St. Paul Center for Biblical Theology

Lecturas:
Jeremías 31, 31-34
Salmo 51, 3-4, 12-15
Hebreos 5, 7-9
Juan 12, 20-33

Las lecturas este domingo están llenas de expectativas. “Los días que vienen…”, dice el profeta Jeremías en la primera lectura. “La hora ha venido” dice Jesús en el Evangelio. La Nueva Alianza que Dios prometió a Jeremías se cumple en la “hora” de Jesús: en su muerte, resurrección, y ascensión a la derecha del Padre.

Los profetas predijeron que con esta Nueva Alianza regresarían, de todos los rincones de la tierra, las exiliadas tribus de Israel (cfr. Je 31,1.3.4.7.8). Jesús profetizó también que su Pasión reuniría a los hijos dispersos de Dios (Jn 11,52). Sin embargo, en el Evangelio de este domingo Jesús promete que atraerá hacia Sí no sólo a los israelitas, sino a todos los hombres y mujeres (Jn 12, 32).

La Nueva Alianza es mucho más que una reivindicación política o nacional. Como cantamos en el salmo, es una restauración espiritual universal. En la “hora” de Jesús, los pecadores de todas la naciones pueden regresar al Padre para ser lavados de su culpa y recibir corazones nuevos para amarle y servirle.

Jesús, al decir que será “levantado”, no está aludiendo solamente a su crucifixión ya próxima (cfr. Jn 3,14-15). Isaías usa la misma expresión para describir cómo el Mesías, después de sufrir por los pecados de Israel, sería levantado y grandemente exaltado (Is 52,2). En otra parte, el término se refiere a cómo como los reyes serían elevados sobre sus súbditos (cfr. 1M 8,13).

Jesús, durante su agonía, no oró para ser salvado. Más bien, según leemos en la epístola de este domingo, se ofreció a sí mismo al Padre en la cruz como súplica viviente. Por ello, Dios le dio potestad sobre el cielo y la tierra (Hch 2,33; Flp 2,9).

A donde ha ido podemos seguirle, si nos dejamos guiar por Él. Seguir a Jesús significa odiar el pecado y el egoísmo presentes en nuestra vida. Quiere decir confiar en la voluntad del Padre: en la ley que Él ha escrito en nuestros corazones.

La “hora” de Jesús continúa en la Eucaristía, donde unimos nuestros sacrificios al Suyo, entregando nuestras vidas a Dios como acto de reverencia y obediencia, confiando en que él nos elevará para que demos frutos de santidad.

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