St. Paul Center for Biblical Theology

>Readings:
Jonah 3:1-5,10
Psalm 25:4-9
1 Corinthians 7:29-31
Mark 1:14-20

The calling of the brothers in today's Gospel evokes Elisha's commissioning by the prophet Elijah (see 1 Kings 19:19-21).

As Elijah comes upon Elisha working on his family's farm, so Jesus sees the brothers working by the seaside. And as Elisha left his mother and father to follow Elijah, so the brothers leave their father to come after Jesus.

Jesus' promise - to make them "fishers of men" - evokes Israel's deepest hopes. The prophet Jeremiah announced a new exodus in which God would send "many fishermen" to restore the Israelites from exile, as once He brought them out of slavery in Egypt (see Jeremiah 16:14-16).

By Jesus' cross and resurrection, this new exodus has begun (see Luke 9:31). And the apostles are the first of a new people of God, the Church - a new family, based not on blood ties, but on belief in Jesus and a desire to do the Father's will (see John 1:12-13; Matthew 12:46-50).

From now on, even our most important worldly concerns - family relations, occupations, and possessions - must be judged in light of the gospel, Paul says in today's Epistle.

The first word of Jesus' gospel - repent - means we must totally change our way of thinking and living, turning from evil, doing all for the love of God.

And we should be consoled by Nineveh's repentance in today's First Reading. Even the wicked Nineveh could repent at Jonah's preaching. And in Jesus we have a greater than Jonah (see Matthew 12:41). We have God come as our savior, to show sinners the way, as we sing in today's Psalm. This should give us hope - that loved ones who remain far from God will find compassion if they turn to Him.

But we, too, must continue along the path of repentance - striving daily to pattern our lives after His.

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Lecturas:
Jonás 3:1-5, 10
Salmo 25:4-9
1Corintos 7:29-31
Marcos 1:14-20

La llamada de los hermanos en el evangelio de hoy nos hace recordar la comisión que Eliseo recibió del profeta Elías (cfr. 1 Reyes 19:19-21).

Así como Elías encuentra a Eliseo trabajando en la hacienda de sus papas, Jesús ve a los hermanos trabajando a orillas del mar. Y como Eliseo dejó a su padre y a su madre para seguir a Elías, así los apóstoles dejaron a su padre para seguir a Jesús.

La promesa de Jesús, a hacerlos “pescadores de hombres” hace eco de las esperanzas más profundas de Israel. El profeta Jeremías anunció un nuevo éxodo en el cual Dios mandaría “muchos pescadores” para repatriar a los israelitas exilados, como cuando El mismo los liberó de la esclavitud en Egipto.

Jesús, por medio de su cruz y resurrección, ha iniciado este nuevo éxodo. Y los apóstoles son las primicias de un nuevo pueblo de Dios, la Iglesia—una nueva familia, basada no en lazos de sangre sino en creer en Jesús y en el deseo de hacer la voluntad del Padre (cfr. Juan 1:12-13; Mateo 12:46-50).

De ahora en más, dice San Pablo en la epístola de este domingo, hasta nuestras más importantes preocupaciones mundanas- relaciones familiares, trabajos, y posesiones, deben serán juzgadas a la luz del evangelio.

La primera palabra del evangelio de Jesús: “Arrepiéntanse” quiere decir que necesitamos cambiar totalmente nuestra manera de pensar y vivir, renunciar al mal y hacer todo por amor a Dios.

El arrepentimiento de Nínive, que escuchamos en la primera lectura de hoy, debiera servirnos de consuelo. Aún la pervertida Nínive fue capaz de arrepentirse por medio de la prédica de Jonás).

En Jesús tenemos a uno más grande que Jonás (cfr. Mateo 12:41). Dios mismo ha venido a salvarnos, a enseñar su camino a los pecadores, como cantamos en el salmo de hoy. Esto debería darnos esperanza—nuestros seres queridos, que están en este momento alejados de Dios, si tornan a El, encontrarán su compasión.

Y por supuesto, nosotros también tenemos que perseverar en el camino del arrepentimiento, esforzándonos diariamente a modelar nuestras vidas siguiendo el ejemplo de Jesús.

