St. Paul Center for Biblical Theology

 

Lecturas

2 Macabeos 7,1-2. 9-14

Salmo 17,1.5-6.8.15

2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Lucas 20,27-38

Con una adivinanza sobre siete hermanos y una viuda sin hijos, los Saduceos del Evangelio de hoy se burlan de la fe por la que siete hermanos y su madre mueren en la primera lectura.

Los mártires macabeos, antes que traicionar la Ley de Dios, escogieron la muerte: fueron torturados y después quemados vivos. Su historia se nos da en estas últimas semanas del año litúrgico para fortalecernos y hacernos más resistentes; para que nuestros pies no vacilen sino se mantengan firmes en el seguimiento de Cristo.

Los macabeos murieron confiados en que el “Rey del Universo” los levantaría de nuevo y para siempre a la vida (cf. 2 Mc 14,46).

Los Saduceos no creen en la resurrección porque no encuentran literalmente esa enseñanza en las Escrituras. Para ridiculizar esta creencia, manipulan una ley que indicaba que una mujer debía casarse con el hermano de su esposo, si éste fallecía y no dejaba herederos (cf. Gn 38,8; Dt 25,5).

Pero esa ley de Dios no había sido dada para asegurar la descendencia a padres terrenos, sino–como Jesús explica- para hacernos dignos de ser “hijos e hijas de Dios”, engendrados por su Resurrección.

 “Dios nuestro Padre”, nos dice la epístola de hoy, nos ha dado “consolación eterna” en la Resurrección de Cristo. Por su gracia podemos ahora dirigir nuestros corazones al amor de Dios.

Como los Macabeos sufrieron por la Antigua Ley, nosotros tendremos que sufrir por nuestra fe en la Nueva Alianza. Sin embargo, Dios nos cobijará bajo la sombra de sus alas, nos mantendrá en la niña de sus ojos, como cantamos en el salmo de hoy.

Los perseguidores de los macabeos se maravillaron ante su valentía. También nosotros podemos glorificar al Señor en nuestros sufrimientos y pequeños sacrificios de cada día.

Y nuestra razón para confiar es todavía mayor que la de ellos. Uno que ha sido levantado de la muerte nos ha dado su palabra: que Él es Dios de vivos; que cuando despertemos del sueño de la muerte contemplaremos su rostro, seremos felices en su presencia (cf. Sal 76,6; Dn 12,2).

Category:general -- posted at: 12:19pm EDT

Readings:
2 Maccabees 7:1-2, 9-14
Psalm 17:1,5-6,8,15
2 Thessalonians 2:16-3:5
Luke 20:27-38

With their riddle about seven brothers and a childless widow, the Sadducees in today's Gospel mock the faith for which seven brothers and their mother die in the First Reading.

The Maccabean martyrs chose death - tortured limb by limb, burned alive - rather than betray God's Law. Their story is given to us in these last weeks of the Church year to strengthen us for endurance - that our feet not falter but remain steadfast on His paths.

The Maccabeans died hoping that the "King of the World" would raise them to live again forever (see 2 Maccabees 14:46).

The Sadducees don't believe in the Resurrection because they can't find it literally taught in the Scriptures. To ridicule this belief they fix on a law that requires a woman to marry her husband's brother if he should die without leaving an heir (see Genesis 38:8; Deuteronomy 25:5).

But God's Law wasn't given to ensure the raising up of descendants to earthly fathers. The Law was given, as Jesus explains, to make us worthy to be "children of God" - sons and daughters born of His Resurrection.

"God our Father," today's Epistle tells us, has given us "everlasting encouragement" in the Resurrection of Christ. Through His grace, we can now direct our hearts to the love of God.

As the Maccabeans suffered for the Old Law, we will have to suffer for our faith in the New Covenant. Yet He will guard us in the shadow of His wing, keep us as the apple of His eye, as we sing in today's Psalm.

The Maccabeans' persecutors marveled at their courage. We too can glorify the Lord in our sufferings and in the daily sacrifices we make.

And we have even greater cause than they for hope. One who has risen from the dead has given us His word - that He is the God of the living, that when we awake from the sleep of death we will behold His face, be content in His presence (see Psalm 76:6; Daniel 12:2).

