo y una tierra nueva (cf. 2P 3,13).

Desde que los primeros hombres rechazaron la Palabra de Dios, la creación ha sido esclavizada de lo vano (cf. Gn 3,17-19; 5.29).  Pero la Palabra de Dios no sale para volver a Él sin resultado, como escuchamos en la primera lectura del domingo.

Su Palabra espera nuestra respuesta.  Debemos demostrar que somos hijos de esa Palabra.  Debemos permitir que esa Palabra realice la voluntad de Dios en nuestras vidas.  Como Jesús nos advierte, debemos cuidar que no sea arrebatada por el diablo o ahogada por las preocupaciones mundanas.

En la Eucaristía, Jesús, la Palabra, se nos da a Sí mismo como pan que alimenta.  Lo hace para que podamos ser fértiles, dando frutos de santidad.

Y así esperamos la coronación del año, la gran cosecha del Día del Señor (cf. Mc 4,29; 2P 3,10; Ap 14,15), cuando Su Palabra haya alcanzado el fin para el cual fue enviada.

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Lecturas:

Zacarías 9, 9-10
Salmo 145, 1-2.8-11.13-14
Romanos 8, 9.11-13
Mateo 11, 25-30

En el Evangelio de esta semana, se nos da una semblanza de Jesús como un nuevo y más grande Moisés.

Moisés, el hombre más humilde que había sobre la tierra (cf. Nm 12,3), era amigo de Dios (cf. Éx 34,12.17). Sólo él trataba con Dios “cara a cara” (cf. Dt 34,10). Y Moisés le dio a Israel el yugo de la Ley, por la cual Dios se reveló, primero a Sí mismo y después el modo como debemos vivir (cf. Jr 2,20; 5,5).

También Jesús es manso y humilde. Pero él es más que un amigo de Dios. Es el Hijo, el único que conoce al Padre. También es más que un legislador; hoy se nos presenta como el yugo de una nueva Ley y como la Sabiduría revelada de Dios.

Como la Sabiduría que es, Jesús estaba presente desde antes de la creación del mundo, como el primogénito de Dios, el Padre y Señor del cielo y de la tierra (cf. Pr 8,22; S 9,9). Y nos da el conocimiento de las cosas santas del reino de Dios (cf. S 10,10).

De acuerdo a la gentil voluntad del Padre, Jesús revela estas cosas sólo a los que son como niños; a los que se humillan ante Él como niños pequeños (cf. Si 2,17). Solamente ellos pueden reconocer y recibir a Jesús como el salvador justo, como el rey humilde prometido a la hija Sión, Israel, en la primera lectura de este domingo.

También nosotros estamos llamados a tener esa fe de niños y a confiar en la bondad del Padre, como hijos del nuevo reino: la Iglesia.

En la epístola de este domingo, San Pablo nos exhorta a vivir por el Espíritu que recibimos en el bautismo (cf. Ga 5,16), sepultando nuestros viejos modos de pensar y actuar. Nuestro “yugo” es cumplir Su nueva ley de amor (cf. Jn 13,34), por la cual entramos en el “resto” de su reino.

Como cantamos en el salmo de este domingo, esperamos alegremente el día en que bendeciremos su Nombre para siempre, en el reino que perdura por los siglos. Este es el descanso sabático prometido por Jesús, anticipado primero por Moisés (cf. Ex 20,8-11), pero que aún queda para el pueblo de Dios (Hb 4,9).

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Lecturas:

Éxodo 34, 4-6.8-9

Daniel 3, 52-56

2 Corintios 13, 11-13

Juan 3,16-18

Frecuentemente comenzamos la Misa con la oración tomada de la epístola de hoy: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes". Alabamos al Dios que se ha revelado a Sí mismo como Trinidad, como comunión de personas.

La comunión con la Trinidad es la meta de nuestra adoración  y el propósito de la historia de la salvación que comienza en la Biblia y continúa en la Eucaristía y en los sacramentos de la Iglesia.

