Letters From Home (general)

Readings:
Lv 13:1–2, 44–46
Ps 32:1–2, 5, 11
1 Cor 10:31–11:1
Mk 1:40–45

In the Old Testament, leprosy is depicted as punishment for disobedience of God’s commands (see Numbers 12:12–15; 2 Kings 5:27; 15:5).

Considered “unclean”—unfit to worship or live with the Israelites, lepers are considered “stillborn,” the living dead (see Numbers 12:12). Indeed, the requirements imposed on lepers in today’s First Reading—rent garments, shaven head, covered beard—are signs of death, penance, and mourning (see Leviticus 10:6; Ezekiel 24:17).

So there’s more to the story in today’s Gospel than a miraculous healing.

When Elisha, invoking God’s name, healed the leper, Naaman, it proved there was a prophet in Israel (see 2 Kings 5:8). Today’s healing reveals Jesus as far more than a great prophet—He is God visiting His people (see Luke 7:16).

Only God can cure leprosy and cleanse from sin (see 2 Kings 5:7); and only God has the power to bring about what He wills (see Isaiah 55:11; Wisdom 12:18).

The Gospel scene has an almost sacramental quality about it.

Jesus stretches out His hand—as God, by His outstretched arm, performed mighty deeds to save the Israelites (see Exodus 14:6; Acts 4:30). His ritual sign is accompanied by a divine word (“Be made clean”). And, like God’s word in creation (“Let there be”), Jesus’ word “does” what He commands (see Psalm 33:9).

The same thing happens when we show ourselves to the priest in the sacrament of penance. On our knees like the leper, we confess our sins to the Lord, as we sing in today’s Psalm. And through the outstretched arm and divine word spoken by His priest, the Lord takes away the guilt of our sin.

Like the leper we should rejoice in the Lord and spread the good news of His mercy. We should testify to our healing by living changed lives. As Paul says in today’s Epistle, we should do even the littlest things for the glory of God and that others may be saved.

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Lecturas:
Sirácida 3,2-6.12-14
Salmo 128, 1-5
Colosenses 3,12-21
Lucas 2, 22-40

¿Porqué Jesús escoge ser el bebé de una madre y un padre, y pasar casi toda su vida –excepto sus últimos años- en una familia humana ordinaria? En parte, para revelar el plan de Dios, de que todos vivan como una “familia santa” en su Iglesia (cf. 2Co 6,16-18). En la Sagrada Familia de Jesús, María y José, Dios revela nuestro verdadero hogar. Tenemos que vivir como sus hijos, “elegidos, santos y queridos,” como dice la Segunda Lectura.

Los consejos familiares que escuchamos en las lecturas de esta semana –para madres, padres e hijos- son todos prácticos y formales. Los hogares felices son fruto de nuestra fidelidad al Señor, cantamos en el salmo de hoy.

Pero la Liturgia nos invita a más: a ver que al cumplir nuestras obligaciones y relaciones familiares, nuestras familias se convierten en heraldos de la familia de Dios; esa que Él quiere crear en la tierra.

Eso es lo que observamos en el Evangelio del domingo. Es notorio que José y María no son identificados por su nombre, pero son llamados “sus padres” y también se hace referencia a ellos por separado como su “madre” y su “padre”. Se pone énfasis en los lazos familiares que los unen al “niño Jesús”.

Como el varón primogénito de su familia, Jesús es consagrado al Señor. Pero además es el Primogénito de la creación, el primogénito resucitado de entre los muertos, el predestinado a ser el primogénito de muchos hermanos (cf. Col 1,15; Rm 8,29). Por Él, por su sagrada familia, todas las familias del mundo serán bendecidas (cf. Ef 3,15).

También es significativo que toda la escena descrita tiene lugar en el Templo. El Templo, leemos ahí, es la casa de Dios, su morada (cf. Lc 19,46). Pero también es imagen de la familia de Dios: la Iglesia (cf. Ef 2,19-22; Hb 3,3-6; 10,21).

