St. Paul Center for Biblical Theology

Readings:
Genesis 2:7–9; 3:1–7
Psalm 51:3–6; 12–14, 17
Romans 5:12–19
Matthew 4:1–11

In today’s Liturgy, the destiny of the human race is told as the tale of two “types” of men—the first man, Adam, and the new Adam, Jesus (see 1 Corinthians 15:21–22; 45–59).

Paul’s argument in the Epistle is built on a series of contrasts between “one” or “one person” and “the many” or “all.” By one person’s disobedience, sin and condemnation entered the world, and death came to reign over all. By the obedience of another one, grace abounded, all were justified, and life came to reign for all.

This is the drama that unfolds in today’s First Reading and Gospel.

Formed from the clay of the ground and filled with the breath of God’s own Spirit, Adam was a son of God (see Luke 3:38), created in His image (see Genesis 5:1–3). Crowned with glory, he was given dominion over the world and the protection of His angels (see Psalms 8:6–8; 91:11–13). He was made to worship God—to live not by bread alone but in obedience to every word that comes from the mouth of the Father.

Adam, however, put the Lord his God to the test. He gave in to the serpent’s temptation, trying to seize for himself all that God had already promised him. But in His hour of temptation, Jesus prevailed where Adam failed—and drove the devil away.

Still, we sin after the pattern of Adam’s transgression. Like Adam, we let sin in the door (see Genesis 4:7) when we entertain doubts about God’s promises, when we forget to call on Him in our hours of temptation.

But the grace won for us by Christ’s obedience means that sin is no longer our master.

As we begin this season of repentance, we can be confident in His compassion, that He will create in us a new heart (see Romans 5:5; Hebrews 8:10). As we do in today’s Psalm, we can sing joyfully of our salvation, renewed in His presence.

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Category:Sunday Bible Reflections -- posted at: 12:00pm EDT

Lecturas:
Génesis 2,7–9; 3,1–7
Salmo 51,3–6.12–14.17
Romanos 5,12–19
Mateo 4,1–11

En la liturgia de hoy, el destino de la raza humana se nos cuenta como un relato sobre dos “tipos” de hombre: el primero, Adán, y el nuevo Adán, Jesús (cf. 1 Co 15,21–22; 45–59).

San Pablo construye su argumento en la epístola mediante una serie de contrastes entre “uno” o “una solo hombre”, y “muchos” o “todos”. Por la desobediencia de una persona entró el pecado y la condena al mundo, y la muerte comenzó a reinar sobre todos. Por la obediencia de otro, abundó la gracia, todos fueron justificados y la vida vino a reinar para todos.

Este es el drama que se revela en la primera lectura y el Evangelio de hoy.

Adán, que fue formado de la arcilla del suelo y lleno del aliento del propio Espíritu Divino, era hijo de Dios (cf. Lc 3,38), creado a su imagen (cf. Gn 5,1–3). Coronado de su gloria, se le dio poder sobre toda la tierra y la protección de sus ángeles (cf. Sal 8,6–8; 91,11–13). Fue creado para adorar a Dios; para vivir no sólo de pan sino de la obediencia a cada palabra que sale de la boca de Dios.

Sin embargo, Adán puso a prueba al Señor su Dios. Cedió a la tentación de la serpiente, tratando de tomar para sí todo lo que Dios ya le había prometido. Pero Jesús, a la hora de su tentación, venció en lo que Adán había fallado y apartó al demonio.

Nosotros aún pecamos, siguiendo los pasos de la caída de Adán. Como él, dejamos entrar el pecado en nuestra puerta cuando alimentamos dudas sobre las promesas de Dios, cuando olvidamos llamarlo en nuestros momentos de tentación.

Pero la gracia que Cristo nos ganó con su obediencia implica que el pecado ya no es amo nuestro.

Al comenzar este tiempo de arrepentimiento podemos confiar en su compasión, en que Él creará en nosotros un nuevo corazón (cf. Rm 5,5; Hb 8,10). Como lo hemos hecho con el salmo de hoy, podemos cantar alegremente nuestra salvación, renovados en su presencia.

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