En la primera lectura vemos los inicios de la autorevelación de Dios, cuando pasa frente a Moisés y proclama su nombre santo. Israel había pecado en adorar al becerro de oro (cf. Ex 32). Pero Dios no los condena a perecer, sino que proclama su misericordia y fidelidad a su alianza.

Dios amó a Israel como su primogénito entre las naciones (cf. Ex 4,22). Por medio de Israel -heredero de su alianza con Abraham-, Dios planeó revelarse como el Padre de todas las naciones (cf. Gn 22,18).

El recuerdo de la prueba de alianza que Dios pidió a Abraham -y la obediencia fiel de Abraham- es el trasfondo del Evangelio de este día. Al ordenarle a Abraham que le ofreciera su amado hijo único (cf, Gn 22,2.12.16), Dios nos estaba preparando para la más completa revelación de su amor por el mundo.  Así como Abraham estaba dispuesto a ofrecer a Isaac, Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (cf. Rm 8,32).

Con ello reveló lo que sólo a Moisés fue descubierto parcialmente, que su bondad perdura por mil generaciones, que perdona nuestro pecado y nos toma de vuelta como pueblo de su propiedad (cf. Dt 4,20; 9,29).

Jesús se humilló a sí mismo hasta morir en obediencia a la voluntad de Dios. Y por esto, el Espíritu de Dios lo levantó de la muerte (cf. Rm 8,11) y le dio un nombre que está sobre todo nombre (cf. Fl 2,8-10).

Ese es el nombre que glorificamos en el salmo de hoy: el nombre de nuestro Señor, el Dios que es Amor (cf. 1Jn 4,8.16).

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Isaiah 52:7–10

Psalms 98:1–6

Hebrews 1:1–6

John 1:1–18

 

The Church’s liturgy rings in Christmas with a joyful noise. We hear today of uplifted voices, trumpets and horns, and melodies of praise. 

In the First Reading, Isaiah fortells Israel’s liberation from captivity and exile in Babylon. He envisions a triumphant homecoming to Zion marked by joyful singing.

The new song in today’s Psalm is a victory hymn to the marvelous deeds done by our God and King.

Both the prophet and psalmist sing of God’s power and salvation. God has shown the might of His holy arm, they say. This language recalls the Exodus, where the people first sang of God’s powerful arm that shattered Israel’s enemy Egypt (see Exod. 15:1, 6, 16).

The coming of the Christ child into the world fulfills all that the Exodus and the return from exile prefigured.

In Jesus, all nations to the ends of the earth will see the victory of God over the forces of sin and death.

Jesus is the new King. He is the royal firstborn son and Son of God promised to David, as we hear in today’s Epistle (see Ps. 2:7; 2 Sam. 7:14). 

And as our Gospel reveals, He is the Word of God, the one through whom the universe was created, the one through whom the universe is sustained.

In speaking to us through His Son, God has unveiled a new age, the last days.

The new age is a new creation. In the beginning, God spoke His Word and light shone in the darkness. Now, in this new age, He sends us the true light to scatter the darkness of a world that has exiled itself from God.

He is the one Isaiah foretold – who brings good tidings of peace and salvation, who announces to the world that God has come to dwell and to reign (see Rev. 21:3–4).

 

So we sing a new song on Christmas. It is the song of those who have believed in the Christ child and been born again – by grace given the power to become children of God.

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Category:general -- posted at: 2:04pm EST

 

Lecturas

2 Macabeos 7,1-2. 9-14

Salmo 17,1.5-6.8.15

2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Lucas 20,27-38

Con una adivinanza sobre siete hermanos y una viuda sin hijos, los Saduceos del Evangelio de hoy se burlan de la fe por la que siete hermanos y su madre mueren en la primera lectura.

Los mártires macabeos, antes que traicionar la Ley de Dios, escogieron la muerte: fueron torturados y después quemados vivos. Su historia se nos da en estas últimas semanas del año litúrgico para fortalecernos y hacernos más resistentes; para que nuestros pies no vacilen sino se mantengan firmes en el seguimiento de Cristo.