En nuestras familias hemos de construir este hogar, esta familia, este templo vivo de Dios. Hasta que Él nos revele su nueva morada entre nosotros y diga de cada persona: “Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí” (Ap 21,3.7).

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Readings:
Sirach 3:2-6,12-14
Psalm 128:1-2, 3, 4-5
Colossians 3:12-21
Luke 2:22-40

Why did Jesus choose to become a baby born of a mother and father and to spend all but His last years living in an ordinary human family? In part, to reveal God's plan to make all people live as one “holy family” in His Church (see 2 Corinthians 6:16-18).

In the Holy Family of Jesus, Mary and Joseph, God reveals our true home. We're to live as His children, “chosen ones, holy and beloved,” as the First Reading puts it.

The family advice we hear in today's readings – for mothers, fathers and children – is all solid and practical. Happy homes are the fruit of our faithfulness to the Lord, we sing in today's Psalm. But the Liturgy is inviting us to see more, to see how, through our family obligations and relationships, our families become heralds of the family of God that He wants to create on earth.

Jesus shows us this in today's Gospel. His obedience to His earthly parents flows directly from His obedience to the will of His heavenly Father. Joseph and Mary aren't identified by name, but three times are called “his parents” and are referred to separately as his “mother” and “father.” The emphasis is all on their “familial” ties to Jesus. But these ties are emphasized only so that Jesus, in the first words He speaks in Luke's Gospel, can point us beyond that earthly relationship to the Fatherhood of God.

In what Jesus calls “My Father's house,” every family finds its true meaning and purpose (see Ephesians 3:15). The Temple we read about in the Gospel today is God's house, His dwelling (see Luke 19:46). But it's also an image of the family of God, the Church (see Ephesians 2:19-22; Hebrews 3:3-6; 10:21).

In our families we're to build up this household, this family, this living temple of God. Until He reveals His new dwelling among us, and says of every person: “I shall be his God and he will be My son” (see Revelation 21:3,7).

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Lecturas:
Isaías 61, 1-2.10-11
Lucas 1, 46-50.53-54
1 Tesalonicenses 5, 16-24
Juan 1, 6-8.19-28

La misteriosa figura de Juan el Bautista, que nos fue presentada en las lecturas de la semana pasada, se nos muestra hoy más claramente a la vista. Como vemos en el evangelio de este domingo, se comprende mejor quién es Juan si se sabe primero quién no es.

Él no es Elías que ha retornado del cielo (cf. 2R 2,11), aún y cuando viste su mismo atuendo (cf. Mc 1,6; 2R 1,8) y predica el arrepentimiento y el juicio (cf. 1R 18,21; 2Cr 21,12-15).

No es Elías en la carne, sin embargo Juan es enviado con el espíritu y poder de Elías para cumplir su misión (cf. Lc 1,17; Ml 3,23-24). Tampoco es el profeta que Moisés predijo, aunque es su pariente y habla la palabra de Dios (cf. Dt 18,15-19; Jn 6,14).

Juan tampoco es el Mesías, aunque ha sido ungido por el Espíritu desde el vientre de su madre (cf. Lc 1,15.44).

Juan prepara el camino del Señor (cf. Is 40,3). Su bautismo es simbólico, no sacramental. Es un signo que se nos da para mover nuestros corazones al arrepentimiento.

Él nos muestra a Aquel sobre quien permanece el Espíritu (cf. Jn 1,32); Aquel que cumple la promesa que escuchamos en la primera lectura del domingo (cf. Lc 4,16-21).
Jesús, por medio de su baño de Espíritu y de regeneración, abre una fuente que purifica Israel y les da a todos un nuevo corazón y un nuevo espíritu (cf. Za 13,1-3; Ez 36,24-27; Mc 1,8; Tt 3,5).

Juan viene a nosotros en las lecturas del Adviento para mostrarnos la luz, de modo que podamos creer en Aquel que viene en Navidad. Como cantamos en el salmo de este domingo, el Poderoso ha venido para levantar a cada uno de nosotros; para colmar nuestra hambre con pan del cielo (cf. Jn 6,33.49-51).

