St. Paul Center for Biblical Theology

Lecturas:
2 Crónicas 36,14-17, 19-23;
Salmo 137,1-6;
Efesios 2,4-10;
Juan 3,14-21

Las lecturas dominicales del tiempo cuaresmal nos han mostrado los momentos fundamentales de la historia de salvación: La alianza de Dios con la creación en el tiempo de Noé; la promesa que hizo a Abraham, la Ley que Él dio a Israel en el Sinaí.

En la primera lectura de este domingo, se nos habla de la destrucción del reino establecido en la última alianza del Antiguo Testamento, la de Dios con el rey David (cf. 2S 7; Sal 89,3).

El pueblo escogido por Dios abandonó la Ley que Él le había dado. Por sus pecados, el Templo de Salomón fue destruido y el pueblo exiliado a Babilonia.

Escuchamos su tristeza y arrepentimiento en la lamentación sobre el exilio que entonamos en el salmo.

Pero escuchamos cómo Dios, en su misericordia, reúne a su pueblo nuevamente, unge a un rey pagano para pastorearlo y reconstruye el Templo (cf. Is 44,28-45,1.4).

Sí, Dios es rico en misericordia, como enseña la epístola a los Efesios. Había prometido que el reino de David duraría para siempre, que el hijo de David sería su Hijo y gobernaría las naciones (cf. 2 S 7,14-15; Sal 2, 7-9).

En Jesús, Dios cumplió esta promesa (cf. Ap 22,16).

Moisés levantó una serpiente como signo de salvación (cf. Sb 16,6-7; Nm 21,9). Hoy Jesús es levantado en la cruz para atraer a todos hacia Él. (cf. Jn 12,32).

Los que se niegan a creer en este signo de amor del Padre se condenan a sí mismos, como les sucedió a los Israelitas en su infidelidad.

Pero Dios no dejó a Israel en el exilio y no quiere dejar a ninguno de nosotros morir en sus pecados. Somos la obra de su mano y hemos sido salvados para vivir en la luz de su verdad.

Cuando hemos llegado a la mitad de este camino de arrepentimiento cuaresmal, miremos “al que traspasaron” (Jn 19,37) y dediquémonos de nuevo a vivir las buenas obras que el Señor nos ha llamado a hacer.

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