Los macabeos murieron confiados en que el “Rey del Universo” los levantaría de nuevo y para siempre a la vida (cf. 2 Mc 14,46).

Los Saduceos no creen en la resurrección porque no encuentran literalmente esa enseñanza en las Escrituras. Para ridiculizar esta creencia, manipulan una ley que indicaba que una mujer debía casarse con el hermano de su esposo, si éste fallecía y no dejaba herederos (cf. Gn 38,8; Dt 25,5).

Pero esa ley de Dios no había sido dada para asegurar la descendencia a padres terrenos, sino–como Jesús explica- para hacernos dignos de ser “hijos e hijas de Dios”, engendrados por su Resurrección.

 “Dios nuestro Padre”, nos dice la epístola de hoy, nos ha dado “consolación eterna” en la Resurrección de Cristo. Por su gracia podemos ahora dirigir nuestros corazones al amor de Dios.

Como los Macabeos sufrieron por la Antigua Ley, nosotros tendremos que sufrir por nuestra fe en la Nueva Alianza. Sin embargo, Dios nos cobijará bajo la sombra de sus alas, nos mantendrá en la niña de sus ojos, como cantamos en el salmo de hoy.

Los perseguidores de los macabeos se maravillaron ante su valentía. También nosotros podemos glorificar al Señor en nuestros sufrimientos y pequeños sacrificios de cada día.

Y nuestra razón para confiar es todavía mayor que la de ellos. Uno que ha sido levantado de la muerte nos ha dado su palabra: que Él es Dios de vivos; que cuando despertemos del sueño de la muerte contemplaremos su rostro, seremos felices en su presencia (cf. Sal 76,6; Dn 12,2).

Category:general -- posted at: 12:19pm EST

 

Lecturas:

2 Reyes 5, 14-17

Salmo 98,1-4

2 Timoteo 2,8-13

Lucas 17,11-19

Un leproso extranjero es curado y, en acción de gracias, regresa ofreciendo homenaje al Dios de Israel. Esa es la historia que escuchamos, tanto en la primera lectura como en el Evangelio de hoy.

Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Elías, pero sólo Naamán el sirio creyó en la palabra de Dios y fue sanado (cfr. Lc 5,12-14). Del mismo modo, el Evangelio de hoy da a entender que la mayoría de los diez leprosos curados por Jesús era israelita, pero solamente un extranjero, el samaritano, regresó a agradecerle.

Hoy se nos muestra, de modo dramático, cómo la fe ha sido constituida camino de salvación, ruta por la cual todas las naciones se unirán al Señor, convirtiéndose en sus siervos, congregados con los Israelitas en un solo pueblo escogido de Dios: la Iglesia (cfr. Is 56,3-8).

El salmo de hoy también ve más allá, al día cuando todos los pueblos verán lo que Naamán veía: que no hay otro Dios en la tierra más que el Dios de Israel.

En el Evangelio de hoy vemos ese día llegar. El leproso samaritano es la única persona en el Nuevo Testamente que le agradece personalmente a Jesús. La palabra griega usada para describir su “dar gracias” es la misma que traducimos como “Eucaristía”.

Y estos leprosos de hoy nos revelan las dimensiones interiores de la Eucaristía y la vida sacramental. También nosotros hemos sido sanados mediante la fe en Jesús. Así como la carne de Naamán se hace de nuevo semejante a la de un niño pequeño, nuestras almas han quedando limpias de pecado en las aguas del Bautismo. Experimentamos esta purificación continuamente en el sacramento de la Penitencia, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, imploramos y recibimos la misericordia de nuestro Maestro Jesús.

En cada misa regresamos a glorificar a Dios para ofrecernos en sacrificio; nos arrodillamos ante nuestro Señor, dando gracias por nuestra salvación.

En esta Eucaristía recordamos a “Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David”, el rey de la alianza de Israel. Y rezamos, como San Pablo en la epístola de hoy, para perseverar en esta fe, para que también nosotros vivamos y reinemos con Él en gloria eterna.