Y como San Pablo exhorta en la epístola, debemos alegrarnos, dar gracias y orar sin cesar para que Dios nos haga perfectamente santos en espíritu, alma y cuerpo. De ese modo estaremos libres de culpa cuando nuestro Señor venga.

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Lecturas
Isaías 55, 6-9
Salmo 145, 2-3.8-9.17-18
Filipenses 1, 20-24.27
Mateo 20,1-16

La casa de Israel es la viña de Dios que Él plantó y regó, preparando a los israelitas para dar frutos de justicia (cf. Is 5,7; 27,2-5).

Israel no produjo frutos buenos y el Señor permitió que su viña, el reino de Israel, fuera invadida por conquistadores (cf. Sal 80, 9-20). Pero Dios prometió que un día replantaría su viña y sus brotes florecerían hasta los confines de la tierra (cf. Am 9,15; Os 14, 5-10).

Esto es el trasfondo bíblico de la parábola de Jesús sobre la historia de la salvación que presenta el Evangelio de hoy. Dios es el dueño. La viña es el reino. Los trabajadores contratados al amanecer son los israelitas, los primeros a quienes Él ofreció su alianza. Los que son contratados después son los gentiles, los no israelitas, quienes hasta la venida de Cristo eran extraños a las alianzas y promesas (cf. Ef 2,11-13). En la gran misericordia de Dios, el mismo sueldo, las mismas bendiciones prometidas a los primeros llamados -los israelitas- serán pagados a los que fueron llamados por último, al resto de las naciones.

Estas palabras provocan murmuraciones en la parábola de hoy. Las quejas de esos primeros trabajadores, ¿no suenan acaso como las del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo? (cf. Lc 15,29-30). Los caminos de Dios, sin embargo, están lejos de los nuestros, como escuchamos en la primera lectura de hoy. Y las lecturas de hoy deberían prevenirnos contra la tentación de renegar de la generosa misericordia divina.

Como los gentiles, muchos serán admitidos al final para entrar en el reino, luego de pasar la mayoría de sus días holgazaneando en el pecado.

Pero incluso estos pueden acudir a Él y encontrarlo cerca, como cantamos en el salmo de este día. Debemos regocijarnos de que Dios tenga compasión hacia todos los que ha creado. Eso nos debería consolar, especialmente si somos de los que permanecen lejos de la viña.

Nuestra tarea consiste en seguir trabajando en su viña. Como San Pablo dice en la epístola de hoy, conduzcámonos dignamente luchando para que todo hombre y mujer alabe su Nombre.

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Lecturas:

Daniel 7, 9-10, 13-14
Salmo 97, 1-2, 5-6, 9
2 Pedro 1, 16-19
Matteo 17, 1-9

El evangelio de este domingo muestra cómo Cristo, mediante su Transfiguración,  revela su verdadera identidad en la cima de la montaña santa.

Situado en medio de Moisés y Elías, Jesús es el puente que une la Ley antigua,  los profetas y los salmos (Cfr. Lc 24, 24-27). Como Moisés, Jesús sube a la montaña con tres acompañantes cuyos nombres conocemos y contempla la gloria de Dios en una nube (Cfr. Ex 24, 1,9,15). Como Elías, Él también escucha la voz de Dios en la montaña (1R 19, 8-19).

Según la profecía, Elías tenía que regresar como heraldo del Mesías y de la Nueva Alianza con el Señor (Cfr. Ml 3,1, 23-24). Jesús se revela ahora como ese Mesías. Por su muerte y resurrección, como él lo dice en la intimidad a sus  apóstoles,  hace una Nueva Alianza con toda la Creación.

La voz majestuosa anuncia a Jesús como el mismo Hijo amado de Dios, en quien el Padre se complace (Cfr. S 2,7). Con esas palabras,  Dios nos permite asomarnos brevemente a su interior. En la nube que representa el Espíritu Santo, el Padre revela su amor hacia el Hijo y nos invita a compartir ese amor como hijos suyos bienamados.

