St. Paul Center for Biblical Theology (general)

Readings:
Isaiah 25:6-10
Psalm 23:1-6
Philippians 4:12-14, 19-20
Matthew 22:1-14

Our Lord's parable in today's Gospel is again a fairly straightforward outline of salvation history.

God is the king (see Matthew 5:35), Jesus the bridegroom (see Matthew 9:15), the feast is the salvation and eternal life that Isaiah prophesies in today's First Reading. The Israelites are those first invited to the feast by God's servants, the prophets (see Isaiah 7:25). For refusing repeated invitations and even killing His prophets, Israel has been punished, its city conquered by foreign armies.

Now, Jesus makes clear, God has sending new servants, His apostles, to call not only Israelites, but all people - good and bad alike - to the feast of His kingdom. This an image of the Church, which Jesus elsewhere compares to a field sown with both wheat and weeds, and a fishing net that catches good fish and bad (see Matthew 13:24-43, 47-50).

We have all been called to this great feast of love in the Church, where, as Isaiah foretold, the veil that once separated the nations from the covenants of Israel has been destroyed, where the dividing wall of enmity has been torn down by the blood of Christ (see Ephesians 2:11-14).

As we sing in today's Psalm, the Lord has led us to this feast, refreshing our souls in the waters of baptism, spreading the table before us in the Eucharist. As Paul tells us in today's Epistle, in the glorious riches of Christ, we will find supplied whatever we need.

And in the rich food of His body, and the choice wine of His blood, we have a foretaste of the eternal banquet in the heavenly Jerusalem, when God will destroy death forever (see Hebrews 12:22-24).

But are we dressed for the feast, clothed in the garment of righteousness (see Revelation 19:8)? Not all who have been called will be chosen for eternal life, Jesus warns. Let us be sure that we're living in a manner worthy of the invitation we've received (see Ephesians 4:1).

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Lecturas:
Isaías 25, 6-10
Salmo 23, 1-6
Filipenses 4,12-14.19-20
Mateo 22,1-14

La parábola que Nuestro Señor nos da en el Evangelio de esta semana es nuevamente un claro compendio de la historia de la salvación.

Dios es el rey (cf. Mt 5,35), Jesús es el novio (cf. Mt 9,15), el banquete es la salvación y la vida eterna que Isaías profetiza en la primera lectura de este domingo. Los israelitas son los primeros que Dios ha invitado por medio de sus siervos, los profetas (cf. Is 7,25). Al rechazar continuamente las invitaciones de Dios, Israel ha sido castigado y su ciudad ha sido conquistada por ejércitos extranjeros.

Ahora, establece claramente Jesús, Dios ha enviado nuevos siervos, sus Apóstoles, para llamar no sólo a los israelitas, sino a todos los pueblos –buenos y malos- al banquete de su reino. Esa es una imagen de la Iglesia, a la que Jesús compara en otras partes con un campo sembrado de trigo y cizaña, o con una red de pesca en la que han caído tanto peces buenos como malos (cf. Mt 13,24-43; 47,50).

Hemos sido llamados a este gran banquete de amor en la Iglesia donde, como Isaías predijo, ha sido destruido el velo que una vez separó a las naciones de las alianzas de Israel; donde el muro divisorio de la enemistad ha sido derrumbado por la sangre de Cristo (cf. Ef 2,11-14).

Como cantamos en el salmo de esta semana, el Señor nos ha guiado a su banquete, ha refrescado nuestras almas con las aguas del bautismo, ha preparado la mesa ante nosotros en la Eucaristía. Como San Pablo nos dice en la epístola, en la espléndida riqueza de Cristo encontraremos satisfacción para cualquiera de nuestras necesidades. Y en el rico alimento de su Cuerpo, y el precioso vino que es su Sangre, pregustamos el banquete eterno de la Jerusalén celestial, en que Dios destruirá la muerte para siempre.