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Lecturas:
1 Samuel 3, 3-10.19
Salmo 40, 2.4.7-10
1 Corintios 6, 3-15.17-20
Juan 1,35-42

En las llamadas de Samuel y del prim¬ero de los Apóstoles, las lecturas de este domingo nos dan luz sobre nues¬tra propia vocación de seguidores de Cristo.

En el Evangelio, hay que notar que los discípulos de Juan están preparados para escuchar la llamada de Dios. Ellos ya están buscando al Mesías, por lo tanto confían en la palabra de Juan y le comprenden cuando él les señala al Cordero de Dios que pasa a su lado.

También Samuel está a la espera del Señor: duerme cerca del Arca de la Alianza, donde mora la gloria de Dios, y recibe instrucción de Elí, el sumo sacerdote

Samuel escuchó la palabra de Dios y el Señor estaba con él. Y Samuel, por su palabra, convirtió a todo Israel al Señor (cf. 1S 3,21; 7,2-3). También los discípulos escucharon y siguieron las palabras que escuchamos continuamente en el Evangelio dominical. Ellos permanecieron con el Señor y por su testimonio, otros se acercaron a Él.

Estos pasajes de la historia de la salvación deberían darnos la fuerza necesaria para que abracemos la voluntad de Dios y sigamos su llamado en nuestras vidas.

Dios está llamando constante¬mente a cada uno de nosotros: lo llama por su nombre, personalmente (cf. Is 43,1; Jn 10,3). Quiere que lo busquemos por amor, que anhelemos su Palabra (cf. Sb 6,11-12). Como lo hicieron los apóstoles, debemos desear siempre estar donde el Señor está; para buscar su rostro constantemente.

Como nos dice San Pablo en la epístola del domingo, no somos dueños de nosotros mismos pues pertenecemos al Señor.

Debemos abrir nuestros oídos a la obediencia y escribir su Palabra en nuestro corazón. Hemos de confiar en la promesa del Señor: si venimos a Él con fe, Él será misericordioso con nosotros (cf. Jn 15,14; 14,21-23) y nos levantará con su poder. Y nosotros debemos reflejar en nuestras vidas el amor que nos ha mostrado, para que también otros puedan encontrar al Mesías.

Mientras renovamos las promesas de nuestro discipulado en esta Eucaristía, acerquémonos al altar entonando el nuevo canto del salmo dominical: “Aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad”.

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Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Salmo 72, 1-12,7-8, 10-13
Efesios 3, 2-3,5-6
Mateo 2, 1-12

Una “epifanía” es una manifestación. Las lecturas de este domingo, donde vemos estrellas que se alzan, luces es¬plendorosas y misterios revelados, nos presentan también el rostro del Niño que nació el día de Navidad.

En el Evangelio, Herodes pregunta a los jefes de los sumos sacerdotes y escribas dónde ha de nacer el Mesías. La respuesta que Mateo pone en sus labios dice mucho más, ya que combina dos promesas del Antiguo Testamento: una de ellas revela que el Mesías será descendiente de David (cfr. 2 S 5,2); la otra, predice la llegada de un “gobernador de Israel”, que “apacentará su rebaño” y cuya majestad alcanzará “hasta los confines de la tierra” (Mi 5, 1-3).

Esas promesas, referentes a un rey de Israel que gobierna las naciones, resuenan también en el Salmo de este domingo (que celebra al hijo de David, Salomón). Su reino, cantamos, alcanzará los confines de la tierra; y los reyes de la tierra le rendirán homenaje. Esa es la escena que presenta también la primera lectura, en la que los pueblos que vienen del este presentan oro e incienso al rey de Israel.

La peregrinación de los Magos que nos describe el Evangelio del domingo, marca el cumplimiento de las promesas de Dios. Éstos, probablemente astrólogos persas, siguen la estrella que, según predijo Balaam, se alzaría como un cetro sobre la casa de Jacob (cfr. Nm 24, 17).

