St. Paul Center for Biblical Theology

Readings:
Isaiah 45:1,4-6
Psalm 96:1,3-5, 7-10
1 Thessalonians 1:1-5
Matthew 22:15-21

The Lord is king over all the earth, as we sing in today's Psalm. Governments rise and fall by His permission, with no authority but that given from above (see John 19:11; Romans 13:1).

In effect, God says to every ruler what he tells King Cyrus in today's First Reading: "I have called you . . . though you knew me not."

The Lord raised up Cyrus to restore the Israelites from exile, and to rebuild Jerusalem (see Ezra 1:1-4). Throughout salvation history, God has used foreign rulers for the sake of His chosen people. Pharaoh's heart was hardened to reveal God's power (see Romans 9:17). Invading armies were used to punish Israel's sins (see 2 Maccabees 6:7-16).

The Roman occupation during Jesus' time was, in a similar way, a judgment on Israel's unfaithfulness. Jesus' famous words in today's Gospel: "Repay to Caesar" are a pointed reminder of this. And they call us, too, to keep our allegiances straight.

The Lord alone is our king. His kingdom is not of this world (see John 18:36) but it begins here in His Church, which tells of His glory among all peoples. Citizens of heaven (see Philippians 3:20), we are called to be a light to the world (see Matthew 5:14) - working in faith, laboring in love, and enduring in hope, as today's Epistle counsels.

We owe the government a concern for the common good, and obedience to laws - unless they conflict with God's commandments as interpreted by the Church (see Acts 5:29).

But we owe God everything. The coin bears Caesar's image. But we bear God's own image (see Genesis 1:27). We owe Him our very lives - all our heart, mind, soul, and strength, offered as a living sacrifice of love (see Romans 12:1-2).

We should pray for our leaders, that like Cyrus they do God's will (see 1 Timothy 2:1-2) - until from the rising of the sun to its setting, all humanity knows that Jesus is Lord.

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Category:general -- posted at: 12:00pm EDT

Lecturas:
Isaías 45, 1.4-6
Salmo 96, 1.3-5.7-10
1 Tesalonicenses 1, 1-5
Mateo 22, 15-21

El Señor es el rey de toda la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo. Los gobiernos ascienden y caen con su permiso, y no tienen más autoridad que la que les ha sido dada desde arriba (cf. Jn 19,11; Rm 13,1).

En efecto, Dios le dice a todo gobernante lo que hoy le dice al rey Ciro en la primera lectura: “Te he llamado…aunque no me conocías”.

El Señor ha levantado a Ciro para restablecer a los israelitas desde el exilio, y para reconstruir Jerusalén (cf. Esd 1,1-4). A lo largo de la historia de la salvación, Dios ha utilizado gobernantes extranjeros para bien de su pueblo elegido. El corazón del faraón fue endurecido para revelar el poder de Dios (cf. Rm 9,17). Los ejércitos invasores fueron usados para castigar a Israel por sus pecados (cf. 2 M 6,7-16).

En modo parecido, la ocupación romana que existía en tiempo de Jesús era una sentencia por la falta de fe de Israel. Las famosas palabras de Cristo en el Evangelio de esta semana: “Dar al César lo que es del César” son un recordatorio de ello. Y esas mismas palabras nos llaman, también a nosotros, a mantener firme nuestra lealtad.

Sólo Dios es nuestro rey. Su reino no es de este mundo (cf. Jn 18,36) pero comienza aquí en su Iglesia, que habla de su gloria entre todos los pueblos. Ciudadanos del cielo (cf. Flp 3,20), estamos llamados a ser luz para el mundo (cf. Mt 5,14), activos en la fe, esforzados en el amor y pacientes en la esperanza, como aconseja la epístola de hoy.

A nuestro gobierno le debemos la preocupación por el bien común y la obediencia a las leyes, siempre y cuando no entren en conflicto con los mandamientos de Dios interpretados por la Iglesia (cf. Hch 5,29).

Pero a Dios le debemos todo. La moneda lleva la imagen del César. Pero nosotros llevamos la imagen misma de Dios (cf. Gn 1,27). A Él le debemos nuestras vidas: nuestro corazón, mente, alma y fortaleza ofrecidos como sacrificio vivo de amor (cf. Rm 12,1-2).

Deberíamos rezar por nuestros líderes, que como Ciro hacen la voluntad de Dios (cf. 1Tm 2,1-2), hasta que desde el alba hasta el ocaso, toda la humanidad sepa que Jesús es el Señor.

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