Category:general -- posted at: 11:37am EST

Lecturas:

Deuteronomio 30,10-14

Salmo 69,14.17.30-31.33-34.36-37

Colosenses 1,15-20

Lucas 10,25-37

Debemos amar a Dios y a nuestro prójimo con toda la fuerza de nuestro ser, como el erudito de la Ley responde a Jesús en el Evangelio de esta semana.

Este mandamiento no es lejano o misterioso, sino que está escrito en nuestros corazones y en el libro de la Sagrada Escritura. Moisés dice sobre el en la primera lectura de esta semana: “Cúmplelo”.

Jesús le dice lo mismo a su interrogador: “Haz esto y vivirás”.

El letrado, sin embargo, quiere conocer hasta que punto le exige la ley. Eso es lo que le mueve a hacer la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”.

Con su compasión, el samaritano de la parábola de Jesús revela la misericordia infinita de Dios, que vino a nosotros cuando estábamos caídos en el pecado, cerca de la muerte, incapaces de levantarnos por nosotros mismos. 

Jesús es la “imagen del Dios invisible”, nos dice la epístola de esta semana. En Él, el amor de Dios se nos ha hecho muy cercano. “Por la sangre de su Cruz” -esto es, al cargar con los sufrimientos de su prójimo en su propio cuerpo; y al ser desnudado, golpeado y dado por muerto- nos libró de las ataduras del pecado, nos reconcilió con Dios y entre nosotros. 

Como el samaritano, Él paga por nosotros, nos sana de las heridas del pecado, derrama sobre nosotros el aceite y vino de los sacramentos, y nos confía al cuidado de su Iglesia hasta cuando regrese por nosotros.

Ya que su amor no conoce límites, el nuestro tampoco puede conocerlos. Hemos de amar como hemos sido amados; hemos de hacer por los demás lo que Él ha hecho por nosotros, reuniendo todas las cosas en su Cuerpo, la Iglesia.

Hemos de amar como el salmista de esta semana, como aquellos cuyas oraciones han sido escuchadas; como aquellos cuyas vidas han sido salvadas, han conocido el día de su favor y han visto la gran misericordia de Dios volverse hacia ellos.

Este es el amor que nos guía hacia la vida eterna, el mismo que Jesús exige al Escriba y a cada uno de nosotros: “Vete y haz tú lo mismo”.

Category:general -- posted at: 5:17pm EST

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Category:general -- posted at: 5:01pm EST

Readings:
Jeremiah 1:4-5,17-19
Psalm 71: 1-6,15-17
1 Corinthians 12:31-13:13
Luke 4:21-30


God's words in today's First Reading point us beyond Jeremiah to Jesus. Like Jeremiah, Jesus was consecrated in the womb and sent as a "prophet to the nations" (see Luke 1:31-33).

Like the prophets before Him, Jesus too faces hostility. In today's Gospel, the crowd in His hometown synagogue quickly turns on Him, apparently demanding a sign, some proof of divine origins - that He's more than just "the son of Joseph."

The sign He gives them is that of the prophets Elijah and Elisha. From their colorful careers Jesus draws two stories. In each, the prophets bypass "many...in Israel" to bestow God's blessings on non-Israelites who had faith that the prophets were men of God (see 1 Kings 17:1-16; 2 Kings 5:1-14). "None...not one" in Israel was found deserving, Jesus emphasizes.

His point isn't lost on His audience. They know He's likening them to the "many...in Israel" in the days of the prophets. That's why they try to shove Him off the cliff. As He promised to protect Jeremiah, the Lord delivers Jesus from those who would crush Him.

And as were Elijah and Elisha, Jesus is sent to proclaim God's gift of salvation - not exclusively to one nation or people, but to all who realize in faith that from the womb God alone is their hope, their rescuer, their "rock of refuge," as we sing in today's Psalm.

Prophecies, Paul tells us in today's Epistle, are partial and pass away "when the perfect comes." In Jesus, the word of the prophets has been brought to perfection, fulfilled in those who have ears to hear, as He declares in today's Gospel.