Su viaje, cargados de oro y perfumes, evoca el que hicieron la reina de Sabá y los “reyes de la tierra” en pos de Salomón (cfr. 1 R 10, 2.25; 2 Cr 9,24). Es interesente observar que las únicas citas bíblicas donde se mencionan juntos el incienso y la mirra, se encuentran en el Cantar de los Cantares, un libro que refiere a Salomón (cfr. Ct 3,6; 4,6.14).

Alguien más grande que Salomón está aquí (cfr. Lc 11,31). Ha venido a revelar que todas las personas son coherederas de la familia real de Israel, como enseña la epístola de este domingo.

La manifestación de Cristo nos fuerza a tomar una decisión: ¿Seguiremos las señales que nos guían hacia Él, como lo hicieron los Magos? ¿O seremos como esos sacerdotes y escribas, que dejaron que las palabras de Dios se volvieran letras muertas entre pergaminos antiguos?

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Readings:
1 Samuel 3:3-10,19
Psalm 40:2,4,7-10
1 Corinthians 6:13-15,17-20
John 1:35-42

In the call of Samuel and the first Apostles, today's Readings shed light on our own calling to be followers of Christ.

Notice in the Gospel today that John's disciples are prepared to hear God's call. They are already looking for the Messiah, so they trust in John's word and follow when he points out the Lamb of God walking by.

Samuel is also waiting on the Lord - sleeping near the Ark of the Covenant where God's glory dwells, taking instruction from Eli, the high priest.

Samuel listened to God's word and the Lord was with him. And Samuel, through his word, turned all Israel to the Lord (see 1 Samuel 3:21; 7:2-3). The disciples too, heard and followed - words we hear repeatedly in today's Gospel. They stayed with the Lord and by their testimony brought others to the Lord.

These scenes from salvation history should give us strength to embrace God's will and to follow His call in our lives.

God is constantly calling to each of us - personally, by name (see Isaiah 43:1; John 10:3). He wants us to seek Him in love, to long for His word (see Wisdom 6:11-12). We must desire always, as the apostles did, to stay where the Lord stays, to constantly seek His face (see Psalm 42:2).

For we are not our own, but belong to the Lord, as Paul says in today's Epistle.

We must have ears open to obedience, and write His word within our hearts. We must trust in the Lord's promise - that if we come to Him in faith, He will abide with us (see John 15:14; 14:21-23), and raise us by His power. And we must reflect in our lives the love He has shown us, so that others too may find the Messiah.

As we renew our vows of discipleship in this Eucharist, let us approach the altar singing the new song of today's Psalm: "Behold I come . . . to do your will O God."

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Readings:
Isaiah 60:1-6
Psalm 72:1-2,7-8, 10-13
Ephesians 3:2-3,5-6
Matthew 2:1-12

Today the child born on Christmas is revealed to be the long-awaited king of the Jews.

As the priests and scribes interpret the prophecies in today's Gospel, he is the ruler expected from the line of King David, whose greatness is to reach to the ends of the earth (see Micah 5:1-3; 2 Samuel 5:2).

Jesus is found with His mother, as David's son, Solomon, was enthroned alongside his Queen Mother (see 1 Kings 2:19). And the magi come to pay Him tribute, as once kings and queens came to Solomon (see 1 Kings 10:2,25).

His coming evokes promises that extend back to Israel's beginnings.

Centuries before, an evil king seeking to destroy Moses and the Israelites had summoned Balaam, who came from the East with two servants. But Balaam refused to curse Israel, and instead prophesied that a star and royal staff would arise out of Israel and be exalted above all the nations (see Numbers 22:21; 23:7; 24:7,17).

This is the star the three magi follow. And like Balaam, they too, refuse to be tangled in an evil king's scheme. Their pilgrimage is a sign - that the prophesies in today's First Reading and Psalm are being fulfilled. They come from afar, guided by God's light, bearing the wealth of nations, to praise Israel's God.

We celebrate today our own entrance into the family of God, and the fulfillment of God's plan that all nations be united with Israel as co-heirs to His Fatherly blessings, as Paul reveals in today's Epistle.

