St. Paul Center for Biblical Theology

Readings:

Genesis 2:18-24

Psalm 128:1-6
Hebrews 2:9-11

Mark 10:2-16

In today’s Gospel, the Pharisees try to trap Jesus with a trick question.

 

The “lawfulness” of divorce in Israel was never at issue. Moses had long ago allowed it (see Deuteronomy 24:1-4). But Jesus points His enemies back before Moses, to “the beginning,” interpreting the text we hear in today’s First Reading.

 

Divorce violates the order of creation, He says. Moses permitted it only as a concession to the people’s “hardness of heart”—their inability to live by God’s covenant Law. But Jesus comes to fulfill the Law, to reveal its true meaning and purpose, and to give people the grace to keep God’s commands.

 

Marriage, He reveals, is a sacrament, a divine, life-giving sign. Through the union of husband and wife, God intended to bestow His blessings on the human family—making it fruitful, multiplying it until it filled the earth (see Genesis 1:28).

 

That’s why today’s Gospel moves so easily from a debate about marriage to Jesus’ blessing of children. Children are blessings the Father bestows on couples who walk in His ways, as we sing in today’s Psalm.

Marriage also is a sign of God’s new covenant. As today’s Epistle hints, Jesus is the new Adam—made a little lower than the angels, born of a human family (see Romans 5:14; Psalm 8:5-7). The Church is the new Eve, the “woman” born of Christ’s pierced side as He hung in the sleep of death on the cross (see John 19:34; Revelation 12:1-17).

 

Through the union of Christ and the Church as “one flesh,” God’s plan for the world is fulfilled (see Ephesians 5:21-32). Eve was “mother of all the living” (see Genesis 3:20). And in baptism, we are made sons and daughters of the Church, children of the Father, heirs of the eternal glory He intended for the human family in the beginning.

 

The challenge for us is to live as children of the kingdom, growing up ever more faithful in our love and devotion to the ways of Christ and the teachings of His Church.

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Category:Sunday Bible Reflections -- posted at: 12:00pm EDT

Lecturas:

Génesis 2,18-24

Salmo 128, 1-6

Hebreos 2, 9-11

Marcos 10, 2-16


En el evangelio de este domingo, los fariseos intentan atrapar a Jesús con una pregunta engañosa

 

La “legalidad” de divorcio en Israel nunca fue puesta en duda. Moisés lo había permitido (cfr Dt 24, 1-4). A pesar de esto, Jesús remonta a sus antagonistas a un tiempo anterior a Moisés: “el principio”, y les da su interpretación del texto que escuchamos en la primera lectura.

 

El divorcio, nos dice Cristo, viola el orden de la creación. Moisés lo permitió como concesión ante la dureza de corazón del pueblo—es decir, su incapacidad de ser fieles a la Alianza, a la Ley de Dios-. Pero Jesús vino para cumplir la Ley y revelar su verdadero sentido y finalidad; y para darle al pueblo la gracia para guardar los mandamientos de Dios.

 

Cristo nos revela que el matrimonio es un sacramento, un signo divino y vivificante. Mediante la unión del hombre y la mujer, Dios quiso derramar sus bendiciones a la familia humana, haciéndola fecunda y multiplicándola hasta que llenara la tierra (cfr Gn 1, 28).

 

Por ello el Evangelio de hoy pasa tan fácilmente del debate sobre el matrimonio a la bendición de unos niños por Jesús. Los hijos son las bendiciones que el Padre otorga a las parejas que siguen su camino, como cantamos en el salmo de hoy.

 

El matrimonio también es un signo de la Nueva Alianza con Dios. Como la epístola de hoy deja entrever, Jesús es el Nuevo Adán -hecho poco inferior a los ángeles, nacido de una familia humana (cfr. Rm 5, 14; Sal 8, 5-7)- . La Iglesia es la nueva Eva, la “mujer” nacida del costado atravesado de Cristo, durante el sueño de su muerte en la cruz (cfr. Jn 19, 34; Ap 12, 1-17).

 

Mediante la unión de Cristo y la Iglesia como “una sola carne”, el plan de Dios para el mundo se cumplió (cfr. Ef 5, 21-32). Eva fue “la madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Por otro lado, en el bautismo somos hechos hijos de la Iglesia, hijos del Padre, herederos de la gloria eterna que Él destinó para la familia humana desde el principio.

 

El reto para nosotros es vivir como hijos del reino y crecer constantemente en nuestra fidelidad, amor y devoción a Cristo y a las enseñanzas de su Iglesia.

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