Greater than the gifts of faith and hope, Jesus shows us how to love as He loved, to love God as our Father, as One Who formed us in the womb and destined us to hear His saving Word.

This is the salvation, the "mighty works of the Lord," that we, as the Psalmist, are thankful to proclaim daily in the Eucharist.

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Category:general -- posted at: 10:00am EST

Readings:
Isaiah 62:1-5
Psalm 96:1-3, 7-10
1 Corinthians 12:4-11
John 2:1-12 (see also "’On the Hour’”)

Think of these first weeks after Christmas as a season of "epiphanies." The Liturgy is showing us Who Jesus is and what He has revealed about our relationship with God.

Last week and the week before, the imagery was royal and filial - Jesus is the newborn king of the Jews who makes us co-heirs of Israel's promise, beloved children of God. Last week in the Liturgy we went to a Baptism.

This week we're at a wedding.

We're being shown another dimension of our relationship with God. If we're sons and daughters of God, it's because we've married into the family.

Have you ever wondered why the Bible begins and ends with a wedding - Adam and Eve's in the garden and the marriage supper of the Lamb (compare Genesis 2:23-24 and Revelation 19:9; 21:9; 22:17)?

Throughout the Bible, marriage is the symbol of the covenant relationship God desires with His chosen people. He is the Groom, humanity His beloved and sought-after bride. We see this reflected beautifully in today's First Reading.

When Israel breaks the covenant she is compared to an unfaithful spouse (see Jeremiah 2:20-36; 3:1-13). But God promises to take her back, to "espouse" her to Him forever in an everlasting covenant (see Hosea 2:18-22).

That's why in today's Gospel, Jesus performs His first public "sign" at a wedding feast.

Jesus is the divine Bridegroom (see John 3:29), calling us to His royal wedding feast (see Matthew 22:1-14). By His New Covenant, He will become "one flesh" with all humanity in the Church (see Ephesians 5:21-33). By our Baptism, each of us has been betrothed to Christ as a bride to a Husband (see 2 Corinthians 11:2).

The new wine that Jesus pours out at today's feast is the gift of the Holy Spirit given to His bride and body, as today's Epistle says. This is the "salvation" announced to the "families of nations" in today's Psalm.

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Lecturas: Sirácida 3, 2-6,12-14 Salmo 128, 1-5 Colosenses 3, 12-21 Lucas 2, 41-52 ¿Porque quiso Jesús hacerse un bebé, tener una madre y un padre, y vivir casi toda su vida en una familia sencilla? En parte, lo hizo para revelar el plan de Dios de que toda la gente viva como una “sagrada familia”, congregada en su Iglesia (cfr. 2Co 6, 16-18).  En la Sagrada Familia de Jesús, Maria y José, Dios nos enseña nuestro verdadero hogar. Quiere que vivamos como sus hijos, “elegidos, santos y bien amados”, como dice la primera lectura.   Los consejos familiares que escuchamos en las lecturas de hoy-- para madres, padres e hijos—son muy sólidos y prácticos. Los hogares felices son el fruto de quienes son fieles al Señor, como cantamos en el salmo de hoy. Más aún,  la liturgia nos invita a ver cómo, mediante nuestras obligaciones y relaciones familiares, nos convertimos en heraldos de la familia de Dios que Él mismo quiere establecer en la tierra.   Jesús nos enseña esto en el Evangelio de hoy. El estar sujeto a sus padres terrenales fluye directamente de su obediencia a la voluntad de su Padre celestial. No aparecen los nombres de José y María, pero la lectura se refiere a ellos tres veces como “sus padres”, y también separadamente, como su “madre” y su “padre”. Se pone un énfasis especial en los lazos familiares de Jesús. Pero estos vínculos son remarcados solamente para dar paso a la enseñanza que Jesús dará con las primeras palabras que pronuncie en el evangelio de San Lucas de hoy, que la paternidad de Dios es más importantes que el parentesco terrenal.     En lo que Jesús llama “la casa de mi Padre”, cada familia encuentra su verdadero sentido y propósito (cfr. Ef 3, 15). El “Templo” del que nos habla el Evangelio hoy es la casa de Dios; su morada (cfr. Lc 19, 46). Pero es también una imagen de la Iglesia, que es la familia de Dios (cfr. Ef 2,19-22); Hb 3,3-6; 10,21).  

