St. Paul Center for Biblical Theology

Readings:
Exodus 3:1–813–15
Psalm 103:1–46–811
1 Corinthians 10:1–610–12
Luke 13:1–9

 


In the Church, we are made children of the God of Abraham, Isaac, and Jacob—the God who makes known His name and His ways to Moses in today’s First Reading.

Mindful of His covenant with Abraham (see Exodus 2:24), God came down to rescue His people from the slave drivers of Egypt. Faithful to that same covenant (see Luke 1:54–5572–73), He sent Jesus to redeem all lives from destruction, as today’s Psalm tells us.

Paul says in today’s Epistle that God’s saving deeds in the Exodus were written down for the Church, intended as a prelude and foreshadowing of our own Baptism by water, our liberation from sin, our feeding with spiritual food and drink.

Yet the events of the Exodus were also given as a “warning”—that being children of Abraham is no guarantee that we will reach the promised land of our salvation.

At any moment, Jesus warns in today’s Gospel, we could perish—not as God’s punishment for being “greater sinners”—but because, like the Israelites in the wilderness, we stumble into evil desires, fall into grumbling, forget all His benefits.

Jesus calls us today to “repentance”—not a one-time change of heart, but an ongoing, daily transformation of our lives. We’re called to live the life we sing about in today’s Psalm—blessing His holy name, giving thanks for His kindness and mercy.

The fig tree in His parable is a familiar Old Testament symbol for Israel (see Jeremiah 8:324:1–10). As the fig tree is given one last season to produce fruit before it is cut down, so too Jesus is giving Israel one final opportunity to bear good fruits as evidence of its repentance (see Luke 3:8).

Lent should be for us like the season of reprieve given to the fig tree, a grace period in which we let “the gardener,” Christ, cultivate our hearts, uprooting what chokes the divine life in us, strengthening us to bear fruits that will last into eternity.

Direct download: C_3_Lent_16.mp3
Category:Sunday Bible Reflections -- posted at: 12:00pm EDT

Lecturas:
Éxodo 3,1–8.13–15
Salmo 103,1–4.6-8.11
1 Corintios 10,1–6.10–12
Lucas 13,1-9


En la Iglesia somos hechos hijos del Dios de Abraham, Isaac y Jacob; del mismo Dios que da a conocer a Moisés su nombre y sus caminos, en la primera lectura de hoy.

Recordando el pacto que había hecho con Abraham (cfr. Ex 2,24), Dios bajó para rescatar a su gente de los opresores de Egipto. Y siendo fiel a ese mismo pacto (cfr. Lc 1,54-55), envió a Jesús para redimir a todos los vivientes de la destrucción, como nos dice el salmo de hoy.

Pablo nos dice en la epístola de hoy que las proezas de salvación hechas por Dios en el Éxodo son figura para la Iglesia, son preludio y bosquejo de nuestro bautismo en agua, de nuestra liberación del pecado, de nuestra almentación con bebida y comida espiritual.

Sin embargo, esos acontecimientos del Éxodo son también una advertencia: que el ser hijos de Abraham no garantiza que alcanzaremos la tierra prometida de nuestra salvación.

Cristo nos previene insistentemente en el Evangelio de hoy. Podríamos perecer, no a modo de castigo divino por ser “grandes pecadores”, sino porque, al igual que los Isralitas en el desierto, tropezamos con nuestros malos deseos, caemos en la murmuración y nos olvidamos de todas sus bendiciones.

Jesús nos llama hoy al “arrepentimiento”. No a un cambio instantáneo de corazón, sino a una progresiva y continua transformación de nuestras vidas. Estamos llamados a vivir la alegría sobre la cual cantamos en el salmo de este día, bendiciendo su santo nombre y dándole gracias por su bondad y misericordia.

La higuera que menciona en su parábola es un conocido símbolo del Antiguo Testamento, utilizado para referirse a Israel (cfr. Jr 8,3; 24,1-10). Del modo como a ese árbol se le concede un último año para producir fruto, antes de ser cortado, así Jesús da a Israel la última oportunidad de ofrecer buenos frutos que demuestren su arrepentimiento (cfr. Lc 3,8).

La cuaresma debería ser para nosotros como ese tiempo de prueba dado a la higuera; un periodo de gracia en el cual dejemos al “jardinero”,Cristo, que cultive nuestros corazones, que arranque de raíz aquello que ahogue la vida divina en nosotros y que nos fortalezca para dar frutos que permanezcan eternamente.

Category:general -- posted at: 12:00pm EDT

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