Envuelto en las nubes del cielo, con sus vestiduras resplandecientes, Jesús es el Hijo del Hombre cuya entronización profetiza  Daniel en la primera lectura de este domingo.

Él es el rey, el Señor de toda la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo. Pero debemos preguntarnos,  ¿es también Cristo el Señor de nuestra mente y de nuestro corazón?

En el Evangelio de hoy, la última palabra que Dios dice desde el cielo es un mandato: “Escúchenlo” (Cfr. Dt 18, 15-19).

La palabra del Señor debería ser una luz que brilla en las tinieblas, como nos dice San Pedro en la segunda lectura. Sin embargo, ¿estamos realmente escuchando? ¿Ponemos atención a su Palabra cada día?

Dispongámonos nuevamente a escuchar.  Oigamos a Cristo como Palabra de vida; contemplémoslo como radiante Lucero del alba (Cfr. Ap 2, 28; 22,16) que aguarda el momento de levantarse en el interior de nuestros corazones.

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Lecturas:
Sabiduría 12,13.16–19
Salmo 86,5–6.9–10.15–16
Romanos 8, 26–27
Mateo 13, 24–43

Dios está siempre instruyendo a su pueblo, escuchamos en la primera lectura de esta semana.

¿Y qué quiere hacernos saber? Que se preocupa por todos nosotros; que aunque es un Dios de justicia, aún los que lo desafían y dudan de Él, pueden esperar en su misericordia si regresan a Él arrepentidos.

Esta enseñanza divina continúa en las tres parábolas que Jesús cuenta en el Evangelio de hoy. Cada una describe el surgimiento del reino de Dios de semillas sembradas por su trabajo y predicación. El reino crece de manera oculta—como la acción de la levadura en el pan, que es improbable, inesperada. De igual manera sucede con el gran árbol de mostaza, que crece de la más pequeña de las semillas.

Una vez más, las lecturas de esta semana cuestionan: ¿Porqué Dios permite al mal crecer al lado del bien? ¿Porqué permite que algunos rechacen la Palabra de su reino? Porque, como cantamos en el salmo dominical, Dios es lento a la cólera y rico en bondad.

Jesús nos asegura que es justo: Los malvados y los que inducen a otros al pecado, serán arrojados en el horno encendido al final de los tiempos. Pero por su paciencia Dios nos enseña que, sobre todo, desea arrepentimiento; y quiere reunir a todas las naciones para que lo adoren y glorifiquen su Nombre.

Aunque no sabemos orar como deberíamos, el Espíritu intercede por nosotros, nos promete San Pablo en la epístola dominical. Pero primero hemos de volver a Él y llamarlo; debemos comprometernos a dejar que la buena semilla de su Palabra dé frutos en nuestras vidas.

Por tanto, no debemos engañarnos ni descorazonarnos cuando vemos cizaña entre el trigo, verdad y santidad mezclada con error, injusticia y pecado.

Por ahora, Él hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 5,45). Pero la cosecha se acerca. Trabajemos para que seamos contados entre los hijos justos, que brillarán como el sol en el reino del Padre.

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Category:general -- posted at: 12:15pm EDT

Lecturas:
Éxodo 34, 4–6.8–9
Daniel 3, 52–56
2 Corintios 13, 11–13
Juan 3,16–18

Frecuentemente comenzamos la Misa con la oración tomada de la epístola de hoy: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes”. Alabamos al Dios que se ha revelado a Sí mismo como Trinidad, como comunión de personas.

La comunión con la Trinidad es la meta de nuestra adoración y el propósito de la historia de la salvación que comienza en la Biblia y continúa en la Eucaristía y en los sacramentos de la Iglesia.

En la primera lectura vemos los inicios de la autorevelación de Dios, cuando pasa frente a Moisés y proclama su nombre santo. Israel había pecado en adorar al becerro de oro (cf. Ex 32). Pero Dios no los condena a perecer, sino que proclama su misericordia y fidelidad a su alianza.