Pero, ¿llevamos un traje adecuado para el banquete?¿Estamos revestidos con prendas de justicia? (cf. Ap 19,8). Jesús advierte que no todos los llamados serán escogidos para la vida eterna. Asegurémonos de vivir en modo digno de la invitación que hemos recibido (cf. Ef 4,1).

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Isaiah 5:1-7
Psalm 80:9, 12-16, 19-20
Philippians 4:6-9
Matthew 21:33-43

In today's Gospel Jesus returns to the Old Testament symbol of the vineyard to teach about Israel, the Church, and the kingdom of God.

And the symbolism of today's First Reading and Psalm is readily understood.

God is the owner and the house of Israel is the vineyard. A cherished vine, Israel was plucked from Egypt and transplanted in a fertile land specially spaded and prepared by God, hedged about by the city walls of Jerusalem, watched over by the towering Temple. But the vineyard produced no good grapes for the wine, a symbol for the holy lives God wanted for His people. So God allowed His vineyard to be overrun by foreign invaders, as Isaiah foresees in the First Reading.

Jesus picks up the story where Isaiah leaves off, even using Isaiah's words to describe the vineyard's wine press, hedge, and watchtower. Israel's religious leaders, the tenants in His parable, have learned nothing from Isaiah or Israel's past. Instead of producing good fruits, they've killed the owner's servants, the prophets sent to gather the harvest of faithful souls.

In a dark foreshadowing of His own crucifixion outside Jerusalem, Jesus says the tenants' final outrage will be to seize the owner's son, and to kill him outside the vineyard walls.

For this, the vineyard, which Jesus calls the kingdom of God, will be taken away and given to new tenants - the leaders of the Church, who will produce its fruit.

We are each a vine in the Lord's vineyard, grafted onto the true vine of Christ (see John 15:1-8), called to bear fruits of the righteousness in Him (see Philippians 1:11), and to be the "first fruits" of a new creation (see James 1:18).

We need to take care that we don't let ourselves be overgrown with the thorns and briers of worldly anxiety. As today's Epistle advises, we need to fill our hearts and minds with noble intentions and virtuous deeds, rejoicing always that the Lord is near.

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Lecturas:
Isaías 5, 1-7
Salmo 80,9.12-16.19-20
Filipenses 4, 6-9
Mateo 21,33-43

Jesús, en el Evangelio de esta semana, utiliza de nuevo el símbolo veterotestamentario de la viña para instruir sobre Israel, la Iglesia y el reino de Dios. Es fácil también comprender el simbolismo de la primera lectura y el salmo.

Dios es el propietario y la casa de Israel es la viña. Como vid apreciada, Israel es arrancada de Egipto y trasplantada en una tierra fértil preparada especialmente por Dios; es cercada por las murallas de Jerusalén y vigilada por el imponente Templo. Pero la viña no produjo uvas buenas para vino, símbolo de las vidas santas que Dios esperaba de su pueblo. Por ello Dios permitió que fuera invadida por invasores extranjeros, como Isaías prevé en la primera lectura.

Jesús continúa la historia en donde la deja Isaías, incluso usando sus palabras para describir el lagar, la cerca y la torre. Los líderes religiosos de Israel, los labradores de esta parábola, no han aprendido nada de Isaías ni del pasado de Israel. En vez de producir buenos frutos, han matado a los servidores del propietario, los profetas enviados para reunir la cosecha: las almas fieles.

Como oscuro presagio de su propia crucifixión fuera de Jerusalén, Jesús dice que el ultraje final de los labradores será detener al hijo del propietario y matarlo fuera de las murallas de la viña.

Por esto la viña, a la que Jesús llama reino de Dios, les será quitada y le será entregada a nuevos labradores: los líderes de la Iglesia, que producirá sus frutos.

Cada uno de nosotros es una vid en la viña del Señor, injertada en la Vid verdadera que es Cristo (cf. Jn 15,1-8), llamado a llevar frutos de justicia en Él (cf. Flp 1,11) y a ser “primicia” de una nueva creación (cf. St 1,18).

