Letters From Home

Readings:
Acts 6:1–7
Psalm 33:1–2, 4–5, 18–19
1 Peter 2:4–9
John 14:1–12

By His death, Resurrection and Ascension, Jesus has gone ahead to prepare a place for us in His Father’s house.

His Father’s house is no longer a temple made by human hands. It is the spiritual house of the Church, built on the living stone of Christ’s body.

As Peter interprets the Scriptures in today’s Epistle, Jesus is the “stone” destined to be rejected by men but made the precious cornerstone of God’s dwelling on earth (see Psalm 118:22; Isaiah 8:14; 28:16).

Each of us is called to be a living stone in God’s building (see 1 Corinthians 3:9, 16). In this edifice of the Spirit, we are to be “holy priests” offering up “spiritual sacrifices”—all our prayer, work, and intentions—to God.

This is our lofty calling as Christians. This is why Christ led us out of the darkness of sin and death as Moses led the Israelites from bondage in Egypt.

God’s covenant with Israel made them a royal and priestly people who were to announce His praises (see Exodus 19:6). By our faith in Christ’s new covenant, we have been made heirs of this chosen race, called to glorify the Father in the temple of our bodies (see 1 Corinthians 6:19–20; Romans 12:1).

In today’s First Reading, we see the spiritual house of the Church being built up, as the Apostles consecrate seven deacons so they can devote themselves more fully to the “ministry of the Word.”

The Lord’s Word is upright and all His works trustworthy, we sing in today’s Psalm. So we can trust Jesus when He tells us never to be troubled, but to believe that His Word and works come from the Father.

His Word continues its work in the world through the Church. We see its beginnings today in Jerusalem. It is destined to spread with influence and power (see Acts 19:20), and to become the imperishable seed by which every heart is born anew (see 1 Peter 1:23).

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Category:Sunday Bible Reflections -- posted at: 12:00pm EDT

Lecturas:
Hechos 6, 1–7
Salmo 33, 1–2.4–5.18–19
1 Pedro 2, 4–9
Juan 14, 1–12

Por su muerte, resurrección y ascensión, Jesús ha ido delante de nosotros para prepararnos un lugar en la casa de su Padre.

La casa del Padre ya no es un templo hecho por manos humanas, sino la casa espiritual de la Iglesia, construida sobre la piedra viva del Cuerpo de Cristo.

Según lo que Pedro interpreta de las Escrituras en la epístola de hoy, Jesús es la “piedra” destinada al rechazo de los hombres pero también a convertirse en piedra angular de la morada de Dios en la tierra (cf. Sal 118,22; Is 8,14; 28,16).

Cada uno de nosotros está llamado a ser una piedra viva de la edificación de Dios (cf. 1Co 3,9.16). En este edificio del Espíritu estamos llamados a ser “santos sacerdotes” que ofrezcan a Dios “sacrificios espirituales” (o sea: todas nuestras oraciones, todo nuestro trabajo y todas nuestras intenciones). Esto es lo sublime de nuestra llamada como cristianos. Por esta razón, Cristo nos sacó de la oscuridad del pecado y de la muerte, como Moisés guió a los israelitas desde la esclavitud de Egipto.

La alianza de Dios con Israel hizo de él un pueblo real y sacerdotal, destinado a anunciar sus alabanzas (cf. Ex 19,6). Por nuestra fe en la nueva alianza de Cristo, hemos sido hechos herederos de esta raza escogida, llamados a glorificar al Padre en el templo de nuestro cuerpo (cf. 1 Co 6,19-20; Rm 12,1).

En la primera lectura de hoy, vemos como se edifica la casa espiritual de la Iglesia cuando los Apóstoles consagran siete diáconos, para que ellos (los Apóstoles) puedan dedicarse más de lleno al “ministerio de la Palabra”.

La Palabra de Dios es recta y todas sus obras son leales, cantamos en el salmo de hoy. Por tanto, podemos confiar en Jesús cuando invita a no preocuparnos nunca, sino más bien a creer que sus Palabra y sus obras vienen del Padre.

Su Palabra continúa su obra en el mundo por medio de la Iglesia; hoy vemos sus comienzos en Jerusalén. Está destinada a difundirse poderosamente (cf. Hch 19,20), y a convertirse en semilla no corruptible por la cual cada corazón nazca de nuevo (cf. 1 P 1,23).

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