En nuestros hogares, debemos edificar esa casa, esa familia, este templo vivo de Dios. Hasta que Él ponga de nuevo su nueva morada entre nosotros, y diga de cada persona “Yo seré su Dios y el será mi hijo” (Ap 21, 3.7).

 

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Readings:
Sirach 3:2-6,12-14
Psalm 128:1-5
Colossians 3:12-21
Luke 2:41-52


Why did Jesus choose to become a baby born of a mother and father and to spend all but His last years living in an ordinary human family? In part, to reveal God's plan to make all people live as one "holy family" in His Church (see 2 Corinthians 6:16-18).

In the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph, God reveals our true home. We're to live as His children, "chosen ones, holy and beloved," as the First Reading puts it.

The family advice we hear in today's readings - for mothers, fathers and children - is all solid and practical. Happy homes are the fruit of our faithfulness to the Lord, we sing in today's Psalm. But the Liturgy is inviting us to see more, to see how, through our family obligations and relationships, our families become heralds of the family of God that He wants to create on earth.

Jesus shows us this in today's Gospel. His obedience to His earthly parents flows directly from His obedience to the will of His heavenly Father. Joseph and Mary aren't identified by name, but three times are called "his parents" and are referred to separately as his "mother" and "father." The emphasis is all on their "familial" ties to Jesus. But these ties are emphasized only so that Jesus, in the first words He speaks in Luke's Gospel, can point us beyond that earthly relationship to the Fatherhood of God.

In what Jesus calls "My Father's house," every family finds its true meaning and purpose (see Ephesians 3:15). The Temple we read about in the Gospel today is God's house, His dwelling (see Luke 19:46). But it's also an image of the family of God, the Church (see Ephesians 2:19-22; Hebrews 3:3-6; 10:21).

In our families we're to build up this household, this family, this living temple of God. Until He reveals His new dwelling among us, and says of every person: "I shall be his God and he will be My son" (see Revelation 21:3,7).

 

 

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Lecturas: Baruc 5, 1-9 Salmo 126, 1-6 Fiplipenses 1, 4-6, 8-11 Lucas 3, 1-6   El salmo de hoy nos pinta un escenario de ensueño: un camino lleno de antiguos cautivos, ahora liberados, que regresan a casa (Sión-Jerusalén), sus bocas llenas de risa y sus lenguas de cantos.   Es una estampa gloriosa del pasado de Israel, un “nuevo éxodo”: la liberación del exilio en Babilonia. El salmista la trae a la memoria en un momento de incertidumbre y ansiedad; pero no lo hace motivado por la nostalgia. Al recordar que, en el pasado, “el Señor ha hecho maravillas”, más bien hace un acto de fe y esperanza. Dios vendrá a Israel para socorrerle en su necesidad actual y hará cosas aún más grandes en el futuro.   Ese es el tema central de las lecturas del Adviento: recordar los hechos salvíficos de nuestro Dios, tanto en la historia de Israel como en la venida de Jesús. Esta remembranza pretende estimular nuestra fe y llenarnos de confianza sabiendo que, como dice la epístola de hoy, “quien inició en ustedes la Buena obra la irá consumando” hasta que Él venga de nuevo en su gloria.   La liturgia nos enseña que cada uno de nosotros, como Israel durante el exilio, es conducido a la cautividad por sus pecados, necesitado de salvación y conversión mediante la Palabra del Santo (cfr. Ba 5,5). Las lecciones que nos da la historia de la salvación nos  enseñan que, como Dios liberó una y otra vez a Israel, también en su misericordia nos liberará de nuestros afectos desordenados si, arrepentidos, volvemos a Él.   Ese es el mensaje de Juan, presentado en el Evangelio de hoy como el último de los grandes profetas (cfr. Jr 1, 1-4, 11). Pero Juan es mucho mayor que los profetas (cfr. Lc 7, 27). Él esta preparando el camino, no solo a la nueva redención de Israel, sino también para la salvación de “toda carne” (cfr. Hch 28, 28).   Juan cita a Isaías (cfr. 40, 3) para decirnos que ha venido a construirnos un camino a casa; una senda que nos saca del desierto del pecado y de la alineación. Un camino por el cual  seguiremos a Jesús y peregrinaremos alegremente, sabiendo que Dios nos recuerda, como dice la primera lectura de hoy.