Debemos cuidar el no dejarnos perdernos por las espinas y las zarzas que son las preocupaciones del mundo. Como advierte la epístola de hoy, hemos de llenar nuestro corazón y nuestra mente con intenciones nobles y acciones virtuosas, regocijándonos siempre por que el Señor está cerca.

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Lecturas
Isaías 55, 6-9
Salmo 145, 2-3.8-9.17-18
Filipenses 1, 20-24.27
Mateo 20,1-16

La casa de Israel es la viña de Dios que Él plantó y regó, preparando a los israelitas para dar frutos de justicia (cf. Is 5,7; 27,2-5).

Israel no produjo frutos buenos y el Señor permitió que su viña, el reino de Israel, fuera invadida por conquistadores (cf. Sal 80, 9-20). Pero Dios prometió que un día replantaría su viña y sus brotes florecerían hasta los confines de la tierra (cf. Am 9,15; Os 14, 5-10).

Esto es el trasfondo bíblico de la parábola de Jesús sobre la historia de la salvación que presenta el Evangelio de hoy. Dios es el dueño. La viña es el reino. Los trabajadores contratados al amanecer son los israelitas, los primeros a quienes Él ofreció su alianza. Los que son contratados después son los gentiles, los no israelitas, quienes hasta la venida de Cristo eran extraños a las alianzas y promesas (cf. Ef 2,11-13). En la gran misericordia de Dios, el mismo sueldo, las mismas bendiciones prometidas a los primeros llamados -los israelitas- serán pagados a los que fueron llamados por último, al resto de las naciones.

Estas palabras provocan murmuraciones en la parábola de hoy. Las quejas de esos primeros trabajadores, ¿no suenan acaso como las del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo? (cf. Lc 15,29-30). Los caminos de Dios, sin embargo, están lejos de los nuestros, como escuchamos en la primera lectura de hoy. Y las lecturas de hoy deberían prevenirnos contra la tentación de renegar de la generosa misericordia divina.

Como los gentiles, muchos serán admitidos al final para entrar en el reino, luego de pasar la mayoría de sus días holgazaneando en el pecado.

Pero incluso estos pueden acudir a Él y encontrarlo cerca, como cantamos en el salmo de este día. Debemos regocijarnos de que Dios tenga compasión hacia todos los que ha creado. Eso nos debería consolar, especialmente si somos de los que permanecen lejos de la viña.

Nuestra tarea consiste en seguir trabajando en su viña. Como San Pablo dice en la epístola de hoy, conduzcámonos dignamente luchando para que todo hombre y mujer alabe su Nombre.

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Lecturas:

Daniel 7, 9-10, 13-14
Salmo 97, 1-2, 5-6, 9
2 Pedro 1, 16-19
Matteo 17, 1-9

El evangelio de este domingo muestra cómo Cristo, mediante su Transfiguración,  revela su verdadera identidad en la cima de la montaña santa.

Situado en medio de Moisés y Elías, Jesús es el puente que une la Ley antigua,  los profetas y los salmos (Cfr. Lc 24, 24-27). Como Moisés, Jesús sube a la montaña con tres acompañantes cuyos nombres conocemos y contempla la gloria de Dios en una nube (Cfr. Ex 24, 1,9,15). Como Elías, Él también escucha la voz de Dios en la montaña (1R 19, 8-19).

Según la profecía, Elías tenía que regresar como heraldo del Mesías y de la Nueva Alianza con el Señor (Cfr. Ml 3,1, 23-24). Jesús se revela ahora como ese Mesías. Por su muerte y resurrección, como él lo dice en la intimidad a sus  apóstoles,  hace una Nueva Alianza con toda la Creación.