Direct download: C_32_Ordinary.mp3
Category:Sunday Bible Reflections -- posted at: 12:12pm EDT


Readings: 
Wisdom 11:22-12

1 Psalm 145:1-2, 8-11, 13-14
2 Thessalonians 1:11-2:2
Luke 19:1-10

Our Lord is a lover of souls, the Liturgy shows us today. As we sing in today's Psalm, He is slow to anger and compassionate towards all that He has made.

In His mercy, our First Reading tells us, He overlooks our sins and ignorance, giving us space that we might repent and not perish in our sinfulness (see Wisdom 12:10; 2 Peter 3:9).

In Jesus, He has become the Savior of His children, coming himself to save the lost (see Isaiah 63:8-9; Ezekiel 34:16).

In the figure of Zacchaeus in today's Gospel, we have a portrait of a lost soul. He is a tax collector, by profession a "sinner" excluded from Israel's religious life. Not only that, he is a "chief tax collector." Worse still, he is a rich man who has apparently gained his living by fraud.

But Zacchaeus' faith brings salvation to his house. He expresses his faith in his fervent desire to "see" Jesus, even humbling himself to climb a tree just to watch Him pass by. While those of loftier religious stature react to Jesus with grumbling, Zacchaeus receives Him with joy.

Zacchaeus is not like the other rich men Jesus meets or tells stories about (see Luke 12:16-21; 16:19-31; 18:18-25). He repents, vowing to pay restitution to those he has cheated and to give half of his money to the poor.

By his humility he is exalted, made worthy to welcome the Lord into his house. By his faith, he is justified, made a descendant of Abraham (see Romans 4:16-17).

As He did last week, Jesus is again using a tax collector to show us the faith and humility we need to obtain salvation.

We are also called to seek Jesus daily with repentant hearts. And we should make our own Paul's prayer in today's Epistle: that God might make us worthy of His calling, that by our lives we might give glory to the name of Jesus.

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Category:Sunday Bible Reflections -- posted at: 10:08am EDT

 

Lecturas:

2 Reyes 5, 14-17

Salmo 98,1-4

2 Timoteo 2,8-13

Lucas 17,11-19

Un leproso extranjero es curado y, en acción de gracias, regresa ofreciendo homenaje al Dios de Israel. Esa es la historia que escuchamos, tanto en la primera lectura como en el Evangelio de hoy.

Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Elías, pero sólo Naamán el sirio creyó en la palabra de Dios y fue sanado (cfr. Lc 5,12-14). Del mismo modo, el Evangelio de hoy da a entender que la mayoría de los diez leprosos curados por Jesús era israelita, pero solamente un extranjero, el samaritano, regresó a agradecerle.

Hoy se nos muestra, de modo dramático, cómo la fe ha sido constituida camino de salvación, ruta por la cual todas las naciones se unirán al Señor, convirtiéndose en sus siervos, congregados con los Israelitas en un solo pueblo escogido de Dios: la Iglesia (cfr. Is 56,3-8).

El salmo de hoy también ve más allá, al día cuando todos los pueblos verán lo que Naamán veía: que no hay otro Dios en la tierra más que el Dios de Israel.

En el Evangelio de hoy vemos ese día llegar. El leproso samaritano es la única persona en el Nuevo Testamente que le agradece personalmente a Jesús. La palabra griega usada para describir su “dar gracias” es la misma que traducimos como “Eucaristía”.

Y estos leprosos de hoy nos revelan las dimensiones interiores de la Eucaristía y la vida sacramental. También nosotros hemos sido sanados mediante la fe en Jesús. Así como la carne de Naamán se hace de nuevo semejante a la de un niño pequeño, nuestras almas han quedando limpias de pecado en las aguas del Bautismo. Experimentamos esta purificación continuamente en el sacramento de la Penitencia, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, imploramos y recibimos la misericordia de nuestro Maestro Jesús.

En cada misa regresamos a glorificar a Dios para ofrecernos en sacrificio; nos arrodillamos ante nuestro Señor, dando gracias por nuestra salvación.

En esta Eucaristía recordamos a “Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David”, el rey de la alianza de Israel. Y rezamos, como San Pablo en la epístola de hoy, para perseverar en esta fe, para que también nosotros vivamos y reinemos con Él en gloria eterna.

Category:general -- posted at: 11:37am EDT

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