Dios amó a Israel como su primogénito entre las naciones (cf. Ex 4,22). Por medio de Israel—heredero de su alianza con Abraham—, Dios planeó revelarse como el Padre de todas las naciones (cf. Gn 22,18).

El recuerdo de la prueba de alianza que Dios pidió a Abraham—y la obediencia fiel de Abraham—es el trasfondo del Evangelio de este día. Al ordenarle a Abraham que le ofreciera su amado hijo único (cf, Gn 22,2.12.16), Dios nos estaba preparando para la más completa revelación de su amor por el mundo. Así como Abraham estaba dispuesto a ofrecer a Isaac, Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (cf. Rm 8,32).

Con ello reveló lo que sólo a Moisés fue descubierto parcialmente, que su bondad perdura por mil generaciones, que perdona nuestro pecado y nos toma de vuelta como pueblo de su propiedad (cf. Dt 4,20; 9,29).

Jesús se humilló a sí mismo hasta morir en obediencia a la voluntad de Dios. Y por esto, el Espíritu de Dios lo levantó de la muerte (cf. Rm 8,11) y le dio un nombre que está sobre todo nombre (cf. Fl 2,8–10).

Ese es el nombre que glorificamos en el salmo de hoy: el nombre de nuestro Señor, el Dios que es Amor (cf. 1Jn 4,8.16).

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Lecturas

2 Macabeos 7,1-2. 9-14

Salmo 17,1.5-6.8.15

2 Tesalonicenses 2,16-3,5

Lucas 20,27-38

Con una adivinanza sobre siete hermanos y una viuda sin hijos, los Saduceos del Evangelio de hoy se burlan de la fe por la que siete hermanos y su madre mueren en la primera lectura.

Los mártires macabeos, antes que traicionar la Ley de Dios, escogieron la muerte: fueron torturados y después quemados vivos. Su historia se nos da en estas últimas semanas del año litúrgico para fortalecernos y hacernos más resistentes; para que nuestros pies no vacilen sino se mantengan firmes en el seguimiento de Cristo.

Los macabeos murieron confiados en que el “Rey del Universo” los levantaría de nuevo y para siempre a la vida (cf. 2 Mc 14,46).

Los Saduceos no creen en la resurrección porque no encuentran literalmente esa enseñanza en las Escrituras. Para ridiculizar esta creencia, manipulan una ley que indicaba que una mujer debía casarse con el hermano de su esposo, si éste fallecía y no dejaba herederos (cf. Gn 38,8; Dt 25,5).

Pero esa ley de Dios no había sido dada para asegurar la descendencia a padres terrenos, sino–como Jesús explica- para hacernos dignos de ser “hijos e hijas de Dios”, engendrados por su Resurrección.

 “Dios nuestro Padre”, nos dice la epístola de hoy, nos ha dado “consolación eterna” en la Resurrección de Cristo. Por su gracia podemos ahora dirigir nuestros corazones al amor de Dios.

Como los Macabeos sufrieron por la Antigua Ley, nosotros tendremos que sufrir por nuestra fe en la Nueva Alianza. Sin embargo, Dios nos cobijará bajo la sombra de sus alas, nos mantendrá en la niña de sus ojos, como cantamos en el salmo de hoy.

Los perseguidores de los macabeos se maravillaron ante su valentía. También nosotros podemos glorificar al Señor en nuestros sufrimientos y pequeños sacrificios de cada día.

Y nuestra razón para confiar es todavía mayor que la de ellos. Uno que ha sido levantado de la muerte nos ha dado su palabra: que Él es Dios de vivos; que cuando despertemos del sueño de la muerte contemplaremos su rostro, seremos felices en su presencia (cf. Sal 76,6; Dn 12,2).

Category:general -- posted at: 12:19pm EDT

 

Lecturas:

2 Reyes 5, 14-17

Salmo 98,1-4

2 Timoteo 2,8-13

Lucas 17,11-19

Un leproso extranjero es curado y, en acción de gracias, regresa ofreciendo homenaje al Dios de Israel. Esa es la historia que escuchamos, tanto en la primera lectura como en el Evangelio de hoy.