La voz majestuosa anuncia a Jesús como el mismo Hijo amado de Dios, en quien el Padre se complace (Cfr. S 2,7). Con esas palabras,  Dios nos permite asomarnos brevemente a su interior. En la nube que representa el Espíritu Santo, el Padre revela su amor hacia el Hijo y nos invita a compartir ese amor como hijos suyos bienamados.

Envuelto en las nubes del cielo, con sus vestiduras resplandecientes, Jesús es el Hijo del Hombre cuya entronización profetiza  Daniel en la primera lectura de este domingo.

Él es el rey, el Señor de toda la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo. Pero debemos preguntarnos,  ¿es también Cristo el Señor de nuestra mente y de nuestro corazón?

En el Evangelio de hoy, la última palabra que Dios dice desde el cielo es un mandato: “Escúchenlo” (Cfr. Dt 18, 15-19).

La palabra del Señor debería ser una luz que brilla en las tinieblas, como nos dice San Pedro en la segunda lectura. Sin embargo, ¿estamos realmente escuchando? ¿Ponemos atención a su Palabra cada día?

Dispongámonos nuevamente a escuchar.  Oigamos a Cristo como Palabra de vida; contemplémoslo como radiante Lucero del alba (Cfr. Ap 2, 28; 22,16) que aguarda el momento de levantarse en el interior de nuestros corazones.

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Lecturas:
Sabiduría 12,13.16–19
Salmo 86,5–6.9–10.15–16
Romanos 8, 26–27
Mateo 13, 24–43

Dios está siempre instruyendo a su pueblo, escuchamos en la primera lectura de esta semana.

¿Y qué quiere hacernos saber? Que se preocupa por todos nosotros; que aunque es un Dios de justicia, aún los que lo desafían y dudan de Él, pueden esperar en su misericordia si regresan a Él arrepentidos.

Esta enseñanza divina continúa en las tres parábolas que Jesús cuenta en el Evangelio de hoy. Cada una describe el surgimiento del reino de Dios de semillas sembradas por su trabajo y predicación. El reino crece de manera oculta—como la acción de la levadura en el pan, que es improbable, inesperada. De igual manera sucede con el gran árbol de mostaza, que crece de la más pequeña de las semillas.

Una vez más, las lecturas de esta semana cuestionan: ¿Porqué Dios permite al mal crecer al lado del bien? ¿Porqué permite que algunos rechacen la Palabra de su reino? Porque, como cantamos en el salmo dominical, Dios es lento a la cólera y rico en bondad.

Jesús nos asegura que es justo: Los malvados y los que inducen a otros al pecado, serán arrojados en el horno encendido al final de los tiempos. Pero por su paciencia Dios nos enseña que, sobre todo, desea arrepentimiento; y quiere reunir a todas las naciones para que lo adoren y glorifiquen su Nombre.

Aunque no sabemos orar como deberíamos, el Espíritu intercede por nosotros, nos promete San Pablo en la epístola dominical. Pero primero hemos de volver a Él y llamarlo; debemos comprometernos a dejar que la buena semilla de su Palabra dé frutos en nuestras vidas.

Por tanto, no debemos engañarnos ni descorazonarnos cuando vemos cizaña entre el trigo, verdad y santidad mezclada con error, injusticia y pecado.

Por ahora, Él hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 5,45). Pero la cosecha se acerca. Trabajemos para que seamos contados entre los hijos justos, que brillarán como el sol en el reino del Padre.

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Lecturas:
Éxodo 34, 4–6.8–9
Daniel 3, 52–56
2 Corintios 13, 11–13
Juan 3,16–18

Frecuentemente comenzamos la Misa con la oración tomada de la epístola de hoy: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes”. Alabamos al Dios que se ha revelado a Sí mismo como Trinidad, como comunión de personas.

La comunión con la Trinidad es la meta de nuestra adoración y el propósito de la historia de la salvación que comienza en la Biblia y continúa en la Eucaristía y en los sacramentos de la Iglesia.