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Reflecting on the legacy of Saint John Paul II, Scott Hahn challenges us to stop thinking of the New Evangelization as just another program, and instead think of it as a way of life, both for the Church and for individuals.

“The Church exists to evangelize,” Hahn reminds us.  He also stresses the importance of living every moment as a witness.

“Our friendship with others is where someone will potentially encounter Christ and the Catholic Faith,” he explains.

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The Catholic Understanding of the Mystical Body of Christ, embodied in the Church and revealed anew in the Holy Eucharist, comes directly from the Bible, according to Dr. Scott Hahn. He places the Last Supper in the context of the Jewish Passover Seder liturgy.

By explaining the significance of the drinking of the fourth and final cup in the Old Testament Passover meal ceremony, Dr. Hahn draws a symbolic parallel to Christ’s death on the Cross. It is an exciting concept, that will help viewers discover a whole new dimension to Holy Mass, and the relationship of the Last Supper to the Eucharistic celebration.

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Leviticus 19:1–2, 17–18

Psalm 103:1–4, 8, 10, 12–13

1 Corinthians 3:16–23

Matthew 5:38–48

We are called to the holiness of God. That is the extraordinary claim made in both the First Reading and Gospel this Sunday.

Yet how is possible that we can be perfect as our Father in heaven is perfect?

Jesus explains that we must be imitators of God as his beloved children (Eph. 5:1–2).

As God does, we must love without limit—with a love that does not distinguish between friend and foe, overcoming evil with good (see Rom. 12:21).

Jesus himself, in his Passion and death, gave us the perfect example of the love that we are called to.

He offered no resistance to the evil—even though he could have commanded twelve legions of angels to fight alongside him. He offered his face to be struck and spit upon. He allowed his garments to be stripped from him. He marched as his enemies compelled him to the Place of the Skull. On the cross he prayed for those who persecuted him (see Matt. 26:53–54, 67; 27:28, 32; Luke 23:34).

In all this he showed himself to be the perfect Son of God. By his grace, and through our imitation of him, he promises that we too can become children of our heavenly Father.

God does not deal with us as we deserve, as we sing in this week’s Psalm. He loves us with a Father’s love. He saves us from ruin. He forgives our transgressions.

He loved us even when we had made ourselves his enemies through our sinfulness. While we were yet sinners, Christ died for us (see Rom. 5:8).

We have been bought with the price of the blood of God’s only Son (see 1 Cor. 6:20). We belong to Christ now, as St. Paul says in this week’s Epistle. By our baptism, we have been made temples of his Holy Spirit.

And we have been saved to share in his holiness and perfection. So let us glorify him by our lives lived in his service, loving as he loves. 

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A great talk given by St. Paul Center Senior Fellow Dr. Michael Barber at this year's Fullness of Truth Conference.


Scott Hahn and Gus Lloyd aired on WBVM Spirit 90.5, 6/15/99)

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Prepare your heart to celebrate the Scared Triduum with “The Hour” an interview with Scott Hahn on the Paschal Mystery.

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On the feast of St. Benedict (d. 543 AD), take a few minutes to listen to Mike Aquilina discuss the life of this giant of the Catholic Faith the founder of western monastacism, emphasizing prayer, work, study and contemplation.

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John Bergsma and Michael Barber discuss the role of the Bible in Catholic Theology, highlighting a new document from the International Theological Commission.


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