We too, must be guided by the root of David, the bright morning star (see Revelation 22:16), and the light of the world (see Isaiah 42:6; John 8:12).

As the magi adored Him in the manger, let us renew our vow to serve Him, placing our gifts - our intentions and talents - on the altar in this Eucharist. We must offer to Him our very lives in thanksgiving. No lesser gift will suffice for this newborn King.

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Lecturas:
Sirácida 3,2-6.12-14
Salmo 128, 1-5
Colosenses 3,12-21
Lucas 2, 22-40

¿Porqué Jesús escoge ser el bebé de una madre y un padre, y pasar casi toda su vida –excepto sus últimos años- en una familia humana ordinaria? En parte, para revelar el plan de Dios, de que todos vivan como una “familia santa” en su Iglesia (cf. 2Co 6,16-18). En la Sagrada Familia de Jesús, María y José, Dios revela nuestro verdadero hogar. Tenemos que vivir como sus hijos, “elegidos, santos y queridos,” como dice la Segunda Lectura.

Los consejos familiares que escuchamos en las lecturas de esta semana –para madres, padres e hijos- son todos prácticos y formales. Los hogares felices son fruto de nuestra fidelidad al Señor, cantamos en el salmo de hoy.

Pero la Liturgia nos invita a más: a ver que al cumplir nuestras obligaciones y relaciones familiares, nuestras familias se convierten en heraldos de la familia de Dios; esa que Él quiere crear en la tierra.

Eso es lo que observamos en el Evangelio del domingo. Es notorio que José y María no son identificados por su nombre, pero son llamados “sus padres” y también se hace referencia a ellos por separado como su “madre” y su “padre”. Se pone énfasis en los lazos familiares que los unen al “niño Jesús”.

Como el varón primogénito de su familia, Jesús es consagrado al Señor. Pero además es el Primogénito de la creación, el primogénito resucitado de entre los muertos, el predestinado a ser el primogénito de muchos hermanos (cf. Col 1,15; Rm 8,29). Por Él, por su sagrada familia, todas las familias del mundo serán bendecidas (cf. Ef 3,15).

También es significativo que toda la escena descrita tiene lugar en el Templo. El Templo, leemos ahí, es la casa de Dios, su morada (cf. Lc 19,46). Pero también es imagen de la familia de Dios: la Iglesia (cf. Ef 2,19-22; Hb 3,3-6; 10,21).

En nuestras familias hemos de construir este hogar, esta familia, este templo vivo de Dios. Hasta que Él nos revele su nueva morada entre nosotros y diga de cada persona: “Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí” (Ap 21,3.7).

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Readings:
Sirach 3:2-6,12-14
Psalm 128:1-2, 3, 4-5
Colossians 3:12-21
Luke 2:22-40

Why did Jesus choose to become a baby born of a mother and father and to spend all but His last years living in an ordinary human family? In part, to reveal God's plan to make all people live as one “holy family” in His Church (see 2 Corinthians 6:16-18).

In the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph, God reveals our true home. We're to live as His children, “chosen ones, holy and beloved,” as the First Reading puts it.

The family advice we hear in today's readings – for mothers, fathers and children – is all solid and practical. Happy homes are the fruit of our faithfulness to the Lord, we sing in today's Psalm. But the Liturgy is inviting us to see more, to see how, through our family obligations and relationships, our families become heralds of the family of God that He wants to create on earth.

Jesus shows us this in today's Gospel. His obedience to His earthly parents flows directly from His obedience to the will of His heavenly Father. Joseph and Mary aren't identified by name, but three times are called “his parents” and are referred to separately as his “mother” and “father.” The emphasis is all on their “familial” ties to Jesus. But these ties are emphasized only so that Jesus, in the first words He speaks in Luke's Gospel, can point us beyond that earthly relationship to the Fatherhood of God.

In what Jesus calls “My Father's house,” every family finds its true meaning and purpose (see Ephesians 3:15). The Temple we read about in the Gospel today is God's house, His dwelling (see Luke 19:46). But it's also an image of the family of God, the Church (see Ephesians 2:19-22; Hebrews 3:3-6; 10:21).