Había muchos leprosos en Israel en tiempos de Elías, pero sólo Naamán el sirio creyó en la palabra de Dios y fue sanado (cfr. Lc 5,12-14). Del mismo modo, el Evangelio de hoy da a entender que la mayoría de los diez leprosos curados por Jesús era israelita, pero solamente un extranjero, el samaritano, regresó a agradecerle.

Hoy se nos muestra, de modo dramático, cómo la fe ha sido constituida camino de salvación, ruta por la cual todas las naciones se unirán al Señor, convirtiéndose en sus siervos, congregados con los Israelitas en un solo pueblo escogido de Dios: la Iglesia (cfr. Is 56,3-8).

El salmo de hoy también ve más allá, al día cuando todos los pueblos verán lo que Naamán veía: que no hay otro Dios en la tierra más que el Dios de Israel.

En el Evangelio de hoy vemos ese día llegar. El leproso samaritano es la única persona en el Nuevo Testamente que le agradece personalmente a Jesús. La palabra griega usada para describir su “dar gracias” es la misma que traducimos como “Eucaristía”.

Y estos leprosos de hoy nos revelan las dimensiones interiores de la Eucaristía y la vida sacramental. También nosotros hemos sido sanados mediante la fe en Jesús. Así como la carne de Naamán se hace de nuevo semejante a la de un niño pequeño, nuestras almas han quedando limpias de pecado en las aguas del Bautismo. Experimentamos esta purificación continuamente en el sacramento de la Penitencia, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados, imploramos y recibimos la misericordia de nuestro Maestro Jesús.

En cada misa regresamos a glorificar a Dios para ofrecernos en sacrificio; nos arrodillamos ante nuestro Señor, dando gracias por nuestra salvación.

En esta Eucaristía recordamos a “Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David”, el rey de la alianza de Israel. Y rezamos, como San Pablo en la epístola de hoy, para perseverar en esta fe, para que también nosotros vivamos y reinemos con Él en gloria eterna.

Category:general -- posted at: 11:37am EDT

Lecturas:

Deuteronomio 30,10-14

Salmo 69,14.17.30-31.33-34.36-37

Colosenses 1,15-20

Lucas 10,25-37

Debemos amar a Dios y a nuestro prójimo con toda la fuerza de nuestro ser, como el erudito de la Ley responde a Jesús en el Evangelio de esta semana.

Este mandamiento no es lejano o misterioso, sino que está escrito en nuestros corazones y en el libro de la Sagrada Escritura. Moisés dice sobre el en la primera lectura de esta semana: “Cúmplelo”.

Jesús le dice lo mismo a su interrogador: “Haz esto y vivirás”.

El letrado, sin embargo, quiere conocer hasta que punto le exige la ley. Eso es lo que le mueve a hacer la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”.

Con su compasión, el samaritano de la parábola de Jesús revela la misericordia infinita de Dios, que vino a nosotros cuando estábamos caídos en el pecado, cerca de la muerte, incapaces de levantarnos por nosotros mismos. 

Jesús es la “imagen del Dios invisible”, nos dice la epístola de esta semana. En Él, el amor de Dios se nos ha hecho muy cercano. “Por la sangre de su Cruz” -esto es, al cargar con los sufrimientos de su prójimo en su propio cuerpo; y al ser desnudado, golpeado y dado por muerto- nos libró de las ataduras del pecado, nos reconcilió con Dios y entre nosotros. 

Como el samaritano, Él paga por nosotros, nos sana de las heridas del pecado, derrama sobre nosotros el aceite y vino de los sacramentos, y nos confía al cuidado de su Iglesia hasta cuando regrese por nosotros.

Ya que su amor no conoce límites, el nuestro tampoco puede conocerlos. Hemos de amar como hemos sido amados; hemos de hacer por los demás lo que Él ha hecho por nosotros, reuniendo todas las cosas en su Cuerpo, la Iglesia.