En la primera lectura vemos los inicios de la autorevelación de Dios, cuando pasa frente a Moisés y proclama su nombre santo. Israel había pecado en adorar al becerro de oro (cf. Ex 32). Pero Dios no los condena a perecer, sino que proclama su misericordia y fidelidad a su alianza.

Dios amó a Israel como su primogénito entre las naciones (cf. Ex 4,22). Por medio de Israel—heredero de su alianza con Abraham—, Dios planeó revelarse como el Padre de todas las naciones (cf. Gn 22,18).

El recuerdo de la prueba de alianza que Dios pidió a Abraham—y la obediencia fiel de Abraham—es el trasfondo del Evangelio de este día. Al ordenarle a Abraham que le ofreciera su amado hijo único (cf, Gn 22,2.12.16), Dios nos estaba preparando para la más completa revelación de su amor por el mundo. Así como Abraham estaba dispuesto a ofrecer a Isaac, Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (cf. Rm 8,32).

Con ello reveló lo que sólo a Moisés fue descubierto parcialmente, que su bondad perdura por mil generaciones, que perdona nuestro pecado y nos toma de vuelta como pueblo de su propiedad (cf. Dt 4,20; 9,29).

Jesús se humilló a sí mismo hasta morir en obediencia a la voluntad de Dios. Y por esto, el Espíritu de Dios lo levantó de la muerte (cf. Rm 8,11) y le dio un nombre que está sobre todo nombre (cf. Fl 2,8–10).

Ese es el nombre que glorificamos en el salmo de hoy: el nombre de nuestro Señor, el Dios que es Amor (cf. 1Jn 4,8.16).

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Lecturas

2 Macabeos 7,1-2. 9-14

Salmo 17,1.5-6.8.15

2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Lucas 20,27-38

Con una adivinanza sobre siete hermanos y una viuda sin hijos, los Saduceos del Evangelio de hoy se burlan de la fe por la que siete hermanos y su madre mueren en la primera lectura.

Los mártires macabeos, antes que traicionar la Ley de Dios, escogieron la muerte: fueron torturados y después quemados vivos. Su historia se nos da en estas últimas semanas del año litúrgico para fortalecernos y hacernos más resistentes; para que nuestros pies no vacilen sino se mantengan firmes en el seguimiento de Cristo.

Los macabeos murieron confiados en que el “Rey del Universo” los levantaría de nuevo y para siempre a la vida (cf. 2 Mc 14,46).

Los Saduceos no creen en la resurrección porque no encuentran literalmente esa enseñanza en las Escrituras. Para ridiculizar esta creencia, manipulan una ley que indicaba que una mujer debía casarse con el hermano de su esposo, si éste fallecía y no dejaba herederos (cf. Gn 38,8; Dt 25,5).

Pero esa ley de Dios no había sido dada para asegurar la descendencia a padres terrenos, sino–como Jesús explica- para hacernos dignos de ser “hijos e hijas de Dios”, engendrados por su Resurrección.

 “Dios nuestro Padre”, nos dice la epístola de hoy, nos ha dado “consolación eterna” en la Resurrección de Cristo. Por su gracia podemos ahora dirigir nuestros corazones al amor de Dios.

Como los Macabeos sufrieron por la Antigua Ley, nosotros tendremos que sufrir por nuestra fe en la Nueva Alianza. Sin embargo, Dios nos cobijará bajo la sombra de sus alas, nos mantendrá en la niña de sus ojos, como cantamos en el salmo de hoy.

Los perseguidores de los macabeos se maravillaron ante su valentía. También nosotros podemos glorificar al Señor en nuestros sufrimientos y pequeños sacrificios de cada día.

Y nuestra razón para confiar es todavía mayor que la de ellos. Uno que ha sido levantado de la muerte nos ha dado su palabra: que Él es Dios de vivos; que cuando despertemos del sueño de la muerte contemplaremos su rostro, seremos felices en su presencia (cf. Sal 76,6; Dn 12,2).