In our families we're to build up this household, this family, this living temple of God. Until He reveals His new dwelling among us, and says of every person: “I shall be his God and he will be My son” (see Revelation 21:3,7).

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Lecturas
2 Samuel 7,1-5.8-11.16
Salmo 89, 2-5.27.29
Romanos 16, 25-27
Lucas 1, 26-38

Lo que se le anuncia a María en el Evangelio de este domingo, es la revelación de todo lo que los profetas habían dicho. Es, como San Pablo declara en la epístola, el misterio mantenido en secreto desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,9; 3,3-9).

María es la virgen de la que se profetizó daría a luz un hijo de la casa de David (cf. Is 7,13-14). Y casi cada palabra de las que le dice hoy el ángel evoca y hace eco de la larga historia de la salvación registrada en la Biblia. María es saludada como la hija de Jerusalén llamada a alegrarse de que su rey, el Señor Dios, ha venido a su interior como salvador poderoso (cf. So 3,14-17).

Aquel que ha de nacer de María será Hijo del “Altísimo”. Éste es un antiguo título divino usado para describir al Dios del sacerdote-rey Melquisedec, quien presentó pan y vino para bendecir a Abraham, en los albores de la historia de la salvación (cf. Gn 14,18-19).

El cumplirá la alianza que Dios hace con su elegido, David, en la primera lectura del domingo. Como cantamos en el salmo, Él reinará por siempre como el mayor de los reyes de la tierra, y llamará a Dios “mi Padre”.

Su reino no tendrá fin, tal y como lo había contemplado Daniel, quien vio al Altísimo dar poder eterno al Hijo del Hombre (cf. Dn 4,14; 7,14). Él ha de gobernar sobre la “casa de Jacob” –título usado por Dios cuando hizo su alianza con Israel en el Sinaí (cf. Ex 19,3) y también al prometer que todas las naciones adorarían al Dios de Jacob (cf. Is 2,1-5).

Jesús se ha dado a conocer, nos dice San Pablo en la primera lectura, para traer todas las naciones a la obediencia de la fe. Nosotros en esta semana, con María, estamos llamados a maravillarnos por todo lo que Dios ha hecho a través de los siglos por nuestra salvación. Y también debemos responder a su anunciación con obediencia humilde, deseando que se haga su voluntad en nuestras vidas, según su Palabra.

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Readings
2 Samuel 7:1-5, 8-11,16
Psalm 89:2-5,27,29
Romans 16:25-27
Luke 1:26-38

What is announced to Mary in today's Gospel is the revelation of all that the prophets had spoken. It is, as Paul declares in today's Epistle, the mystery kept secret since before the foundation of the world (see Ephesians 1:9; 3:3-9).

Mary is the virgin prophesied to bear a son of the house of David (see Isaiah 7:13-14). And nearly every word the angel speaks to her today evokes and echoes the long history of salvation recorded in the Bible.

Mary is hailed as the daughter Jerusalem, called to rejoice that her king, the Lord God, has come into her midst as a mighty savior (see Zephaniah 3:14-17).

The One whom Mary is to bear will be Son of "the Most High" - an ancient divine title first used to describe the God of the priest-king Melchizedek, who brought out bread and wine to bless Abraham at the dawn of salvation history (see Genesis 14:18-19).

He will fulfill the covenant God makes with His chosen one, David, in today's First Reading. As we sing in today's Psalm, He will reign forever as highest of the kings of the earth, and He will call God, "my Father." As Daniel saw the Most High grant everlasting dominion to the Son of Man (see Daniel 4:14; 7:14), His kingdom will have no end.

He is to rule over the house of Jacob - the title God used in making His covenant with Israel at Sinai (see Exodus 19:3), and again used in promising that all nations would worship the God of Jacob (see Isaiah 2:1-5).

Jesus has been made known, Paul says today, to bring all nations to the obedience of faith. We are called with Mary today, to marvel at all that the Lord has done throughout the ages for our salvation. And we too, must respond to this annunciation with humble obedience - that His will be done, that our lives be lived according to His word.

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