Hemos de amar como el salmista de esta semana, como aquellos cuyas oraciones han sido escuchadas; como aquellos cuyas vidas han sido salvadas, han conocido el día de su favor y han visto la gran misericordia de Dios volverse hacia ellos.

Este es el amor que nos guía hacia la vida eterna, el mismo que Jesús exige al Escriba y a cada uno de nosotros: “Vete y haz tú lo mismo”.

Category:general -- posted at: 5:17pm EDT

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Reflecting on the legacy of Saint John Paul II, Scott Hahn challenges us to stop thinking of the New Evangelization as just another program, and instead think of it as a way of life, both for the Church and for individuals.

“The Church exists to evangelize,” Hahn reminds us.  He also stresses the importance of living every moment as a witness.

“Our friendship with others is where someone will potentially encounter Christ and the Catholic Faith,” he explains.

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The Catholic Understanding of the Mystical Body of Christ, embodied in the Church and revealed anew in the Holy Eucharist, comes directly from the Bible, according to Dr. Scott Hahn. He places the Last Supper in the context of the Jewish Passover Seder liturgy.

By explaining the significance of the drinking of the fourth and final cup in the Old Testament Passover meal ceremony, Dr. Hahn draws a symbolic parallel to Christ’s death on the Cross. It is an exciting concept, that will help viewers discover a whole new dimension to Holy Mass, and the relationship of the Last Supper to the Eucharistic celebration.

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Category:general -- posted at: 12:25pm EDT

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Category:general -- posted at: 4:23pm EDT

Leviticus 19:1–2, 17–18

Psalm 103:1–4, 8, 10, 12–13

1 Corinthians 3:16–23

Matthew 5:38–48

We are called to the holiness of God. That is the extraordinary claim made in both the First Reading and Gospel this Sunday.

Yet how is possible that we can be perfect as our Father in heaven is perfect?

Jesus explains that we must be imitators of God as his beloved children (Eph. 5:1–2).

As God does, we must love without limit—with a love that does not distinguish between friend and foe, overcoming evil with good (see Rom. 12:21).

Jesus himself, in his Passion and death, gave us the perfect example of the love that we are called to.

He offered no resistance to the evil—even though he could have commanded twelve legions of angels to fight alongside him. He offered his face to be struck and spit upon. He allowed his garments to be stripped from him. He marched as his enemies compelled him to the Place of the Skull. On the cross he prayed for those who persecuted him (see Matt. 26:53–54, 67; 27:28, 32; Luke 23:34).

In all this he showed himself to be the perfect Son of God. By his grace, and through our imitation of him, he promises that we too can become children of our heavenly Father.

God does not deal with us as we deserve, as we sing in this week’s Psalm. He loves us with a Father’s love. He saves us from ruin. He forgives our transgressions.

He loved us even when we had made ourselves his enemies through our sinfulness. While we were yet sinners, Christ died for us (see Rom. 5:8).

We have been bought with the price of the blood of God’s only Son (see 1 Cor. 6:20). We belong to Christ now, as St. Paul says in this week’s Epistle. By our baptism, we have been made temples of his Holy Spirit.

And we have been saved to share in his holiness and perfection. So let us glorify him by our lives lived in his service, loving as he loves. 

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Category:general -- posted at: 3:53pm EDT

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Category:general -- posted at: 2:36pm EDT

A great talk given by St. Paul Center Senior Fellow Dr. Michael Barber at this year's Fullness of Truth Conference.


Scott Hahn and Gus Lloyd aired on WBVM Spirit 90.5, 6/15/99)

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Prepare your heart to celebrate the Scared Triduum with “The Hour” an interview with Scott Hahn on the Paschal Mystery.

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On the feast of St. Benedict (d. 543 AD), take a few minutes to listen to Mike Aquilina discuss the life of this giant of the Catholic Faith the founder of western monastacism, emphasizing prayer, work, study and contemplation.

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John Bergsma and Michael Barber discuss the role of the Bible in Catholic Theology, highlighting a new document from the International Theological Commission.