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Lecturas:

2 Reyes 5, 14-17

Salmo 98,1-4

2 Timoteo 2,8-13

Lucas 17,11-19

Un leproso extranjero es curado y, en acción de gracias, regresa ofreciendo homenaje al Dios de Israel. Esa es la historia que escuchamos, tanto en la primera lectura como en el Evangelio de hoy.

Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Elías, pero sólo Naamán el sirio creyó en la palabra de Dios y fue sanado (cfr. Lc 5,12-14). Del mismo modo, el Evangelio de hoy da a entender que la mayoría de los diez leprosos curados por Jesús era israelita, pero solamente un extranjero, el samaritano, regresó a agradecerle.

Hoy se nos muestra, de modo dramático, cómo la fe ha sido constituida camino de salvación, ruta por la cual todas las naciones se unirán al Señor, convirtiéndose en sus siervos, congregados con los Israelitas en un solo pueblo escogido de Dios: la Iglesia (cfr. Is 56,3-8).

El salmo de hoy también ve más allá, al día cuando todos los pueblos verán lo que Naamán veía: que no hay otro Dios en la tierra más que el Dios de Israel.

En el Evangelio de hoy vemos ese día llegar. El leproso samaritano es la única persona en el Nuevo Testamente que le agradece personalmente a Jesús. La palabra griega usada para describir su “dar gracias” es la misma que traducimos como “Eucaristía”.

Y estos leprosos de hoy nos revelan las dimensiones interiores de la Eucaristía y la vida sacramental. También nosotros hemos sido sanados mediante la fe en Jesús. Así como la carne de Naamán se hace de nuevo semejante a la de un niño pequeño, nuestras almas han quedando limpias de pecado en las aguas del Bautismo. Experimentamos esta purificación continuamente en el sacramento de la Penitencia, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, imploramos y recibimos la misericordia de nuestro Maestro Jesús.

En cada misa regresamos a glorificar a Dios para ofrecernos en sacrificio; nos arrodillamos ante nuestro Señor, dando gracias por nuestra salvación.

En esta Eucaristía recordamos a “Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David”, el rey de la alianza de Israel. Y rezamos, como San Pablo en la epístola de hoy, para perseverar en esta fe, para que también nosotros vivamos y reinemos con Él en gloria eterna.

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Lecturas:

Deuteronomio 30,10-14

Salmo 69,14.17.30-31.33-34.36-37

Colosenses 1,15-20

Lucas 10,25-37

Debemos amar a Dios y a nuestro prójimo con toda la fuerza de nuestro ser, como el erudito de la Ley responde a Jesús en el Evangelio de esta semana.

Este mandamiento no es lejano o misterioso, sino que está escrito en nuestros corazones y en el libro de la Sagrada Escritura. Moisés dice sobre el en la primera lectura de esta semana: “Cúmplelo”.

Jesús le dice lo mismo a su interrogador: “Haz esto y vivirás”.

El letrado, sin embargo, quiere conocer hasta que punto le exige la ley. Eso es lo que le mueve a hacer la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”.

Con su compasión, el samaritano de la parábola de Jesús revela la misericordia infinita de Dios, que vino a nosotros cuando estábamos caídos en el pecado, cerca de la muerte, incapaces de levantarnos por nosotros mismos. 

Jesús es la “imagen del Dios invisible”, nos dice la epístola de esta semana. En Él, el amor de Dios se nos ha hecho muy cercano. “Por la sangre de su Cruz” -esto es, al cargar con los sufrimientos de su prójimo en su propio cuerpo; y al ser desnudado, golpeado y dado por muerto- nos libró de las ataduras del pecado, nos reconcilió con Dios y entre nosotros. 

Como el samaritano, Él paga por nosotros, nos sana de las heridas del pecado, derrama sobre nosotros el aceite y vino de los sacramentos, y nos confía al cuidado de su Iglesia hasta cuando regrese por nosotros.

