St. Paul Center for Biblical Theology

Lecturas:
Isaías 63,16-17.19; 64,2–7
Salmo 80, 2-3.15-16.18-19
1 Corintios 1, 3-9
Marcos 13, 33-37

El nuevo año de la Iglesia comienza con una petición de la visita de Dios: “¡Oh, si rasgases los cielos y bajases!”, clama el profeta Isaías en la primera lectura del domingo.

También en el salmo de hoy escuchamos la voz angustiada de Israel, que le implora a Dios mirar abajo desde su trono celestial, para salvar y pastorear a su pueblo.

Las lecturas de esta semana son relativamente breves. Su lenguaje y “mensaje” son aparentemente sencillos. Pero debemos advertir el tono grave y el aspecto penitencial de la Liturgia de hoy, en la que el pueblo de Israel reconoce su pecaminosidad, su fracaso en guardar la alianza de Dios, su incapacidad para salvarse a sí mismo.

Y nosotros, en este tiempo de adviento, también deberíamos ver nuestra propia vida en la experiencia de Israel. Al examinar nuestra conciencia, ¿no encontramos acaso que con frecuencia endurecemos nuestro corazón, rechazamos su ley, nos apartamos de sus caminos, le retenemos nuestro amor?

Dios es fiel, nos recuerda San Pablo en la epístola de esta semana. Él es nuestro Padre. Él ha escuchado el grito de sus hijos y ha descendido del cielo por el bien de Israel y por el nuestro; para rescatarnos de nuestro exilio de Dios, para restaurarnos a su amor.

En Jesús hemos visto al Padre (cf. Jn 14,8-9). El Padre ha hecho brillar su rostro sobre nosotros. Él es el buen pastor (cf. Jn 10, 11-15) venido para guiarnos al reino celestial. No importa qué tan lejos nos hayamos extraviado: Él nos dará una nueva vida si nos volvemos a Él, si apelamos a su santo Nombre, si prometemos de nuevo que nunca nos alejaremos de Él.

Como San Pablo dice esta semana, Él nos ha dado cada don espiritual –sobre todo la Eucaristía y la Penitencia- para fortalecernos mientras esperamos la última venida de Cristo. Él nos mantendrá firmes hasta el final… si se lo permitimos.

Por tanto, en este tiempo de arrepentimiento, debemos prestar atención a la advertencia que nuestro Señor repite tres veces en el Evangelio de esta semana, vigilar, pues no sabemos la hora en que regresará el Señor de la casa.

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