Ya que su amor no conoce límites, el nuestro tampoco puede conocerlos. Hemos de amar como hemos sido amados; hemos de hacer por los demás lo que Él ha hecho por nosotros, reuniendo todas las cosas en su Cuerpo, la Iglesia.

Hemos de amar como el salmista de esta semana, como aquellos cuyas oraciones han sido escuchadas; como aquellos cuyas vidas han sido salvadas, han conocido el día de su favor y han visto la gran misericordia de Dios volverse hacia ellos.

Este es el amor que nos guía hacia la vida eterna, el mismo que Jesús exige al Escriba y a cada uno de nosotros: “Vete y haz tú lo mismo”.

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Reflecting on the legacy of Saint John Paul II, Scott Hahn challenges us to stop thinking of the New Evangelization as just another program, and instead think of it as a way of life, both for the Church and for individuals.

“The Church exists to evangelize,” Hahn reminds us.  He also stresses the importance of living every moment as a witness.

“Our friendship with others is where someone will potentially encounter Christ and the Catholic Faith,” he explains.

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The Catholic Understanding of the Mystical Body of Christ, embodied in the Church and revealed anew in the Holy Eucharist, comes directly from the Bible, according to Dr. Scott Hahn. He places the Last Supper in the context of the Jewish Passover Seder liturgy.

By explaining the significance of the drinking of the fourth and final cup in the Old Testament Passover meal ceremony, Dr. Hahn draws a symbolic parallel to Christ’s death on the Cross. It is an exciting concept, that will help viewers discover a whole new dimension to Holy Mass, and the relationship of the Last Supper to the Eucharistic celebration.

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Leviticus 19:1–2, 17–18

Psalm 103:1–4, 8, 10, 12–13

1 Corinthians 3:16–23

Matthew 5:38–48

We are called to the holiness of God. That is the extraordinary claim made in both the First Reading and Gospel this Sunday.

Yet how is possible that we can be perfect as our Father in heaven is perfect?

Jesus explains that we must be imitators of God as his beloved children (Eph. 5:1–2).

As God does, we must love without limit—with a love that does not distinguish between friend and foe, overcoming evil with good (see Rom. 12:21).

Jesus himself, in his Passion and death, gave us the perfect example of the love that we are called to.

He offered no resistance to the evil—even though he could have commanded twelve legions of angels to fight alongside him. He offered his face to be struck and spit upon. He allowed his garments to be stripped from him. He marched as his enemies compelled him to the Place of the Skull. On the cross he prayed for those who persecuted him (see Matt. 26:53–54, 67; 27:28, 32; Luke 23:34).

In all this he showed himself to be the perfect Son of God. By his grace, and through our imitation of him, he promises that we too can become children of our heavenly Father.

God does not deal with us as we deserve, as we sing in this week’s Psalm. He loves us with a Father’s love. He saves us from ruin. He forgives our transgressions.

He loved us even when we had made ourselves his enemies through our sinfulness. While we were yet sinners, Christ died for us (see Rom. 5:8).

We have been bought with the price of the blood of God’s only Son (see 1 Cor. 6:20). We belong to Christ now, as St. Paul says in this week’s Epistle. By our baptism, we have been made temples of his Holy Spirit.

And we have been saved to share in his holiness and perfection. So let us glorify him by our lives lived in his service, loving as he loves. 

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A great talk given by St. Paul Center Senior Fellow Dr. Michael Barber at this year's Fullness of Truth Conference.


Scott Hahn and Gus Lloyd aired on WBVM Spirit 90.5, 6/15/99)

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Prepare your heart to celebrate the Scared Triduum with “The Hour” an interview with Scott Hahn on the Paschal Mystery.

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On the feast of St. Benedict (d. 543 AD), take a few minutes to listen to Mike Aquilina discuss the life of this giant of the Catholic Faith the founder of western monastacism, emphasizing prayer, work, study and contemplation.

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John Bergsma and Michael Barber discuss the role of the Bible in Catholic Theology, highlighting a new document from the International Theological Commission.